miércoles, 9 de abril de 2014

Estiramientos cognoscitivos

"Si creéis que la violencia no es la solución, quizá no habéis empleado la suficiente violencia"
Manuwar

En los años ochenta, durante los estudios en el "cole" de la Enseñanza General Básica, nuestros "profes" y "seños", cuando tocaba la gimnasia, que no la educación física, nos enseñaron a estirar. Hacíamos una serie de rebotes forzando los músculos aún congestionados por el deporte practicado y diferenciado por sexos, por supuesto: saltar a la comba para las chicas, fútbol para los chicos, voleibol para las chicas... fútbol para los chicos... cuando no las diez vueltas al patio para todo el mundo y luego fútbol,... para los chicos, claro. Más tarde fuimos aprendiendo a estirar a la manera de que se había empleado siempre en la danza clásica, manteniendo una postura de tensión sobre un conjunto de músculos mientras se hacían profundas respiraciones para que, poco a poco, se produjese una elongación a medida que se perdía el tono en la zona.


Hay muchas cosas que creemos saber a ciencia cierta y que no ponemos en cuestión porque nos las han enseñado personas en cuya autoridad confiábamos o son "verdades" que dimos por seguras desde muy jóvenes. Casi todo el mundo tenemos asentadas unas firmes creencias, un "núcleo duro", gran parte del cual llegó hasta ese bunker blindado de verdades casi inquebrantables hace mucho tiempo. Las verdades llegaron sin pruebas y a veces sin coherencia con otras cosas que sabíamos, pero no hay contradicción ni paradoja a la que si se le concede el tiempo suficiente, no arraigue con más fuerza que cualquier otro dato cierto de la experiencia en el suelo fértil de nuestra mente. Tenemos la mente compartimentada de manera que pueden coexistir en ella informaciones mutuamente excluyentes. Se alojan a los lados de las paredes de los compartimentos que hay para que no se mezclen entre ellas dándose simultáneamente a la conciencia. Alguna de esas verdades están apoyadas por nuestro entorno hasta tal punto que, no solamente las creemos, sino que no nos atreveríamos a cuestionarnos, a "estirar" nuestra mente en el improbable caso de que fuésemos conscientes de que la creencia puede ponerse en cuestión. No se nos pasa por la cabeza que los axiomas y las reglas de inferencia que usa nuestra cabeza para sacar conclusiones puedan ser, en realidad, una patraña, porque hace tanto tiempo que están ahí que son lo que usamos como argumento interno, precisamente, para rechazar las informaciones que podrían poner en un problema esos cimientos de nuestra visión del mundo. Estirar la mente duele más que estirar los isquiotibiales después de un entrenamiento.

Abrir la mente no es aceptar todo de forma acrítica. Hay mentes tan, tan abiertas en ese sentido que están dispuestas a comprar cualquier cosa que les vendan en un herbolario como "naturales", o en un supermecado cualquiera si está en un paquete verde con la marca "eco" estampada en el envoltorio, que aceptan, sin preguntarse por el significado completo de ambos conceptos, que lo "químico" es malo, que lo "natural" es bueno. Actitud que se compatibiliza con una completa desconfiaza y escepticismo hacia todo lo que realmente forma el corpus de la ciencia, de lo que pueda ser un principio fundamental del actual acerbo común y saber de la humanidad o es fruto de una investigación científica bien hecha. Una actitud compatible, el escepticismo hacia la ciencia, la tecnofobia y el hipernaturalismo, con una ciega confianza en cualquier "estudio" que concluya algo molón, financie quien lo financie, sin mirar mucho la validez de los métodos empleados. En fin... que vuelvo a pedir a quien corresponda la asignatura de Epistemología como obligatoria desde preescolar.

Hacer "estiramientos cognoscitivos", abrir la mente, no es, como en aquellos que hacíamos en el colegio, forzar repetidamente un gesto, repetir siempre el mismo obcecado movimiento, el mismo error. Es necesario un acto consciente, deliberado, en el que nos ponemos en tensión, en una posición quizá incómoda pero no dolorosa, en el que vamos dejando que, una profunda respiración tras otra, vaya teniendo un efecto miorelajante de la misma manera que un buen hábito se convierte en una virtud interiorizada.

Pensar es un ejercicio cansado, genera una gran tensión y hasta produce sufrimiento. Dejar llevar la mente por el camino de la "ocurrencia" es dejar el alma vagar por los viejos senderos conocidos. Divertido, fácil, pero no genera avance en el "intelectual trainning". Un estiramiento cognoscitivo, una "ampliación de miras" exige cuestionarse las propias creencia y construir modelos que interpretan la realidad sin ellas, con otras distintas hasta encontrar coherencia entre todo lo que se sabe y, cuando es necesario, abandonar una de esas cosas que se tienen por seguras para sustituirla por lo que, honradamente, tenemos que admitir. Los filósofos griegos hablaban de la diferencia entre dos formas de pensar con la metáfora del barco que avanza con las velas hinchadas por el viento pero que, para llegar a puerto, tiene que arriarlas y, con dificultad, pesadamente, usar los remos y el timón para dirigirlo en la dirección en la que se quiere avanzar.

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