lunes, 21 de julio de 2014

Cuestas, juegos y trampas

"[...]aquellos días de la agonía del espíritu, aquellos días terribles del vacío interior y de la desesperanza, en los cuales, en medio de la tierra destruida y esquilmada por las sociedades anónimas, nos salen al paso, con sus muecas como un vomitivo, la humanidad y la llamada cultura con su fementido brillo de feria, ordinario y de hojalata, concentrado todo y llevado al colmo de lo insoportable dentro del propio yo enfermo; el que haya gustado aquellos días infernales, ése ha de estar muy contento con estos días normales y mediocres como el de hoy;"
El lobo estepario, Hermann Hesse
Hay momentos en la vida de un humano en la que los acontecimientos y las emociones que se generan, en la que el día el día a día, se parece a los niveles hormonales de una persona ciclotímica, un perfil de acontecimientos y de pasiones como el de una prueba alpina de esas con forma de dientes afilados de bestia carnívora, de subida y de bajada constante, como las almenas de una muralla árabe con sus características y puntiagudas pirámides que amenazaban a quien quisiese pasar sobre ellas. Un perfil así:

Perfil del Ultra Trail del Mont Blanc. 10 subidas, 10 bajadas y se acabó.
En otros momentos de la existencia se transita por valles redondeados, por una orografía suavizada por los eones como unas viejas cordilleras desgastadas cuyos cerros se suben y se bajan sin ningún desnivel abrupto, sin ningún pico ni cresta que obligue a poner las manos sobre la roca y avanzar con las cuatro extremidades y echando de menos una quinta o, en caso de haberla (según cómo y qué contemos como "extremidad"), que ésta tenga una capacidad prensil.

 Fotografías cortesía de Shinichi Sasaki

Pero lo que nunca hay en la vida es una llanura, una estepa, una tábula rasa. Somos seres en equilibrio dinámico y ello implica que siempre estamos subiendo o bajando. Con un suave vaivén, cuando la vida nos acuna con delicadeza y cariño, o, sin piedad, cuando nos sacude violentamente en forma de salvaje huracán como los de la atmósfera de Júpiter, a cuatrocientos kilómetros por hora, capaz de arrancarnos la carne de los huesos. Pero inmóviles, estáticos, nunca estamos. Va en contra de nuestra naturaleza. Eso no quiere decir que todo el mundo avance, claro. Hay quién, cuesta arriba, cuesta abajo, va trazando un surco por donde pasa dando vueltas siguiendo el mismo camino infinitamente y, a cada vuelta, profundiza el surco y tiene más difícil escapar de él. Otras, subiendo y bajando, avanzan en una dirección. Algunas personas incluso deciden qué dirección desean tomar y tratan de no perderse por el monte.

El placer de ir cuesta abajo. Indescriptible.
No es lo mismo perderse que desorientarse. A veces pierdes el camino, pero sabes dónde estás y dónde quieres ir. Otras avanzas, a lo mejor vas bien, a lo mejor no, no lo sabes, pero el problema es que no te puedes ubicar en el mapa ni a ti ni a tu destino. Perderse es normal, desorientarse es peligroso por lo que hablábamos. Se puede empezar a caminar en círculos y acabar avanzando agotadoramente siempre por los mismos senderos, "viviendo el presente", la supuesta maravilla del pensamiento místico facebookil. El refugio para la persona aterrada por el cambio. Seguir moviéndose para permanecer en el mismo sitio. Para no perderse por el monte, para orientarnos en el campo podemos llevar un buen mapa o un gps. Para no avanzar en círculos viciosos en la vida hay que construir un puzzle, encontrar y encajar las piezas, o quizá una visión más wittgensteiniana, crear una red, un tejido de enlaces sobre el que caminar.

Para Wittgenstein la comunicación se basa en un conglomerado de juegos, de juegos lingüísticos, cada uno de ellos con sus propias reglas. Hay que entender juego en un sentido no necesariamente lúdico, sino como un conjunto de reglas que se comparten en una comunidad de hablantes. La clave es esa, que no existen ni pueden existir los lenguajes privados. El lenguaje es una red de conceptos interdefinidos, intersignificados, una red sobre la que se camina, sobre la que se desarrollan juegos con reglas explícitas e implícitas.

Un deporte, por otro lado es un conjunto de reglas que se comparten con una comunidad. Es algo parecido a un lenguaje. Quizá incluso cada deporte, teniendo en cuenta las reglas explícitas e implícitas de cada uno, sea un lenguaje en el sentido en el que Wittgenstein se refiere a ellos en ocasiones.

La vida y el lenguaje no están formados por juegos de reglas explícitas, hay que tratar de entenderlas, organizarlarlas y clasificarlas según "cierto parecido de familia".
Saltarse la reglas, hacer trampas, en la vida y en el deporte, que es lo mismo, es engañarse, sobre todo, a uno mismo. Montarse en un coche para subir una cuesta y avanzar un puesto frente a otro corredor que sabes que lo merece más es miserable, injusto, estúpido, asqueroso, es saltarse las reglas del juego, es perderse en un lenguaje privado y, más aún, en un deporte como el nuestro que ni tan siquiera va a reportar un beneficio millonario el acto de hacer trampas.

El camino para perderse a uno mismo, para hacerse un ser mezquino y miserable empieza por creer que las reglas que se aplican a uno mismo son distintas que las reglas que sirven para los demás. El engaño y la manipulación son el mal. Sea tomando pócimas mágicas o "corriendo" un ultratrail en coche.

Esto es así aquí y en Andorra.
“A los verdaderos hombres no les pertenece nada. El tiempo y el dinero pertenece a los mediocres y superficiales.”Hermann Hesse