jueves, 9 de octubre de 2014

Psicología de comer y correr . Somos lo que comemos (III)

Al final se me va de las manos. Quería hablar de la psicología, la sociología y la filosofía de la relación entre comer y correr y, en ello, aludir a la paledieta, si es necesario para acabar a Palehostias con mi querido amigo Victor, ya que él y yo sabemos que es esta la manera de resolver la divergencia entre puntos de vista que era más empleada entre nuestros antepasados del periodo Paleolítico, que es a lo que estamos adaptados genéticamente y que dos no discuten si uno tiene un bate de beisbol. Ya en serio y porque compartimos seguramente un 99% de las opiniones y porque es una persona con la que se puede discutir de cualquier cosa, además de ir a correr por el campo y a tomar unas cañas y un revuelto de morcilla en cualquier momento, voy a dar mi opinión sobre el tema, pero en otra entrada, que esta se me estaba alargando mucho (con perdón).

Me limitaré a la...

...psicología de lo del comer para corredores:

Ya lo habíamos comentado, la sensación de hambre es una sensación poderosa. Más de lo que creemos.


Si nos fijamos en como se comporta un animal hambriento (o que tiene que alimentar a su prole), veremos que llega a arriesgar su vida para conseguir comida, que se enfrenta a animales mucho más grandes y presumiblemente fieros para alimentarse impulsado por la necesidad acuciante de conseguir nutrientes.

Si repasamos algunos de los momentos más tristes de la historia de los animales humanos, durante hambrunas, durante las guerras y en las ciudades sitiadas, durante los desastres naturales (o artificiales) contemplaremos a las personas actuando peor que los animales bestias, es decir, todos menos los humanos, asesinando a los de su propia especie, practicando el canibalismo y arrastrándose hasta la más miserable abyección impulsados por la poderosa sensación del hambre. Por hambre se mata, se marcha uno a vivir a otro país dejándolo todo atrás, se abandona a la familia y a los hijos y se comenten los crímenes más atroces. La sensación de hambre tira de los mecanismos psicológicos más primarios y de los "instintos" que generan más ansiedad. Acordaos de ello la próxima vez que veáis a alguien saltándose la dieta o de mal humor porque no ha comido.

Además la sensación de ansiedad que genera el hambre no se aplaca comiendo simplemente la cantidad de comida que se necesita. Cuando la sensación de hambre ataca, comemos compulsivamente. Si no ejercemos control consciente sobre ello (y a veces, ni aún así), consumimos más alimentos de los que necesitamos en ese momento para asegurarnos que, en el futuro, vamos a tener una reserva alimenticia. Nuestro organismo está muy bien preparado para almacenar reservas. Es una estrategia adaptativa a un entorno más hostil en el que nuestros antepasados vivían y donde acumular grasas podía suponer el sobrevivir y reproducirse al final de un largo invierno.

Para mayor desastre cuando enseñamos al cuerpo a calmar la sensación de hambre comiendo compulsivamente, acabamos por emplear ese mecanismo para calmar cualquier otra ansiedad, por ejemplo, la que causa la dependencia de la nicotina cuando dejamos el tabaco, cuando en el trabajo nos sentimos rodeados de los que podríamos llamar "hij@s de la gran puta" (más que nada por ponerle un nombre a un concepto que todo el mundo entiende), o también la ansiedad que hay entorno a una ruptura sentimental o, paradógicamente, la que nos produce vernos "gordos" en el espejo. Es por eso que comer, que comer más de lo que se necesita, es un problema en las sociedades occidentales. Comer mucho o comer mal... o ambas cosas. Además la pulsión de comer no distigue si estamos aportando al organismo suficiente hierro, yodo o vitamina A. Solo funciona como motor la cadena ansiedad-compulsión-saciedad-culpabilidad. Comer mucho y comer mal suele estar directamente relacionado.


La persona que corre tiene que transportar sobre sus tobillos y rodillas el peso de su cuerpo (qué obviedad), y ese peso puede variar. Si engordas cinco kilos, es como llevar una pesada mochila, si pierdes dos sientes que vuelas y ganas en velocidad y buenas sensaciones. El peso de más es algo que la gente que corre quiere evitar porque te hace lento, porque disfrutas menos y porque tienes mayor propensión a las lesiones. El peso siempre está en la mente de la gente que corre. Quiere incluso tener un aspecto de deportista eficiente y que le siente bien la ropa que, casi siempre, está diseñada para "flaquitos", un factor nada desdeñable en la psique del corredor popular directamente vinculado con su consumo de calorías.

Ay, pobre de quien piense que corriendo y, más específicamente corriendo por montaña, se puede comer sin preocuparse por pillar peso. Esto es como la cartilla del banco. Crece o disminuye según si entra más de lo que sale y al revés. Si entrenas mucho, tendrás más hambre. Si comes más de lo que necesitas serás una persona corredora con sobrepeso. Desde luego estarás mejor que si no te mueves. Los músculos grandes y el peso consumen más energía al hacer ejercicio que las cuerpas de los "tirillas", así que si se hace suficiente ejercicio aeróbico se acaba alcanzando una solución de equilibrio, pero las articulaciones sufren y las fibras de los músculos y los tendones pueden lesionarse con mayor facilidad. Una ventaja es que se puede correr o hacer montañismo más horas, a un nivel de consumo más bajo, que practicando otros deportes. Diez horas de trail running y caminata a buen ritmo a 400-500 Kcal. /hora gasta muchísimo más que un ejercicio más explosivo y anaeróbico como el baloncesto o el atletismo en pista durante una hora.

Para quienes no corren, les puede ser ilustrativo para comprender la importancia psicológica de la alimentación y sus complejas dimensiones el observar a una familia media a la hora de comer. Entorno a la mesa se establecen relaciones entre padres e hijos. Se crean conflictos o afloran los subyacentes de manera palpable. La primera relación que se crea entre madre e hijo es, en la mayoría de los casos, la lactancia, desde el mismo momento del nacimiento. Comiendo o, más frecuentemente, no comiendo, se crean relaciones de poder bidireccionales entre quien intenta alimentar como cree que es adecuado y quien  es guiado simplemente por el "gusto" y el deseo inmediato. Los sabores y aromas del alimento son lo que nos relaciona directamente con la comida, son lo que, cuando se hacen objeto de conciencia, nos hace preferir un alimento sobre otro sin más criterio que "la gana". Es lo que nos hace creer que lo que nos gusta es bueno y lo que nos disgusta es malo, aunque el sentido común diga lo contrario. En la mesa y en el día a día de millones de familias anónimas se escuchan más discusiones y gritos que en ningún otro momento y lugar.

Ale, a freír espárragos tormundo
TO BE CONTINUED...