lunes, 10 de marzo de 2014

Alergias

Amigos míos, retened esto: no hay malas hierbas ni hombres malos. No hay más que malos cultivadores.
Victor Hugo.

De αλλος, allós, "lo otro, lo extraño" y εργíα, ergeia, "energía, trabajo": αλλεργία, allergeia. La alergia es, etimológicamente, la "reacción a lo extraño", la energía que surge del desencuentro con "lo otro".

Un cuadro alérgico se produce cuando nuestro cuerpo tiene una reacción exagerada ante un estímulo que, en realidad, no supone una amenaza para él. No puedo evitar tener en mente a quien le aterroriza que entren cien o doscientos millones de africanos por las fronteras de Melilla si no se instalan nidos de ametralladora en lo alto de un gigantesco muro. La alergia hace que el cuerpo ponga en marcha los mecanismos de defensa y se liberen, en concreto, las histaminas que nos dejan hechos un cuadro. Un cuadro alérgico. Un cuadro chungo, no uno de las luminosas playas de Tahiti como los que dibujó Gauguin o de las de Valencia, más cercanas, de Sorolla. Más bien un "Saturno devorando a sus hijos" de Goya o un "Grito" de Munch. Una reacción alérgica es, como el racismo, algo innecesario, inútil, contraproducente y que tiene su origen en la ignorancia y el miedo.

No hay crónica de la media maratón de Ciudad Universitaria. Con los ojos rojos, las narices hinchadas, la garganta y la boca secas como el desierto del Mojave, con toses, estornudos y picores varios, permití que una pastillita antihistamínica me dejase las vías respiratorias expeditas para la circulación del aire y más sueño en el cuerpo que tiene una cesta de gatitos arrimados a una estufa.

Y me quedé en la cama.

La Primavera en la Pedriza.
Uno de los mejores sitios del mundo para
estar, y sin mucha cantidad de mis alérgenos.
Parte de la búsqueda en la que se ha embarcado la filosofía a lo largo de los últimos dos milenios y medio ha sido con el objeto de desentrañar los conceptos de bondad y maldad. Algo que tiene mucho que ver, o que se le podría echar un vistazo desde el punto de vista de las reacciones alérgicas y las enfermedades. Hasta tal punto se ha profundizado y escarbado en el tema central de la ética que ya es imposible abarcar todos los sistemas filosóficos, todas las respuestas posibles que se han dado y, sobre todo, todas las preguntas clave que se han formulado al respecto. El tema cotidiano se reduce, muchas veces, a dar razones de lo que uno hace y a meditar si estás tratando con una mala persona o con una profundamente imbécil. Si es verdad la teoría de la banalidad del mal y del intelectulismo moral (la maldad es simple ignorancia) o si, tal vez, el bien y el mal son una especie de elementos místicos como los reversos, respectivamente, Luminoso y Tenebroso de la Fuerza en el universo de Star Wars. Le doy vueltas y más vueltas y cada vez que me decido por algo, la tesis contraria gana atractivo y con la que me quedo acaba por presentar serias lagunas (lagunillas). En el origen de lo que consideramos malo hay un "daño" para nosotros, pero la causa puede ser una agresión real, como cuando nos ataca un rinovirus, o uno del que el agente que causa el daño no tiene la culpa, como en el caso del polen de los cipreses que inunda estos días la ciudad de Madrid. Puede uno encontrarse con alguien a quien el odio ciego le mueva a causar un daño en otra persona para satisfacer el deseo de causar ese daño y el placer que con ello experimenta o, alguien, por el contrario, que no puede evitar actuar de la manera en que, al final, las personas con las que se cruza reciban una hostia no intencionada al pasar por su lado.

Hanna Arendt (os recomiendo encarecidamente la reciente película que han hecho sobre ella), abordaba el tema y reflexionaba sobre la maldad humana. Ella que la vivió en sus carnes como judía alemana durante el periodo nazi, al final encontraba que la mayoría de las veces estaba ante burocratillas, cobardes, pamplineros pagados de si mismos, perezosos, estúpidos, trepas, pelotas... que los mecanismos de la maldad eran complejos engranajes en los que las piezas se limitaban a funcionar sin pensar mucho en las vidas que trituraban entre sus ruedas, que más de un asesino nazi no estaba movido por el odio a los judíos, sino por el deseo de lograr un ascenso y el miedo a desobedecer una orden.

Retomaremos los entrenamientos ahora que las pastillas han hecho efecto y saldremos a respirar el aire primaveral cargadito de polen, a reflexionar entre zancada y zancada si no será que no hay una respuesta, sino dos distintas, al problema del mal: que a veces es polen de arizónica, que la pobre no tiene culpa de que reaccionemos con tanta energía ante su presencia, pero otras nos infecta el Mycobacterium Leprae, que tiene muy mala leche.
Fue como si en aquellos últimos minutos [Eichmann] resumiera la lección que su larga carrera de maldad nos ha enseñado, la lección de la terrible banalidad del mal, ante la que las palabras y el pensamiento se sienten impotentes.  
Hanna Arendt, Eichmann en Jerusalén