martes, 15 de abril de 2014

Asumiendo riesgos

Los objetos que pueden causar temor, no son los mismos para todos los hombres sin distinción. Considerarnos como un objeto verdaderamente temible el que supera las fuerzas ordinarias de la humanidad; y el objeto digno de temor es en general aquel que puede aterrar a un espíritu, que está en el goce pleno de su razón. Pero en todo lo concerniente al hombre, hay diferencias de magnitud, diferencias de más y de menos.
Aristóteles, Etica a Nicómaco.3,VIII
La montaña es peligrosa. Correr ultratrail es peligroso.

La vida es un peligro constante y, para quienes no creemos en el destino, es una sucesión de apuestas que podemos perder cualquier día. Vivir es un peligro constante. Cualquier día, como decía aquella canción de Silvio, podemos encontrarnos que el desayuno que estamos tomando es nuestro último desayuno o que, nunca se sabe, conoceremos al amor que ya nunca pensamos hallar. A veces pasa. Cada día jugamos una lotería llena de premios maravillosos en la que también nos puede tocar, por el mero hecho de jugar, desgracias terribles, tristezas y sinsabores. Intentamos hacer apuestas inteligentes, en las que los premios justifiquen los riesgos. A veces ganamos y somos felices.

Por supuesto hay quien cree en el destino. Hay personas que reducen a una falacia probabilística su estrategia de elección racional, que razonan para asumir ciertos riesgos irracionales y que como consecuencia de ello van coleccionando catátrofes vitales. Desastres de esos que le pueden suceder a cualquiera por muy sabia y prudente que sea la persona, claro, pero que quienes creen o quieren creer que "lo que tiene que suceder sucederá hagas lo que hagas", atraen en especial. Bien, si os fijáis esas personas, a pesar de su discurso, miran antes de cruzar la calle, para que no les atropelle un coche. Es sobre sus actos incomprensibles, sus decisiones morales injustificables o sobre hábitos no saludables que prolongan en el tiempo sobre los que tienen que encontrar apoyo en un dios, en el karma o en el destino. Cualquier objeto que supuestamente altere la matriz de pagos de las apuestas que se hacen día a día. Un santo o una virgen a la que encomendarse. Eso es el Karma al que rezan con una oración sacada de una postal colgada del facebook, un santo protector.

La montaña no es justa ni injusta ni se lleva a los mejores, la montaña tiene una serie de peligros que asumimos y que tratamos de conocer para tenerlos bajo cierto control, para minimizar los riesgos hasta cierto punto, pero siempre corremos un albur. Curiosamente en algunos juegos de azar el albur es la carta que saca la banca y que nos puede hacer perder el monte, es decir, el dinero que se apuesta. En el monte, al que subimos en un ultratrail o en un entrenamiento corriendo, el albur es un entorno que se puede volver hostil y al que hay que mantener el respeto. Respeto siempre, no miedo.

El miedo mata la mente.

Si nos ofreciesen jugar una lotería en la que cada número costase 10€, en una numeración del 000 al 999 (es decir, mil números, la mitad de los cuales están premiados con 100€, nos parecería un chollo y jugaríamos sin pensárnoslo. No asumir el riesgo de perder 10 por una probabilidad de 0.5 de obtener 100, salvo que necesitásemos el dinero para una urgencia, si nos estuviésemos muriendo de hambre por ejemplo, sería absurdo. Pero podemos imaginar otras loterías.

¿Quién jugaría a la anterior lotería si hubiese 100 números que implicasen que, no solamente no te toca nada, sino que además serás ajusticiado en un cadalso situado en la plaza del pueblo? Es una probabilidad pequeña 0.1, una entre diez, pero no justifica el posible beneficio de ganar 90€ en la mitad de las jugadas posibles. Nadie jugaría ¿Verdad? ¿Quién jugaría a la lotería de cruzar la autopista llena de coches circulando a toda velocidad porque se le ha volado un billete de 100€, el único que llevaba en la cartera, y quiere recuperar su dinero?...


Oh, ¿nos hemos imaginado dudando? ¿Dejaríamos irse volando nuestro dinero mientras lo observamos alejarse desapasionadamente? ¿Podemos imaginar las emociones de quien asumiría un riesgo vital semejante sin pensar en las consecuencias? ¿Qué densidad de tráfico, qué velocidad de los vehículos, qué condiciones de visibilidad consideraríamos adecuadas para lanzarnos detrás del dinero? En definitiva ¿En qué lotería apostaríamos nuestra vida contra 100€? ¿Cual es la matriz de pagos en la que iríamos en pos del billete verde asumiendo un mínimo, pero real, riesgo de atropello mortal?

Asumimos a diario loterías de ese tipo, al montar en un coche, donde siempre puede cruzársenos un irresponsable o un beodo circulando de forma peligrosa, al subir a un andamio quien trabaja en la construcción, al ponerse un uniforme un policía,... o al ir a una manifestación o, simplemente al encontrarnos metidos en un disturbio sin comerlo ni beberlo, al salir a hacer deporte...

Cuando subimos al monte jugamos una lotería de las muchas que hay. Unas son razonables. Apostamos poco y la mayoría de las papeletas tienen premio... pero la "matriz de pagos" puede alterarse. Estar comunicado, tener recursos y conocimientos, mapas, gps, brújula, material invernal, ropa de recambio... cada situación requerirá tomar unas medidas para que un entorno hostil como la montaña no nos depare más sorpresas de las que podemos gestionar. Una mochila con medio kilo más de peso puede cambiarlo todo. Había un dicho que decía que la manera de distinguir en la guerra a un recluta de un veterano era porque en el morral el recluta llevaba balas y el veterano llevaba comida.

En la vida hay que elegir qué loterías se juegan. Asumir los errores. Pensar, planificar, proyectarse en el futuro. La improvisación es la receta para el desastre en la montaña y fuera de ella.

Así que tened cuidado estos días del comienzo de la primavera, que las cumbres reservan sorpresas desagradables a quienes no las respetan. Pero id a la montaña, que las laderas se cubren de jaras con flores reventonas, polinizando entre ellas como excitados conejillos en celo.