lunes, 4 de enero de 2016

Annus MMDCCLXIX ab Vrbe condita

Una vez compré a mis hijos para Navidad un set de pilas con una nota que decía: juguetes no incluidos...
Como cada vez que se acerca el solsticio de Invierno y el final del décimo mes, aunque algunos han estado masticando turrón desde los idus de noveno,... nos hemos lanzado a repetir nuestros rituales saturnales como si, esta vez, fuesen a dar un resultado muy diferente al de ocasiones anteriores. El resultado habitual, en el lado negativo, es sobrepeso, embriaguez, culpa y arrepentimiento... aunque tienen de bueno que sirven de excusa al reencuentro de amigos, familia, conocidos y (o) personas queridas.

A partir del solsticio, los días se alargan. La noche retrocede. Se empieza arbitrariamente un nuevo calendario de doce meses con la esperanza de un nuevo comienzo. Se mira sobre las nieves hacia la aparentemente cercana primavera en la que el mundo renacerá una vez más... aunque aún quedan muchos charcos por hollar.

Aún queda el ritual del día de reyes. Ese día casi indistinguible de cualquier otro salvo por la ingesta del roscón hipercalórico y porque a la infancia se la soborna otro día más con regalos y papeletas para el sorteo de una diabetes mellitus.

Según literatura no oficial tres magos se presentaron ante el
mítico Jeshua ben Joseph en la provincia romana de Judea,
cuyas aventuras y desventuras se relatan oficialmente en otra parte.

Entiendo lo de la Navidad y lo de la magia, quien parece que no lo entiende es quien me intenta convencer de ello bombardeando con sus mensajes desde el televisor.

Tiene sentido, perfectamente, que si alguien nunca toma dulces, un día al año se salte las reglas y se deguste un delicioso postre de Navidad. Que se coma cordero y se beba alcohol. No es que sea sano, no lo es, sino que que es un rito, una forma de compartir una fiesta, un exceso muy ocasional con otras personas. Tiene sentido cabal que un niño o niña experimente la magia de pedir una cosa y que esa cosa aparezca un día en su casa cuando se levante. Tiene más sentido quizá, eso si, para los niños de otros tiempos que no tenían casi juguetes, muchas veces ni ropa decente, ni calzado. En esos casos pedir, por ejemplo, un balón y que, la mañana del día seis de enero apareciese uno de reglamento al levantarse, además una mañana sin colegio, provocaba que se sintiese que había acontecido un suceso maravilloso y extraordinario, algo totalmente alejado de la experiencia cotidiana. Algo que iba a traer muchas horas de juegos con mucha gente.

Eso es la magia de la Navidad.

No tiene sentido, claro, atiborrar a juguetes, videojuegos y dinero para su autogestión por ellos mismos todo el año y que la carta a los reyes y Papá Noel (a ambos, claro, pobres criaturitas, no van a estar todas las vacaciones sin sus juguetes... y no van a quedarse sin reyes, con lo "ejpañoles" y casposillos que son los reyes magos (y los otros que salen por la tele pidiendo austeridad desde un palacio)... que las cartas sean un ejercicio de infinita avaricia, de pedir, de exigir todo a cambio de nada, que la criatura haga una larga lista de caprichos que serán satisfechos por todos los parientes a su alrededor, tíos, abuelos, etc., sobre todo en un marco en el que están acostumbrados a tener más juegos y juguetes de los que son capaces de utilizar. No hay ahí nada mágico, nada extraordinario, nada que se salga de su experiencia cotidiana.

De eso trata la magia, de alejarse de lo establecido, de romper con el esquema de lo esperado por los demás y, por extensión (de los demás), de uno mismo. Aún quedan muchos entrenamientos a oscuras, madrugones, aguantar chaparrones fríos y vientos helados que se meten en los huesos. Aún queda trabajo y rutina por hacer. Aún queda repetir el ritual para que, poco a poco, lleguemos a las sorpresas de las que nos vamos a hacer merecedores.

Pero hay que hacer magia este año. Hay que conseguir lo imposible. 2769 va a ser un año más para el mundo, como los 2769 de nuestra Era Romana o los incontables que hubo antes de la mítica fundación de la ciudad eterna si, pero cada uno puede hacer con su año lo que quiera. Tu 2769 puede ser un año especial, un año de cambio, un periodo que decidas rebelarte contra lo que te está reservado si no decides ir más allá de tus límites, si decides quedarte acobardado donde estás. Si no quieres aprender nada nuevo.


¡Nacer para perder, vivir para ganar!
Lemmy Kilmister