viernes, 14 de febrero de 2014

Previo Maratón de Sevilla: el palo y la zanahoria

"Los kilómetros no son elásticos. Lo elástico es la cuerda que sujeta la zanahoria" 
Luis Arribas Sandonis
Queda poco más de una semana para el maratón de Sevilla.

Cuarenta y dos kilómetros y ciento noventa y cinco metros siempre dan respeto. A mi me causa especialmente respeto que sean absolutamente llanos, porque me he ido acostumbrando con el paso del tiempo a correr por montaña alternando un nivel de esfuerzo, y sobre todo una velocidad, que a lo largo de la carrera va a ir variando para adaptarse al terreno en el que se desarrolla la prueba. Me he adaptado a llevar una estrategia pensada para la carrera, estudiando el perfil altimétrico. Cuando llega una cuesta arriba se tira de una musculatura y cuando se baja se cansa otra diferente. En unos sitios ahorras, en otros gastas con prudencia. Los traileros son tacaños con sus energías. Siempre reservas, nunca vas a un ritmo pensado para dejarte vacío en el momento en que cruces la meta, maximizando el resultado, como hay que hacer cuando sales buscando tu mejor marca personal en una carrera de atletismo sobre asfalto.

En montaña dependiendo del tipo de terreno se pisa y se corre de una forma u otra y es precisamente en los tramos de llaneo donde yo estoy más desorientado en lo que al ritmo se refiere y donde me ocurre que a veces me vacío yendo un poco más rápido de lo que quizá debería. No me pasa a mi solamente. He observado a menudo bajar a la gente por la Loma del Noruego en dirección al Puerto de Cotos durante el Maratón Alpino Madrileño a un ritmo ligeramente por encima del suyo. La Loma del Noruego no es un llaneo, claro, pero depende con qué se compare. Viendo el perfil de la prueba esa parte es adecuada para "soltar piernas" y perder cinco minutos que luego se recuperarán con creces, sobre todo viendo lo que queda por delante aún. El siguiente "llaneo" después de bajar de Peñalara y hasta la base del tubo de Cabezas de Hierro conviene trotarle, igual que una vez coronada la Cuerda Larga, el resto del camino hasta la meta, pero no será posible hacerlo si ya no quedan energías que conjurar. (Javi, bon courage!).


En un maratón como el de Sevilla lo ideal es clavar el ritmo y hacer cada uno de los cuarenta y dos kilómetros en el mismo tiempo. Si acaso, reservar un poco e ir de menos a más, porque cuando se han recorrido aproximadamente tres cuartos de la distancia del maratón puede sobrevenir lo que se conoce como el muro o que te asalte el tío del mazo. Un bajón físico que te frena el ritmo, te aturde y convierte en un suplicio la última parte de la carrera. Eso que en larga distancia en montaña va y viene en distintos momentos, cuando sale el yeti a tu encuentro y te acompaña un tramo.

El temido muro llega cuando se ha calculado mal el ritmo y se ha ido un pelín apenas más rápido de lo que se debería. La preparación previa, el descanso y la alimentación de las últimas semanas hacen que cuando por fin se ha entrado en calor y encontrado el ritmo el día de la competición parezca que se puede correr indefinidamente quizá un poco por encima del que has entrenado y era el objetivo. Gran error. El exceso de confianza, las sensaciones, suelen traicionar y cuando se agotan las reservas de alimento y se llenan los músculos de desechos de la combustión metabólica, mandan a la cabeza una señal inequívoca pidiendo clemencia. Es tarde para salir del lío en que te has metido tú solito. Eso si te pasas "un pelín". Si sales a tope, a un ritmo medio minuto por kilómetro más rápido de lo que debes, no llegarás. Si el cuerpo no encuentra otro camino para hacerlo, te parará en seco lesionándose, desmayándose o algo más grave aún.

Por ahí, una de esas frases que circulan entre los corredores, es que los primeros treinta y dos kilómetros se corren con las piernas y los últimos diez con la cabeza. En el fondo se trata de poner en juego dialéctico los dos elementos facilitadores de la consecución del objetivo. Por un lado la preparación previa, por otro la motivación de la que dispongas el día de la carrera. Cuando hablamos de dialéctica en filosofía, a partir de Hegel, estamos hablando habitualmente de un "diálogo" entre dos elementos que se pueden contradecir inicialmente en apariencia, pero que se enriquecen mutuamente en su debate e interrelación y, de hecho, que pueden llegar con el tiempo a un consenso y un discurso único, un monólogo que sea la superación del anterior diálogo y se convierta en nuevo elemento para entrar en debate con otro más que surja como reacción a él... En filosofía siempre se está en la misma permanente batalla, aunque no siempre es la misma guerra la que se está librando.

¿Qué nos motiva?
La motivación y la condición física previa al maratón no son dos variables independientes. La motivación ha intervenido, y mucho, en el proceso de preparación para la carrera. Si no has sufrido ninguna lesión seria, el que hayas encontrado el tiempo y la energía para entrenar ha sido seguramente gracias a que veías la recompensa al fondo. Cada día que te has levantado a correr, cada vez que has estado bajo la lluvia y el frío o sudando bajo un sol implacable haciendo los deberes, cuando has visto pasar bajo tus bigotes unas croquetas de bacalao mientras bebías una bebida de cola ligth y te rugían las tripas para poder bajar un par de kilitos y estar fino el día de la carrera, estabas pensando en cruzar el arco de meta. El motor de esa preparación ha sido en gran medida el deseo de alcanzar tu objetivo el día D. Quizá haya otros motivos ocultos a tu mente consciente. Quizá sea verdad que, en última instancia el motor sea otro: el sexo, el narcisismo, resolver un trauma infantil, la voluntad de poder... no importa. No es relevante en este momento para nuestra reflexión.

Por otro lado, es más fácil motivarse cuando estás en buena forma y si cuando empiezas a correr se retrasa mucho la aparición de la fatiga, cuando no tienes que parar para descansar, sino simplemente bajar un poco el ritmo un kilómetro para recargar las pilas, cuando salir a entrenar dos horas te deja con ganas de más. Cuando te levantas por la mañana sin secuelas del palizón del día anterior y estás en condiciones de asimilar otro entrenamiento. Si por el contrario estás hecho un asco, deportivamente hablando, claro, necesitas mucha más motivación, más palo y zanahoria que te muevan hacia delante para seguir sufriendo. Porque entonces vas a sufrir, puedes tener la seguridad de ello. Incluso cuando estás en plena forma, a veces, casi siempre, se sufre. Lo otro es la excepción, cuando se disfruta la carrera desde el principio hasta el final, en cada momento, y no son las ganas de conseguir acabar la carrera lo que hace que lo consigas. A mi en un maratón de asfalto nunca me ha ocurrido, pero algún día haré mi carrera perfecta. No pierdo la esperanza.

Mientras tanto, es la causa final, la intención, y no la causa eficiente, lo que me mueve, pero es que, en los asuntos humanos la única causa realmente importante es la causa final, la zanahoria al final de la cuerda.