miércoles, 17 de septiembre de 2014

El sentido de la vida, el universo y todo lo demás


Nos trilhos da montanha ou na vida, se nunca tentarmos nunca sabemos se chegamos à meta
Carlos Sa
El año en que se nace es el primero, al final del cual se cumple, se completa, el uno y se empieza el segundo. Al cumplir cuarenta y uno, a falta de un más preciso sistema decimal que establezca que uno tiene, por ejemplo, 41,09 años, entramos en el último kilómetro antes de cumplir un maratón de kilómetros, 42 de ellos. Es el año cuarenta y dos.

Creo que el año que viene, cuando cumpla 42,195 años celebraré mi maratón en vez de mi cumpleaños, el 22 de noviembre, para apartarme del convencionalismo astronómico de celebrar la órbita solar exactamente.

Un poco más de cuarenta y dos kilómetros es un maratón. Para unos la distancia con la que sueñan, para otros una barbaridad de kilómetros que no les atrae ni lo más mínimo. Hay quien piensa en ellos como la frontera entre su deporte, el ultrafondo (o como queráis llamarlo) y lo que hacen los maratonianos. Hay quien colecciona sus entrenamientos temáticos grupales solamente si tienen esa cantidad de kilómetros al menos. Este enero estaremos en la nueva edición de la Napoleónica que el maestro Luis "Spanjaard" Arribas nos propone desde Buitrago hasta Alcobendas con avituallamiento de torreznos y cervecita en el Molar.

Captura de pantalla de Wikiloc de la ruta Napoleónica de 2013
Según la "Guía del autoestopista galáctico", o más bien, según la supercomputadora construida en esta novela de Douglas Adams para dar respuesta a la pregunta sobre "El sentido de la vida, el universo y todo lo demás", la respuesta a tan grave y filosófica cuestión es... "42". Claro, el problema es que la pregunta no está formulada de la manera en la que la respuesta es comprensible para nosotros y para calcular la pregunta cuya respuesta es ese número es necesario un supercomputador del tamaño del planeta. No os cuento más.

"El sentido de la vida" es una de esas preguntas casi pseudofilosóficas. La cuestión, correctamente planteada, debería empezar por ¿Qué significaría que la vida tuviese un "sentido"? Aclarado eso, y solamente si lo hubiera, ¿Es un sentido a priori, igual para todo el mundo, o a posteriori, que cada cual construye distinto? Si lo tiene a priori ¿Cuál es? Si, en principio, no lo tiene, ¿Se le puede dotar de un significado extrínseco a la existencia humana?

Con lo fácil que sería que la respuesta fuese cuarenta y dos... kilómetros.

A ver, por cierto, cómo me las apaño para correr uno, un maratón, dentro de ocho semanas. El Alpino Jarapalos me pilla después del parón y lento reinicio que tengo que hacer para recuperarme de los excesos de los Alpes. Iremos despacito y sin prisas.

Yo soy de la opinión de que la existencia humana es el resultado (maravilloso) de la más pura casualidad, del resultado de la aparición de propiedades emergentes en la materia. Primero la vida, después la inteligencia, finalmente el lenguaje y el pensamiento abstracto. No creo en un Planificador, no creo que haya objetivos en todo esto, por tanto, no creo que haya un sentido o significado que buscar, a priori, en el ser humano.

Pero, igual que los seres humanos cuando en el arte dotan de sentido lo casual y lo van dirigiendo, a medida que surge, en una dirección. Igual que el cincel que golpea el mármol o el lápiz que garrapatea la partitura dando forma poco a poco y hasta descubriendo para sorpresa del artista, el sentido, la dirección, la razón de ser de la obra artística, de mismo modo, la vida se puede ir construyendo de manera que tenga un significado más allá de arrastrarse un día tras otro detrás de una rutina carente de significado. La mano del artista que llevamos dentro puede crearle un significado y sentido a lo que vivimos cada día. Cada uno el suyo. Algo que, contemplada la vida cuando la acabemos (mañana o dentro de cincuenta años) permita encontrar a nosotros y a los demás una estructura y significado en todo lo que dejamos atrás.

Y para eso, correr por las montañas puede servir en parte. No a todo el mundo, claro.

Seguiremos pensando en ello esta órbita planetaria que empezamos.

Metáfora sobre la dualidad del alma humana