miércoles, 10 de septiembre de 2014

Otra vez haciendo amigos...

"Por mucho que recorramos el mundo detrás de la belleza, nunca la encontraremos si no la llevamos con nosotros."
Walter Bonatti, alpinista.
A menudo los grupos sociales, según señalan los teóricos de la sociología, tienen una visión de ellos mismos que (creen) les diferencia claramente del resto. Cuando alguien tiene un sentimiento de pertenencia a un colectivo, le busca rasgos generales con los que identificarse, para sentir que no se es distinto de ese grupo. Inevitablemente se tiende a idealizar. Llevado al extremo eso se llama chovinismo, racismo, clasismo, machismo (no, feminismo no, hembrismo si acaso), y aunque no hay "ismos" para repartir a todos los que hubiera, hay tantos sentimientos de superioridad como adscripciones de pertenencia un grupo. Tribus urbanas, asociaciones, preferencias sexuales, ideologías políticas, religiones ni digamos (no hay nada como que Dios te hable para creerte mejor que los demás)... todo el mundo se apunta a suscribir el "ideal de pureza" de los suyos.

Es inevitable hasta cierto punto. Es como funciona nuestra mente, generalizando lo particular y particularizando lo general. Extrapolando y completando la información que no tiene con pre-juicios.

Y van los españoles y reclaman que le quiten la medalla al que ha ganado, por quitarse la camiseta, para conseguir un bronce para uno de nuestros galgos que más puede haber tenido que callar por sus llamadas telefónicas a... camellos...
Porque no le mola a nadie creer que pertenece a un colectivo con unos rasgos generales que son deplorables. Hay excepciones por supuesto, gente que habla pestes de la "cultura occidental", de su país o de su raza, pero suele ser gente, o lo hacemos en las ocasiones, en las que, precisamente, no se sienten o no nos sentimos identificados con la parte que no nos gusta de nuestra tribu. Se suele caer además en idealizar lo otro, lo desconocido, o de adquirir una pose de "relativismo cultural" en la que se justifica cualquier cosa que no sea "occidental" (por otro lado un rasgo, el del superrelativismo, casi exclusivo de los occidentales). En último término, casi siempre, Narciso Imperator Mundi,  se impone el narcisismo y no piensa nadie de si mismo que uno sea estúpido, amoral o incompetente. Siempre lo son los otros individuos, siempre queremos diferenciarnos de ellos. ¡Somos los mejores oeoeoé!. Aquí no se hace la vista gorda con el dopping, es que los franceses nos tienen envidia.

Los montañeros no escapamos a este síndrome. Nos consideramos honrados, respetuosos, limpios... nos creemos distintos y, claro, mejores. Los corredores de montaña también. No nos dopamos (como los ciclistas), nunca hacemos trampas (como los futbolistas), no tiramos basura a los caminos (son los asfalteros y recién llegados), no somos supercompetitivos (como los triatletas), no hacemos postureo con nuestro último modelito de running (como los del fitness), ni con las carreras que hemos corrido. Somos puros. Queremos que lo nuestro siga siendo puro y no no nos venga el mal desde fuera, con la moda de las carreras de montaña. Dejad nuestro chiringuito sin contaminar. No vengáis... Por otro lado, preguntarle a los racistas, ellos también saben que la impureza siempre va a venir de fuera.

Pues somos todo eso. Colectivamente somos tan guarros, tan tramposos y tan superficiales como los demás. Somos seres humanos que pertenecemos a nuestro contexto histórico y cultural. Hay tramposos y sinvergüenzas en la misma medida que en cualquier otro deporte no excesivamente profesionalizado.

En el UTMB me encontré muchos, muchos plastiquitos tirados por el suelo, sobre todo hasta Courmayeur (supongo que había pasado una batida por delante de mi a partir de de ese punto). Vergüenza ajena por dejar las sendas que pasamos sucias y rabia porque es una minoría, pero suficientemente significativa. Tampoco viene de ahora, recuerdo ya de hace muchos años el recorrido del Alpino Madrileño regado de ampollas de glucosa vacías. En la "Vieja Guardia" también hay cochinos.

Aparecíó también un bolsito en el recorrido de la TDS cargadita de pastillas, dopantes, analgésicas y de todo tipo. Un absurdo, porque, que lo haga quien come de ello, entiendo que es humano y en ocasiones no hay forma de oponerse al entrenador, al resto del equipo, a "los otros que lo hacen", pero que un popular se dañe el sistema endocrino para mejorar unos puestos en una prueba que puede acabar simplemente entrenando, es de ser muy necio.

Encontrado tirado en medio del recorrido de la TDS. ¿Se le habrá caído a una cabra?
Hay un momento en que las pruebas circunstanciales, abundantes y coherentes y no suficientemente explicadas son una prueba de cargo. Todos los jueces del mundo lo saben.

Y por supuesto, existen quienes pillan coches en carrera y hacen parciales extraordinarios. Son ellos los tontos o creen que los somos nosotros. Nadie es más partidario que yo de la presunción de inocencia, de no acusar en base a una prueba circunstancial, pero la mera acumulación de "circunstancias" y, sobre todo, la mala explicación de ellas convierten lo accidental en necesario. Si te ven coger un coche el año pasado, hacer parciales imposibles sin quebrar el principio de continuidad (descartamos la presencia de vórtices espaciotemporales, agujeros negros y plegamientos del continuo espacio tiempo taladrados por agujeros de gusano), si el año siguiente te acusan de lo mismo (esta vez te han visto, aunque el relapso se retractara después) y de nuevo no satisfaces con lógica la acusación. Si no callas la boca a todos y con pruebas las inconsistencias encontradas como no pasar por un control (¿Dices que pasaste por él y no repararon en la presencia de la primera clasificada femenina qué iba séptima absoluta? ¿En el mismo control que se olvido "fichar" nadie se dio cuenta de que pasabas? ¿Nadie recuerda haberte visto?), entonces, alguien debería sancionarte permanentemente.

Alguien le debería dar el triunfo del año pasado a quien se quedó por detrás (pero por encima) de las trampas.
"Los hombres se hacen. Las montañas están hechas ya"
Miguel Delibes, ´El camino´