lunes, 31 de marzo de 2014

El miembro fantasma

Estómago hambriento no tiene oídos.
Jean de La Fontaine
Parece que no soy capaz de hablar solamente de correr. Me urge a veces la necesidad de hablar de otro tema: la nutrición. Está estrechamente vinculado lo uno con lo otro, pero se aleja bastante de las intenciones iniciales de este espacio, que ya bastante tiene con los cócteles del trail running con la historia de la filosofía que se trae.

Quizá es porque aún siento mi sobrepeso como si fuese un miembro fantasma.

Por tanto, a las muchas disculpas y excusas que os debo por las entradas del blog perpetradas últimamente, muchas además (las entradas) porque así lo han permitido las circunstancias, añado un débil susurro de humilde propósito de enmienda para el futuro por irme por los cerros de Úbeda, y no a correr un ultratrail precisamente.

El miembro fantasma es un síndrome que sufre quien sigue experimentando sensaciones desde una parte del cuerpo perdida pero que percibe aún como conectada al resto de su anatomía. Al parecer no se trata de que los nervios cercenados sigan mandando señales equívocas al cerebro, sino que una parte de éste, del cerebro, sigue dedicada al órgano desaparecido y fabrica sensaciones que le parecen coherentes ante la falta de estímulos de entrada. Puede ocurrirle también a una persona que pierda la vista o el oído. No es extraño en esos casos tener algunas alucinaciones visuales o auditivas.

Aquí un poco de autopromoción, por lo menos sin publicidad de terceros:
Aprovecho para dejaros un enlace al segundo Kafkarrillo, para cuando tengáis un rato
Algo así experimentamos algunas personas que hemos perdido la barriga cervecera para sustituirla por un, comparativamente, pequeño michelín o, en el caso de unos pocos afortunados, una fornida musculatura con forma de tableta de chocolate. Quizá tenemos estructuras y redes neuronales desarrolladas durante nuestro pasado que ahora no saben manejarse con la nueva situación, como ocurre cuando se produce un cambio importante en nuestras vidas y continuamos sintiendo la presencia del pasado como una estructura a la que nos hemos acostumbrado y nuestra nueva vida tiene reglas nuevas que aún no hemos interiorizado.

Recientemente he leído un interesante artículo que incidía en la errónea idea de asociar "fuerza de voluntad" y perdida de peso. Hablaba sobre la caricatura que tiene mucha gente en su mente acerca de que las personas gordas son débiles de voluntad y que, por el contrario, las que conseguían perder peso, lo hacían gracias al mérito exclusivo de tener una gran fuerza y constancia.

Hay impulsos que son especialmente difíciles de controlar, los que tienen que ver con una amenaza sobre nuestra existencia. Por así decirlo, nuestro programa más básico consiste, fundamentalmente, en continuar viviendo y los impulsos y sensaciones directamente relacionados con una amenaza sobre ello se sobreponen a todo lo demás. Un temor incontenible, un ataque de pánico, un miedo invencible pueden llegar a ser, en caso de legítima defensa, justificación de la muerte de otra persona para protegernos y así lo entienden los jueces. El hambre, la sensación de que se necesita alimentos para continuar existiendo, una sensación que casi nadie de nuestro entorno ha experimentado (afortunadamente), puede llevar a cualquier animal, incluidos los humanos, a matar por ellos o por los seres que dependen directamente de nosotros para su subsistencia. Por el hambre se producen guerras y grandes migraciones, por proteger tu alimento o por conseguir el que necesitas, y si es necesario, se mata, se asesina, se prostituye, se abandona todo y se empieza en otro mundo. Se cruza el estrecho de Gibraltar en patera o el Río Bravo sobre una cámara de neumático. Tal es la fuerza que puede llegar a tener esa terrible sensación.

El Pianista, de Polanski.
Una película en la que se retrata el hambre como un personaje más.
Pensad ahora en que las necesidades de alimentación basales de una persona que pesa el doble que vosotros son enormemente mayores que las vuestras, casi el doble, y que cuando se somete a una dieta para perder peso ingiere menos calorías de las que necesita, por lo que el cuerpo reaccionará, entre otras formas, despertando en esa persona la sensación de hambre. Si, esa sensación que puede llevar a matar por alimentos o a morir por defenderlos. La misma. La persona que, a las muchas causas que le han llevado a tener sobrepeso, tiene que añadir el problema de una sensación que trata de imponerse a cualquier razonamiento, a asumir el control de su voluntad hasta saciarse.

Y es muy injusta la desproporción en el resultado que produce para alguien que quiere perder peso respectivamente la sensación de hambre y la de saciedad. Se puede pasar hambre durante horas y días y "perder" el trabajo hecho en cuestión de minutos por satisfacer un momento el apetito que te está acuciando. Pero si pusiésemos en una balanza el castigo y el premio, la recompensa por lo que se pierde en peso es del todo insuficiente al placer obtenido cuando se aplaca el hambre. Al engullir un paquete de donuts antes de acostarse en un momento en que otros problemas vitales hacían necesario poner en segundo plano algo tan frívolo como perder unos gramos de peso se crea un sentimiento de culpa, de suciedad, de fracaso, que es aún peor que el hambre que se sentía. Ni siquiera después de comer el gordo queda satisfecho.

Por eso es necesario un aprendizaje. Saber qué alimentos sacian el hambre sin un alto coste. Cual es la mejor forma de no despertar ese monstruo que engulle todo lo que encuentra en la nevera aún a sabiendas de que después pagará caro el precio de haber cedido a su deseo.

Porque como decía Anaximandro, siempre se paga el precio, aunque él no hablaba de lemas de autoayuda, sino de que los actos tienen consecuencias relacionados y proporcionados con sus causas. Decía que la Physis, el Universo, tiene sus propias reglas sin depender de dioses... ni Zeus, ni Apolo, ni ese que se ha puesto de moda ultimamente: el Karma.

De donde las cosas tienen su origen, hacia allí tienen también su sucumbir, según la necesidad; pues dan pago y retribución unas a otras de la injusticia, de acuerdo al orden del tiempo. 
Anaximandro de Mileto