martes, 11 de junio de 2013

La insociable sociabilidad

Ir solo o ir acompañado, esa es la cuestión.

Por supuesto no hablamos de correr cinco kilómetros o de hacer un entrenamiento trotón, sino de esa metáfora de la vida que es la carrera de ultrarresistencia en la que te embarcas durante horas y más horas y que requiere trabajar la parte mental tanto o más que la física. Las metáforas de la vida, por cierto, son importantes, hasta los buenos terapeutas las emplean.



A menudo nos encontramos con el dilema. Ir a nuestro ritmo, concentrados en el camino, pasando etapas... Nos ponemos a andar, nos sentamos cinco minutos en una piedra a comer e hidratarnos. No tenemos prisa ni nadie que nos la meta (con perdón), podemos acelerar cuando vamos mejor y subir el ritmo cuando nos lo pide el cuerpo. Seguimos nuestros propios ritmos y eso es muy cómodo, sobre todo en carreras donde hay muchas subidas y bajadas, porque casi nadie tiene la misma técnica de carrera. La soledad permite reflexionar, "salirse de la carrera", permitir que la mente vagabundee por ahí y los kilómetros se vayan disolviendo sin que nos enteremos, metidos en nuestras fantasías y ensoñaciones. En las partes difíciles nos permite "meternos en carrera", concentrarnos en cada pisada y olvidarnos de todo menos del siguiente apoyo que tenemos que hacer. 

De vez en cuando nos encontramos a alguien y compartimos unos metros. Lo usamos de liebre, para marcarnos el ritmo, o para recibir algo de conversación. Ir solo no significa renunciar a esto. Es verdad que usamos a esas personas con las que nos cruzamos pero como ellas a nosotros. Son contactos fugaces, nada que ver con hacer carrera en grupo. Ir solo es cómodo, es una opción más, no tiene nada de malo.

Pero ir con otra persona te obliga a menudo a forzar el ritmo, a posponer una parada, a adaptarte a las manías, defectos y achaques de otra persona. Si estás acostumbrado a ir en soledad, agruparte es difícil al principio. Parece la peor opción si llevas un tiempo yendo en solitario. También ir solo parece muy difícil cuando tienes el hábito de correr al ritmo de tu grupo de entrenamiento que te acompaña siempre a todos los desafíos. Cuando te has hecho dependiente de la compañía.

Desde luego va por temperamentos. Hay gente que no aguanta estar sola en un ultra y al revés, quien no soporta la compañía. Cada opción tiene sus ventajas e inconvenientes y elijamos lo que elijamos, en definitiva, renunciamos a algo. Hay gente que va bien sola o acompañada y, seguramente la mayoría, siempre añoramos lo contrario de lo que tenemos.

Kant hablaba de la Insociable sociabilidad como la necesidad del ser humano de pertenecer a una sociedad, pero también a rechazarla, destruirla y apartarse de ella. La necesidad de socializarse, convivir, pero la resistencia someterse a los otros y a vivir bajo sus reglas.

Tenemos los dos impulsos, las dos necesidades. necesitamos compañía y soledad. Si encontramos quien sepa darnos ese espacio, adelantarse y esperarnos un poco más adelante, sabiendo que luego haremos lo mismo por esa persona. Que camine a nuestro lado cuando le necesitemos, que esté ahí en los momentos duros y, también, en las risas y la diversión que hacen que los kilómetros pasen con alegría... entonces habremos encontrado un tesoro. Es difícil. Hay momentos en que el cansancio, el deseo de disfrutar la soledad hace que no nos demos cuenta de lo que nuestra compañía necesita, que nos olvidemos de dar además de recibir. Si nos marcan un ritmo muy lento o muy rápido, hay que darse cuenta que la otra persona también tiene su ritmo y hay que respetarlo hasta cierto punto, sin olvidar eso de la asertividad tan de moda, de decir que nosotros queremos ir más rápido o más despacio. Ajustarse si es posible.



Pero hacer una ultradistancia con la compañía adecuada es una de las cosas más satisfactorias que hay. Ya hablamos de las malas compañías, de las que hay que huir como de la peste. No nos referimos a esas. 

El truco está en dar espacio a la compañía, en "dejarse caer" del grupo un poco para alcanzarlo después, en adelantarse cuando vemos que estamos forzando el ritmo y esperar unos kilómetros más adelante. En callar cuando vemos que la conversación produce irritación (todo el mundo tenemos nuestros momentos, nuestra "pedrá") o en dar palique cuando es el momento.

Y es que las personas somos muy complicadas. A veces queremos que nos den espacio, a veces que nos propongan planes, en ocasiones que nos hagan caso y otras que nos permitan hacer caso a la otra persona. A veces contar lo que llevamos dentro, a veces escuchar.

Y una de las cosas más maravillosas que hay es recordar aquellos momentos en que compartimos unos kilómetros con alguien. Cuando volvemos la vista atrás y recordamos un lugar y no podemos separarlo de esa persona en nuestro recuerdo. Cuando es un recuerdo lleno de alegría y se ha forjado una amistad en pocas o muchas horas.

Y, como siempre, me he extendido en el preámbulo, así que ya hablamos de lo de correr, como siempre, otro día.