miércoles, 8 de julio de 2015

GTP (Guía de Temáticas Platónicas): Correr "bien"

“La agonía física, biológica, natural, de un cuerpo por hambre, sed o frío, dura poco, muy poco, pero la agonía del alma insatisfecha dura toda la vida”
Federico García Lorca
Continuamos con el "mes de Platón".

Una parte del peligro de abrir un debate sobre cualquier tema, es la mala costumbre, creo que especialmente en este nuestro país, de desviar las discusiones hacia trincheras ideológicas sin salida. Es quizá una consecuencia (indirecta) de lo que llamamos el "cainismo", algo que va más allá de las mal llamadas "dos Españas" que se supone que siempre han existido y cuyos encontronazos no han sido mejorados por más de dos décadas de telebasura en la que tratan de convencernos de cuál es la manera correcta de debatir a través de realities horrorosos plagados de freaks, supuestos debates de pseudotertulianos que berrean salvajemente sin escucharse, concursos donde la guinda es la humillación pública de los concursantes por parte de supuestos expertos en un contexto de indefensión pública de sus víctimas y programas de famosos, así, sin más profesión, cuyo mayor mérito es decir lo primero que se les viene a la mente sin ningún filtro y, normalmente, sin darle mucha forma al escaso contenido. El proceso ha ido acelerándose y radicalizándose llegando a programas dirigidos principalmente a adolescentes donde el modelo es un grupo de supuestamente atractivos petardos y petardas, analfabetos funcionales escasos de ropa e hinchados por anabolizantes y cirugía, que no saben prácticamente hablar (y menos discutir) pero enzarzados permanentemente en discusiones bizarras.

Charlábamos hace poco paseando por las casamatas, nidos de ametralladora y las ruinas de los bunkers de la Batalla de la Granja (un día de paseo, aunque no se escapó la idea de volver en otra ocasión a correr unas decenas de kilómetros por aquel escenario histórico), si en otros países hay esa necesidad de posicionarse en un extremo u otro, de hacer una reducción al absurdo de las ideas del contrario, de admitir sin crítica las ideas de "los tuyos". Y había cierto consenso en el "no" entre la gente más viajada y la representación extranjera (francesa, como no). En otros sitios no existe ese odio visceral. No sabríamos decir si existen lugares donde también padecen semejante herencia cultural (seguramente), pero, al menos, hay otros escenarios mundiales donde no se mantienen rencores y planteamientos contrailustrados y decimonónicos con tanta vehemencia, ligándolos a una supuesta identidad nacional que abarca maltrato animal, unión Iglesia-estado y revisionismo histórico favorable a los peores criminales que han pateado estas tristes tierras. No importa si se acaba de terminar una terrible guerra civil en un país africano o si tus abuelos apoyaron a los nazis durante el gobierno de Vichy. Cuando todo termina, uno de los bandos, gane o pierda, no se cree en posesión de la identidad nacional. No se discute de política en los mismos términos que de furgol.

Por el escenario de la Batalla de la Granja, discutiendo de filosofía política

Una de las teoría allí sostenidas era que quizá el gran cambio que supuso la Ilustración europea a mitad del siglo XIX, que acabó, andando el tiempo, con prácticas extendidas por todo el continente como la tortura pública de animales durante los festejos (algo menos "Español" de lo que querrían sus partidarios), acabó con la presencia de las iglesias en los gobiernos, con la Inquisición (y con los jesuitas a menudo de pasada), promovió políticas de servicios público, la educación universal y el ideal de igualdad de todos los hombres y, con el tiempo, de mujeres y hombres... todo eso llegó a nuestro país, no a través de una revolución más o menos sangrienta, iniciada por clases medias y respaldada por los pobres (la fórmula de cualquier revolución), sino por la vía de la invasión francesa de Napoleón, no menos truculenta, por lo que para una parte de la ciudadanía se asimiló que los cambios ilustrados eran impuestos "desde fuera".

Por más ilustrado que fuese el déspota José Bonaparte, por más vil malvado e incompetente que fuese la alternativa del borbón Fernando VII, Pepe Botella venía impuesto desde fuera en vez de impuesto desde dentro, como nuestra monarquía de entonces (y la de ahora, aunque nos quieran amordazar). No hay nada como mirar hacia Grecia estos días para darse cuenta que cuando un país siente que los extranjeros quieren imponerles su voluntad, se genera un rechazo profundo a ello y adhesión inmediata a quien se les oponga.

Según esta teoría, para una parte de la población las "moderneces" son peligrosas, extranjeras y antiespañolas y aunque la otra mitad del país anhela librarse de esta herencia, se le imponen constantemente tradiciones y rituales casposos. Con independencia de si un paisano nuestro se considera de izquierdas o de derechas, estadísticamente rechaza o acepta ciertos elementos que nada tienen que ver con su ideología en principio. Es curioso que después del franquismo nunca ha triunfado aquí un partido de ideología liberal (que sea liberal, no que se apropie de la palabra para hacer lo contrario) o republicano (en un sentido estricto, es decir, que esté contra la monarquía abiertamente). Una anomalía en una Europa que es mayoritariamente liberal, laica y republicana y no entiende que ello tenga que ver con ser más o menos progresista o más o menos conservador.

Todo esto porque parece que cuando se discute de cualquier cosa hay que intentar adivinar "qué es el otro", para saber "si es de los nuestros" y si es que si, darle la razón para apoyarle, y si es que no, llevarle la contraria sin escuchar lo que está diciendo. Parece que hay que plantearse los temas, no como algo a investigar, sino como algo sobre lo que hay que tener ya la respuesta y ganar la discusión a los otros.

En fin. Furgolismo mental. Lo contrario del método socrático que busca otra cosa mediante el diálogo (dia - logo: a través de la razón).

Qué es eso de correr bien. ¿Qué es el Bien? Platón tenía su propia opinión al respecto. Una opinión tan elaborada que es en buena medida el meollo de su teoría de las Ideas que las últimas entradas analizábamos. La perfecta idea de Bien no es un Eido (εἴδω) cualesquiera, como la idea perfecta de "perro", la idea de Bien es la idea suprema en su teoría de las formas, ya que participa del resto de las ideas perfectas.

Una carrera tiene como objetivo la competición (en griego ἀγών, agón, de donde procede la palabra "agonía"). Se trata de ganar, de llegar el primero, de competir y agonizar para entrar en meta antes que los demás. En eso consiste una carrera y por tanto, sin más, correr bien, es correr de manera que se consiga ganar. Correr bien es correr para vencer. Rápido, o técnico, sufriendo o muriendo al cruzar la cinta de llegada. Si es una carrera, correr bien no puede ser otra cosa.

O no.

Platón señalando hacia el cronómetro entrando en meta
Correr lo más rápido posible para llegar el primero es uno de las planteamientos plausibles sobre lo que es correr bien. La idea principal y lógica. Por imitación (qué platónico estoy) con el corredor que más rápido corre, el ganador, correr casi bien o en cierta manera bien es correr lo más rápido dentro de lo posible, más rápido quizá que aquel con el que estoy "picado", más rápido que alguien (cualquiera, aunque sea el último) o más rápido que yo mismo otro día... correr rápido es correr bien y correr lento es correr mal. Esto tiene su lógica aplastante. Se trata de una carrera.

Pero desde este punto de vista, tomado en sentido estricto, solamente una persona consigue correr bien. Quien gana es quien únicamente corre bien, y no siempre, porque puede que no haga su mejor marca siendo ese su verdadero objetivo y, él mismo (o ella misma), su único rival si no hay nadie de su nivel. Desde esta óptica limitada todo el que no gana, fracasa. Las carreras de montaña son un fracaso colectivo para cientos de personas que participan en ellas. Son un enorme sinsentido salvo para quien pisa el podio.

Pero... ¿Qué pinta allí toda la gente que sabe que no tiene ninguna posibilidad de ganar? Quizá son más del noventa y nueve por ciento de quienes se reúnen bajo el arco de salida.

Bueno, hay cierto grado de consenso en que no. En que no solamente se trata de ganar. En que "competimos contra nosotros mismos". Que correr bien puede ser obtener un resultado que se desea y que supone un reto para quien lo plantea.

¿Dónde queda correr para estar con los amigos, para visitar nuevos lugares, disfrutar de la montaña, del "tercer tiempo"?
¿Solamente en los entrenamientos?

Pero, claro, eso da lugar al problema del límite. ¿Dónde se pierde el sentido de lo que es una carrera? ¿Dónde desaparece eso que los griegos llamaban agón, ese esfuerzo por mejorar, por conseguir lo que se busca? ¿Pasear cuarenta y dos kilómetros es hacer un maratón?. En ese sentido a muchas personas que acaban un maratón les parece que abrir los tiempos demasiado, permitiendo que alguien camine la mitad del recorrido y finalizando en seis horas, no es lo mismo que correrlo desde el principio hasta el final o que correrlo casi entero y andar quizá unos pocos kilómetros cuando "el tío del mazo" asesta un golpe como el del martillo de Thor sobre la serpiente Jörmundgander, a la altura del "muro", pero habiendo intentado, por lo menos, correr los cuarenta y dos kilómetros y pico de la distancia oficial.

No entremos en las motivaciones. Cada cual hace lo que hace por sus putas razones y, por un lado, no las sabemos y por otro, no podemos judgar si las nuestras son mejores. Lo digo porque este es el punto en que la gente se lanza a degüello de quien corre "mal" y busca razones y motivos bastante insultantes especulando más que aportando hechos. Lo cierto es que me importa una puta mierda muy poco la razón porque otra persona corre y me preocupa que haya gente tan preocupada por ello. Una herencia maldita de la psicologización de la sociedad en la que todo el mundo hace diagnósticos a los demás (y nunca a si mismos).

Pero claro. Entre ser el ganador y tomarse a pitorreo e ir de paseo y tomando cañas hay matices. ¿Cuál es el límite?

Pues no tengo una respuesta para eso, pero constato que, en general, cada cual tiende a poner el límite por detrás de si mismo. Casi todo el mundo considera que su obrar se ciñe al ideal, al buen correr. Quien hace un Gran Trail de Peñalara en veintidós horas, puede que considere que está en la misma carrera (o no) y haciendo lo mismo que quien lo hace en veinticuatro o veintiséis, pero nunca piensa "si me comparo con Kilian, Luisillo o Nerea soy un gusano de la misma especie que quien no pasa los cortes y no merezco que se considere que estoy corriendo, porque esto es arrastrarse". No. En general si ponemos una referencia de lo que está bien, esta se mueve entre los primeros clasificados y los que van un poco detrás de nosotros y despreciamos a quien, en el fondo, no va mucho más allá, pero poniéndonos por encima de ellos. Consideramos que estamos en la misma carrera y haciendo lo mismo que los que ganan, aunque estén seis horas por delante y nunca, haciendo lo mismo que a quien excluimos, solamente dos horas por detrás. Es naturaleza humana. Tenemos que prevenirnos contra ello y tratar de pensar objetivamente, sin caer en, como decíamos al principio, una discusión estéril sobre "quiénes son los míos" y atrincherarnos sin opción a cambiar de opinión o aceptar los matices y las razones de los demás.

Vamos, que no sé cuál es el límite, pero veo que tampoco nadie aporta mucho desde una argumentación constructiva. Solamente vaguedades y abstracciones.

Por cierto, que esto de hacer ejercicio con los músculos y ejercitar también "el celebro" lo podemos leer por primera vez en las obras de Platón, donde la mitad de las veces Sócrates, el protagonista de los diálogos, viene del gimnasio o va hacia él, o se ausenta un rato para hacer ejercicio. Es en Platón (antes que en el Juvenal de la mens sana) donde encontramos la importancia de hacer ejercicio para poder pensar bien y hacer una cosa y otra para ser feliz.

Para Platón el cuerpo es la tumba de la mente. El lugar en que está "secuestrada" y, por tanto, es importante mantener un "alojamiento" en las mejores condiciones posibles.

El cuerpo humano es el carruaje; el yo, el hombre que lo conduce; el pensamiento son las riendas, y los sentimientos los caballos.
Platón