martes, 21 de abril de 2015

Trailrunning ad nauseam

“Nada ha cambiado y sin embargo todo existe de otra manera. No puedo describirlo; es como la Náusea y sin embargo es precisamente lo contrario: al fin me sucede una aventura, y cuando me interrogo veo que me sucede que yo soy yo y estoy aquí; me siento feliz como un héroe de novela.” 
J. P. Sartre, La Nausea
La nausea es una sensación que muchos corredores experimentan en algún momento durante alguna carrera. Puede tener diversos orígenes y nunca es agradable. No quiero hablar sobre si en el mundillo de lo de correr empieza a haber cosas que dan asco. Eso otro día.

Por ejemplo, cuando se trabaja a ritmos muy altos, anaeróbicos, es decir, cuando las células utilizan como combustible hidratos de carbono en presencia de poco oxígeno como hacen los corredores de cuatrocientos metros al apretar el ojete, digo, el ritmo, y se genera una alta concentración de ácido láctico pueden aparecer vómitos y nauseas. No es raro ver como un corredor velocista enfila los servicios del vestuario al acabar la competición para toser y vomitar un rato entre agónicos estertores. También puede producirse por deshidratación, o cuando por exceso de calor o por un ritmo de carrera "por encima de nuestras posibilidades" (que diría un neocon) la irrigación sanguínea que debería ir al aparato digestivo va a otras partes. Sobre este particular no se han constatado nauseas por priapismo en corredores consumidores de "vinagra", pero siempre queda la duda de si alguno ha confundido la pastilla blanca con la azul y no se ha tomado el ibuprofeno, sino el coadyuvante del ayuntamiento carnal. Dice el dicho ultrero "burro cansao, burro empalmao".

Si confundes esto con el ibuprofeno, solucionar
tu problema de inflamación tomará otra perspectiva.
Consejos: id con una buena hidratación, no comáis cosas difíciles de digerir, no toméis vasodilatadores facilitadores del coito durante la carrera (por si acaso, qué os conozco bacalaos) y tratad de conocer vuestra "velocidad de crucero" máxima. Y sobre todo, descalentad al acabar para que el hígado se deshaga de los deshechos de la combustión en déficit de oxigeno (un paseito de quince a veinte minutos, mínimo, después de un maratón).

La nausea de Sartre no es una nausea física, es una sensación que se vive en la sociedad contemporanea en la que el individuo se enfrenta a un mundo absurdo y solitario. Carente de sentido. La persona se ve inmersa, emplastada e inserta en una realidad, en un conjunto de rutinas de comportamientos rituales. La nausea de Sartre se asemeja más a los síntomas que experimenta una persona con una depresión seria y su filosofía se tiñe de pesimismo.

Tengo la sospecha de que hay que desconfiar de quien pone en duda la existencia del ser humano y especialmente el propósito vital del hombre. Desconfío de las filosofías pesimistas. Cuando alguien me trata de convencer de que todo es una mierda y nada vale la pena, me resulta difícil de creer que haya un fundamento lógico, uno que no responda, simplemente, al estado de ánimo del filósofo. El ateísmo pesimista de Sartre o Unamuno me parece una forma culpable de incredulidad. Como un niño que no quiere aceptar que los reyes magos no existen. En vez de dar al ser humano la libertad y la responsabilidad de dar un sentido a su existencia, se niega la posibilidad si no hay una figura paternal y sobrenatural que sea quien proporciona la justificación al existir humano.

Jean-Paul Sartre, pensando en el lactato deshidrogenasa y en el ciclo de Krebs,...
o en alguna cuestión filosófica existencialista. Yo qué sé. Me salté esa clase.
Hay otro momento en la historia en la que la palabra nausea se asocia a un concepto ligado a la actividad de la filosofía. Se trata de la falacia del argumentum ad nauseam. 

Se trata del ejercicio de repetir reiteradamente un argumento una vez tras otra, venga a cuento o no, aunque haya sido rebatido ya. Se trata de cansar al "adversario" apelando a alguna cuestión marginal o superflua que permita distraer el foco de atención del problema a tratar o, incluso, se convierta en el objeto de discusión aunque sea irrelevante. No es simplemente, como diría Joseph Goebbels, repetir una mentira mil veces hasta que se convierta en verdad, es más parecido a negar la posibilidad de diálogo, romper con toda posibilidad de avanzar en un debate porque, digas lo que digas, vas a obtener la misma nauseabunda consecuencia: escuchar la misma estupidez una vez tras otra.

Aplicároslo que vienen más debates electorales.
“Náuseas; de vez en cuando los objetos se ponen a existir en la mano.” 
Ibid.