jueves, 13 de marzo de 2014

Más razones de peso

Ítaca te brindó tan hermoso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene ya nada que darte.

Kavafis.
Quizá la segunda cosa más difícil que he hecho en mi vida ha sido dejar de fumar.

Sin embargo es la supuestamente impactante fotografía en la que tengo treinta kilos más de peso que ahora, en este 2014, la que más llama la atención de todo el mundo y la que suscita más a menudo la expresión de admiración por una supuesta "fuerza de voluntad" que ha de ser empleada para cambiar esa imagen por otra mejor admitida por la sociedad. Voluntad que realmente no necesité emplear a fondo para perder peso. Para otras cosas si, pero para eso no.

Estoy hoy, como casi siempre, a dieta.

No es por tanto adelgazar lo más difícil que he hecho en mi vida, es, de hecho, una de las tareas autoimpuestas que para mi sorpresa menos me costó llevar a buen término. No así mantener esa pérdida de peso, una batalla inacabable con muchas ocasiones para la frustración, aunque tampoco esto más difícil que otras muchas que tenemos que enfrentar remontando por la vida. No llegará nunca "la Paz Perpetua", esa quimera que imaginó Kant, el final de todas las guerras para siempre, el fin de todas las batallas. Tan solo, un seguir combatiendo hasta el final. Eso si, con periodos de tregua.

Desde mi (su) ventana.
Como explicaba con claridad y profundidad hace poco mi amiga filósofa y nutricionista en su blog, la persona gorda, como yo lo era, está en esa situación por multitud de factores. La verdad es que vale la pena leer su entrada, porque da mucho que pensar y a mi me ha empujado, por lo menos, a pensar en mi caso. Más al hilo de la pérdida de peso que tengo en proyecto para los próximos meses.

No se puede hacer un abordaje simple de un problema multifactorial, aislando e incidiendo en uno solo de los elementos que están en su origen. Por lo tanto perder peso de forma estable requiere, requirió de hecho, actuar sobre varias de las causas de un problema complejo. La misma necesidad de fumar un cigarro tras otro compulsivamente hasta el nueve de agosto de 2004 era una causa y un efecto de la ansiedad que impulsaba a asaltar la nevera durante la noche para comer. Fumaba además hasta más de dos cajetillas cada día. La vida giraba, aunque no lo sabía, entorno a necesidad de fumar. Fumar quita el apetito, no fumar da hambre. El hambre da ganas de fumar, la saciedad de haber comido... también. La misma ansiedad que guiaba el encendido de cada cilindro humeante cuando al cerebro le faltaba nicotina o a los dedos algo que sujetar entre ellos, ahora, al dejar el tabaco, a lo largo de 2005, encendía la necesidad de comer para soportar el deseo de meter una calada de niebla caliente y aromática entre el pecho y la espalda.

De las muchas causas que me habían convertido en una persona obesa, una, la última, era la ex-adicción a la nicotina, otras muchas eran las mismas que me convirtieron en nicotinómano, enfermo de tabaquismo, otras tal vez estaban en relación con una educación alimentaria y unos hábitos nutricionales erróneos. También tenía que ver con una vida sedentaria, con una forma de ocio basada en el consumo de alcohol en bares y cafeterías, una estrategia vital de premiarse constantemente con cosas ricas sin tomar en consideración compensar los excesos o tener conciencia de la frecuencia con la que me los podría permitir sin riesgo para la salud. Quizás otros impulsos inconscientes que no puedo nombrar por no tener constancia de ellos ya que serían entonces, de hecho, conscientes. Serían otra cosa distinta de inconscientes en caso de pudiese hacerlos objeto de conciencia... algo que siempre ha supuesto uno de los permanentes choques entre la forma de ver las cosas entre psicólogos y filósofos.

Los efectos de la obesidad, sus resultados a largo plazo, se coadyuvaban con las causas, reforzando el problema de sobrepeso, la ansiedad, la baja autoestima, los problemas de salud, el rechazo social real que se experimenta cuando uno se aleja tanto del patrón establecido como canon, canon de la "normalidad" entendida como aquello que sale por los televisores constantemente, diferente de la norma estadística o del ideal de salud. Tres cosas distintas: la norma de la salud, la norma de la imagen, la de frecuencia real. Lo que supone mayor exigencia social es parecerse al ideal que nos proponen como adecuado estéticamente, en segundo lugar, no apartarse mucho de la moda estadística y, en mucha menor medida, de lo que es saludable para nosotros.

La peor consecuencia de la obesidad es el castigo constante al que se somete a la persona gorda. El ser despreciado, humillado y regañado por la sociedad a cada momento, desde que entras en una tienda a comprar ropa, hasta cuando tratas de encontrar tu lugar en un espacio reducido como un vagón de tren en la hora punta del metro. Para la mayoría de las personas obesas encontrar ropa es un problema menor. Lo realmente difícil es encontrar simpatía en la gente que no te conoce o atracción sexual. Gustar a los demás puede ser más difícil que encontrar pantalones de una talla grande.

Y correr no sirve para adelgazar. por lo menos, no solamente correr. Ni tan siquiera servirá para mantenerte en el peso. Es una consecuencia de la plurifactorialidad de la situación. No se puede incidir solamente en el problema de la vida sedentaria.

-20 Kg. después 2013
Madrid - Segovia
MAM y Galarleiz 2008
Cuando uno solamente corre y sigue descuidando todo lo demás, al final se convierte en un corredor gordito. Alguien que, tarde o temprano, dejará de ser corredor cuando se lesione y pasará a ser solamente lo otro, "un gordito más". Quizá un nadador o ciclista con un leve sobrepeso con un poco de suerte, pero es más probable un rebote sobre el estado anterior y dejarse llevar y comer como si se siguieran quemando todos los días 5.000 Kcal. Se acaba por deteriorar la calidad de vida y la salud por culpa de esa enfermedad llamada obesidad, que a los veinte años es incómoda, a los treinta mucho más, pero después llega a ser mucho más que eso. El trasportar permanentemente encima más peso del que las piernas soportan con comodidad es discapacitante en el sentido de la definición de "persona con discapacidad" que recoge la OMS. 

No nos engañemos. Nos vemos guapos y guapas. Al menos por comparación con lo anterior y porque no vivimos en Marte. Nuestros criterios estéticos, aunque hayamos sufrido todo tipo de humillaciones por nuestro aspecto, se han formado en la misma sociedad, en el mismo tiempo y espacio que los de la gente que nos despreciaba por tener tripa. Pero la razón que justifica el cambio vital es la salud. No sé si una razón es buena y otra es mala. Hay al menos una que es razón suficiente que diría nuestro adorado Leibniz. Lo que es cierto es que nos pone en una tensión moral a quienes hemos perdido peso similar a la de los exfumadores que no quieren ser "exfumadores coñazo" con los que aún fuman. Nos sentimos muy culpables de vernos bien, de gustarnos más ahora.

Continuamos la eterna batalla. Ya vencimos a los excesos navideños, más o menos, para bajar al Maratón de Sevilla. Dos semanas de relajación después, por otro lado necesarias, y ya toca volver a apretar el ritmo, bajar peso, disciplinarse y poner rumbo hacia el siguiente reto que nos espera, el Ultra Trail Sierra de San Mamés, en Portugal, en mayo. Los músculos parece que están en buen estado, las articulaciones no se quejan por ahora y tan solo la alergia estacional ocasiona molestias. 

Ahora, mirando hacia el objetivo anual tengo que ir aumentando a lo largo de los entrenamientos el kilometraje, para lo cual me conviene funcionar en "marchas cortas", ir subiendo el tiempo y la distancia poco a poco (que además ayuda a quemar más calorías que entrenar con más intensidad) y aprovechar cualquier ocasión para calzarme las zapatillas, eso si, nada de forzar, nada de series, solamente largas cuestas y esas sentadillas con la espalda apoyada en la pared y esas series de abdominales que no sé si encontraré el ánimo de hacer al acabar cada día.

Para eso si que hace falta fuerza de voluntad, y yo no tengo mucha.