viernes, 21 de marzo de 2014

Transferencias

"No sabemos lo que nos pasa y eso es precisamente lo que nos pasa."  
Ortega y Gasset.
Vamos subiendo poco a poco la carga de entrenamiento y parece que, por ahora, asimilándola bastante bien. Crucemos los dedos pero, después del maratón de Sevilla, da la impresión de que se trasfiere como es debido el trabajo de la primera parte de la temporada a este momento que implica más cuestas y tiradas mucho más largas bajando el ritmo.

Corriendo por las calles de Híspalis con Anne Souplet. Parece que vamos en cabeza, pero no, había 2 o 3 por delante.
Transferir el entrenamiento es tratarlo como si fuese dinero que guardamos en un banco para después obtener intereses a través de inteligentes inversiones, haciendo crecer el total haciendo transferencias de un sitio a otro. Partiendo del hecho probado de que invertir y "mover el dinero" no genera ninguna riqueza globalmente, algo muy estudiado en la tradición económica marxista pero no ignorado por sus contrarios, ni por el común de la población inmersa hoy día en una crisis económica fruto de la especulación, si que parece que podemos tratar el entrenamiento como un sistema en equilibrio dinámico que permite ir pasando lo almacenado de un recipiente en otro, hasta cierto punto. Este es el fundamento de casi todos los sistemas de entrenamiento. Ir ahorrando en distintas "cuentas" y reunir todo en un mismo capital en un momento dado. Sacar lo que no se ha gastado de una y aprovecharlo para la siguiente inversión. Ir acumulando poco a poco intereses para cuando llegue el momento de gastarlo... o quizá aprovechar el líquido disponible para reinvertirlo en un negocio de mayores dimensiones.

El conocimiento, las claves de la filosofía también han seguido un viaje de almacén en almacén, de copia en copia, donde a veces se perdía o confundía algo en las sucesivas traducciones, a veces se contaminaba, en ocasiones ardía el frágil pergamino y desaparecía la obra para siempre pero, también, en ocasiones se enriquecía con marginalia, escritas a los lados de la página, se pulía su brillo con el saber de los enanos subidos en los hombros de los gigantes del pasado que podían mirar más lejos de lo que podrían haberlo hecho aquellos desde la altura sumada de ambos.

Las palabras del sabio Sócrates no se perdieron en el Ágora de Atenas. Dieron lugar a distintas escuelas de pensamiento de quienes eran sus oyentes y discípulos. Si que se perdió del más famoso de ellos, Platón, toda obra no divulgativa, todo lo que no eran diálogos para los que no acudían a la villa de Academos a filosofar con él y, del discípulo de su discípulo, Aristóteles, desapareció por el contrario todo lo "exotérico", esto es, lo escrito para los de fuera, conservando solamente los apuntes de de las clases para los iniciados, los escritos "esotéricos", lo que se contaba para "los de dentro" del Liceo, su escuela, sin las lecciones iniciales que se daban por sabidas. Esa es una de las razones que acentúan las diferencias en la obra de ambos, por otro lado inconmensurables.

Alejandro Magno amplió las fronteras de Grecia. El discípulo de Aristóteles, Teofrasto, sintetizó y recopiló, organizó y catalogó la obra del Gran Maestro de Occidente. Una copia de todo ello y de mucho más acabó en el Museo de Alejandría, anexo al palacio de Ptolomeo, en la gran biblioteca que aún hoy se asocia al nombre de la ciudad, uno de los mayores focos de saber de todos los tiempos desde el que crecieron las tres grandes tradiciones, la bizantina, la árabe y la latina, que transmitieron, transfirieron, el espíritu de Atenas.

El Timeo de Platón. Si, el nombre es muy gracioso ti-meo... jajaja. No, no. Perdón, perdón. No me pude resistir.

Uno de los muchos y quizá no el mayor de los crímenes de los cristianos del siglo VI se produce cuando Justiniano (que si su religión es verdadera quizá estará pudriéndose en el Infierno), cierra las escuelas de filosofía y expulsa a nestorianos y monofisistas que huyen de la represión fanática hacia el reino de Cosroes el Sasánida. La cuarta tradición perdida, la tradición nestoriana que jalonó de monasterios la Ruta de la Seda durante siglos hasta la China de Kublai Kan no ha dejado una herencia directa en aquellos lugares, los territorios del viejo imperio Seleúcida que bebió de la tradición persa y helénica en lugares donde miles de años antes ya había nacido la Civilización Occidental. La Escuela de Bagdad, ciudad fundada en el siglo VIII por el califa Al-Mansur el Victorioso, será el lugar que sirva de recipiente entre el Tigris y el Eufrates y que se llenará de parte de lo perdido por Occidente. Cristianos sirios escribiendo en Árabe primero, musulmanes después, devolverán las obras perdidas de Aristóteles por la tortuosa vía del Califato de Córdoba y de la Escuela de Traductores de Toledo para alimentar el fuego del conocimiento en las universidades, ya encendido en la Francia Latina por el Renacimiento Carolingio. Todo el saber se vuelve a encontrar de nuevo en París siglos después cuando se traducen los textos conservados en un minúsculo ya reducto del viejo Impero Romano, la ciudad de Bizancio.

Momentos de subida y bajada del conocimiento, donde la filosofía fluye como un río caudaloso o se encierra bajo tierra en corrientes subterraneas. Picos y valles de ilustración o edades oscuras como los estados de forma de un corredor filósofo recorren la historia. Lo que se cree perdido a veces continúa ahí, encerrado y esperando pacientemente su momento. De texto en texto, del Griego al Árabe, del Árabe al Latín, pasando por el Romance Castellano, si es cierto que los escribas de la época no hablaban los dos lenguajes simultáneamente y aquella la castellana era la lingua franca en Toletum, algunos textos llegan milagrosamente hasta hoy. Un misterio como la "memoria" que parecen tener nuestras piernas de lo que han hecho en el pasado.

Entendemos bien el mecanismo (el lógico) que hay detrás de una adaptación fisiológica. Le pedimos al cuerpo que corra más, que levante más peso, que se fuerce y éste, por pura vagancia, hace los cambios necesarios para que, con menor esfuerzo, se pueda conseguir hoy lo mismo que le exigimos ayer. Se entra en un diálogo con nuestro organismo en que tratamos de convencerle de que para sufrir menos tiene que quemar la grasa, hipertrofiar los músculos, hacerlos más densos, más rápidos. Cuanto menos le pedimos, más se relaja y nos ignora y, si nos pasamos de la linde con él exigiéndole mucho de golpe... se declara en huelga de sobreentrenamiento y "peta". Es un diálogo que tiene que desenvolverse con cuidado para no caer en los extremos de detener las adaptaciones ni forzar nuestra máquina más allá de lo que puede asimilar. Es casi como una lenta seducción, poco a poco. Sin asustarle, que crea que si recorre un poco más del camino tú no le vas a exigir de nuevo que dé un paso más y avanzando día a día, acabe llegando a donde queremos.

Caminos lentos y tortuosos, como la mayoría de los que recorren nuestras vidas.