lunes, 18 de marzo de 2013

Haciendo poesía con las piernas

Para definir una palabra empleamos otras palabras. Podríamos hacer gestos, ruidos, señalar a las cosas, pero no lo hacemos. Para contar qué quieren decir todas y cada una de las palabras de un lenguaje, empleamos una "explicación", es decir, un montón de sonidos puestos en fila, dichos o escritos, dichos a otra persona o para nuestros pensamientos. A veces, siempre de forma incompleta, las ordenamos, las palabras, arbitrariamente dentro de un diccionario.

Unas palabras explicadas por otras palabras, cada una de las cuales también está definida por otras. Las palabras de un lenguaje se conectan, metafóricamente hablando, formando una red, a través de su uso y fuera de los diccionarios, en ese lugar donde ocurren los hechos, donde habitan las cosas, el mundo, el mundo que percibimos a través de nuestros sentidos. El lenguaje forma una especie de tela de araña. Una red que algunas personas sienten que cae sobre ellas, que les atrapa y les limita, que les impide decir lo que sienten, y otros la viven como la red de un trapecista. Un sitio sobre el que es posible caminar e ir desde un sitio hasta otro, que permite hacer cualquier cosa. Las palabras no limitan el decir lo que se piensa. Al contrario, permite entender tu propio pensamiento al decirlo, en público o solamente hablando para uno mismo. Sin palabras que ponerle, un pensamiento no existe.

Decir algo, contarlo, es hacer un recorrido sobre esa red de palabras. No hay dos recorridos idénticos. La misma idea puede ser contada de distintas maneras. Se puede ir de un sitio a otro por muchos lugares. El impulso de trasladar lo que alguien tiene en el pensamiento hasta el pensamiento de otro ser humano, saltando de una persona a otra usando palabras como un impulso nervioso pasa de una neurona a otra cruzando el abismo entre ambas empleando un neurotransmisor químico, requiere que las palabras se ordenen como un recorrido caminando (o corriendo) sobre nuestra red de trapecista. El increíble hecho de poder hablar, de transmitir la información, de expresar los sentimientos, es un recorrido de los pensamientos desde unas personas a otras por un sendero hecho de palabras, saltando el abismo entre ambas.

Los significados en un lenguaje, por supuesto, no son definidos por los lexicógrafos, las personas que escriben diccionarios y que se limitan a recoger lo que ya está dado, sino por el uso que hace de las palabras y de los conjuntos de palabras una comunidad de hablantes, unos caminantes y corredores que comparten una red de caminos del habla.



Hay una forma peculiar de contar algo, no en linea recta, sino serpenteando y dando vueltas para ir de un sitio a otro. Saltando, fintando, dejándose caer y haciendo un recorrido sobre ese tapiz de interconexiones que son un lenguaje. Haciendo trail en vez de correr sobre la pista de atletismo. Bajando por un canchal buscando dónde apoyar un pie mientras te impulsas con el otro, mirando diez metros por delante mientras avanzas a toda velocidad, relajado, bailando, cambiando de ritmo. Los buenos corredores de montaña bajan así por lugares imposibles, como si estuviesen bailando el ritmo más fácil. Las personas hábiles con las palabras también se permiten hacer poesía, contar algo haciendo un recorrido, no en linea recta, sino zizagueando, brincando con elegancia y suavidad de una palabra en otra, rimando o no, según les pida su espíritu, según prefieran.

Correr sobre asfalto es como hacer prosa. Se emplea la mayor economía biomecánica, se va por el camino más corto entre dos puntos. La claridad, la sencillez en el gesto técnico es el mejor aliado. Repetir una vez y otra el mismo movimiento y apartar el foco del pensamiento de las piernas y fijarlo en cualquier otra cosa. Automatizar el correr hasta el punto de avanzar pendiente de todo lo demás.

Pero dejarse caer por una trailera, por una reguera, por un canchal... concentrado en cada paso, focalizando la atención en la caída sin pensar en nada más (qué bendición a veces)...  Inclinar el cuerpo hacia delante, asomarse al abismo y dejarse arrastrar por la gravedad, contrarrestándola mínimamente apoyando en esta o en aquella piedra, no en cualquiera, pero de forma intuitiva. Sin que haya tiempo de analizar cual debe ser el siguiente paso, simplemente haciéndolo. Eso es como bailar, como hacer poesía con las piernas. Es lo más divertido, en segundo lugar, después de lo más divertido. La segunda mejor cosa que se puede hacer con el cuerpo para ser feliz.

No me engaño, no soy buen corredor ni sobre asfalto ni bajando por zonas técnicas, ni bueno haciendo prosa y menos poesía, pero qué placer, que gozada cuando de vez en cuando me permito, bien o mal, escribir asfalto o correr poesía...