jueves, 18 de junio de 2015

Exámenes finales

«La verdadera bondad humana, con toda su pureza y libertad, puede ponerse en primer plano sólo cuando su receptor no tiene poder. El verdadero examen moral de la humanidad, su examen fundamental (que yace enterrado profundamente lejos de la vista) consiste en su actitud ante esos que están a su merced: los animales. Y en este sentido la humanidad ha sufrido una derrota. Una derrota tan fundamental que todas las demás provienen de ahí».
Milan Kundera
Arco de salida del Gran Trail de Peñalara. Veintisiete de junio de dos mil quince. La semana que viene.

Miras alrededor, apoyado en una columna del pasillo, cerca de la puerta cerrada del aula a punto de abrirse. Hay una chica mordiéndose las uñas, moviendo los pies involuntariamente e inconscientemente con gestos nerviosos mientras desliza su vista rápidamente sobre unos esquemas y se aísla del mundo con unos auriculares conectados al móvil. El último repaso antes del examen. Nervios. Se trata de ocupar la mente en algo hasta el momento en que empiece la prueba. En realidad, el alivio de ocupar el tiempo apenas compensa el hecho de que cuanto más repasa, más ansiedad le genera la sensación de que no ha estudiado suficiente, de que ha olvidado todo. Ayer estuvo hasta tarde, haciendo oídos sordos a los consejos de la prudencia que recomiendan descansar los últimos días y llegar frescos al momento señalado. Cuando se fue a la cama a tomar un sueño reparador, casi a las dos de la mañana, la presión de jugárselo todo a una sola carta, la activación que produce el cansancio, la información aún semidigerida dando vueltas en su cabeza... hizo que le costara dormirse. Tiene la sensación de que el despertador ha sonado apenas ha cerrado los ojos y que su madre, siempre pendiente estos días del final del curso, la ha arrojado al mundo sin piedad, con el estómago un poco revuelto por la falta de sueño y las mariposas que en él aletean y un leve dolor de cabeza y mucho sueño que convive, perfectamente, con la adrenalina propia del examen. Tan pronto como empiece a escribir se le pasará y entrará en un estado de trance creativo que le durará hasta cinco segundos después de entregar los folios escritos a la profesora.

Todo preparado para empezar la carrera
Desde la columna que está siendo sujetada al edificio por el contrafuerte que es mi persona apoyada en ella veo también, al otro lado del pasillo, grupos de gente charlando y bromeando. Hay quien se enfrenta al ejercicio aparentemente con el estado justo de tensión. Sin embargo veo al empollón diciendo que no ha estudiado y que va a suspender. Nadie le cree y él jura sinceramente que no viene preparado al examen. Nadie sabe la angustia que le supone el tener la certeza de no poder mantener el nivel de exigencia que se marca y la poca confianza que tiene en sus resultados del pasado. También está el buscavidas que va a tratar de sacar los apuntes, sin nada que perder, cree él. Hay estudiantes que dan paseos y desarrollan pequeños rituales compulsivos personales, ritos que han ido adquiriendo durante su larga vida de estudiantes, durante toda su vida en realidad. Yo también tengo mi ritual. Observo cómo se comporta la gente antes de entrar en un examen. Me distrae y relaja. No me preocupa ahora mismo demasiado la nota que pueda sacar. Lo que he he estudiado está ahí listo, en alguna parte de mi alma, dispuesto para salir y tratar de hacerlo lo mejor posible... con lo que llevo. Mucho o poco. Minutos antes del examen ya está la suerte echada. Alea jacta!

El momento se acerca. Los nervios te hacen temblar de excitación (¿o de miedo?). La carrera que es el gran desafío anual, de esas que nunca sabes si vas a poder acabar, está a una semana vista y tus recuerdos y sensaciones de estudiante extunante te asaltan. Llega el momento de recoger los resultados del esfuerzo o de pagar por los errores cometidos. De asumir, como se debe hacer siempre antes de un examen, que tienes que hacer lo que buenamente puedas con lo que llevas.

Qué gusto da aprobar 
Pero a estas alturas, después de suspender muchas veces, de repetir cursos, de dar con buenos y malos profesores y acabar por considerarme a mi mismo el último responsable de mi educación. Después de haber sido un fracasado escolar y haber abandonado los estudios para trabajar con tan solo la educación primaria finalizada en mi currículo académico, después de haberme arrancado los complejos estudiando por el placer de hacerlo, me importa ya muy poco tener un diploma si detrás de él no hay un aprendizaje que me ha enriquecido. Como me importa poco o nada el puesto en que llegue en la clasificación o si en la bolsa del corredor me dan unos calcetines de regalo. No me importa suspender e ir a septiembre cuando he estudiado y he preparado bien una asignatura. Lo importante es lo que aprendes y el esfuerzo que has hecho. Lo que te llevas es lo que has aprendido aunque no lo certifique una nota en un listado. El resultado depende muchas veces de la suerte y, siempre, lo invertido no se pierde, queda para la próxima ocasión si es necesario.

Pero ahora, toca intentarlo, toca ir a recoger la cosecha.

"Nadie educa a nadie —nadie se educa a si mismo—, los hombres se educan entre si con la mediación del mundo.".
Paulo Freire, Pedagogia do oprimido