martes, 27 de enero de 2015

Cielo e Infierno

Fácil es la bajada al Averno: de noche y de día está abierta la puerta del negro Dite; pero dar marcha atrás y escapar a las auras del cielo, ésa es la empresa, ésa la fatiga. Unos pocos a los que amó el justo Júpiter o su ardiente valor los sacó al éter, lo lograron los hijos de los dioses.

Publio Virgilio Marón 
La Eneida, VI, 130
Facilis descensus Auerno: noctes atque dies patet atri ianua Ditis; sed reuocare gradum superasque euadere ad auras, hoc opus, hic labor est. Pauci, quos aequus amauit Iuppiter aut ardens euexit ad aethera uirtus, dis geniti potuere.

Disfrutaba el pasado fin de semana de la versión de Rafael Álvarez "El Brujo" de la obra El asno de oro (Asinus aureus) de Apuleyo. Una metáfora del proceso de degradación, caída y descenso a los infiernos que sirve al protagonista de la obra para, al salir de su condición de asno, renacer, ser regenerado y purificado. En eso consiste la katarsis, en un proceso terrible, doloroso, transformador que, al ser atravesado como se atraviesa una cortina de llamas, quema y destruye buena parte de lo que había, limpia con el fuego purificador del dolor, con las llamas de la tristeza, una parte del pasado y las lágrimas consiguen enjugar y quitar la roña al alma como lenguas de fuego esterilizantes. Sabiéndose por fin un pollino, tomando conciencia de que esa "asnez" es una encarnación de la condición humana, se vuelve a renacer para ser menos burro.

Solamente bajando al Averno se puede trascender la vida anterior y las "burradas" hechas, sobre todo a uno mismo, de pensamiento, palabra y obra, por acción u omisión. Como dice Virgilio en la Eneida, salir de las profundidades infernales es algo reservado a unos pocos "quos aequus amauit Iuppiter" (que han tenido "potra") o bien que han descubierto y usado su propio valor para salir de la oscura sima, ese que no sabían que tenían, y tras visitar las estancias que habitan Plutón y Caronte, volver, no simplemente a andar de nuevo entre los mortales, sino renacidos incluso subir haciendo trail running desde el corazón del Infierno hasta las estancias de los dioses en el Monte Olimpo, al ritmo que iría Kilian Jornet en un kilómetro vertical, para ver las cosas con la perspectiva que da volar alto, subir a ver como es el mundo desde arriba, como se ve desde nuestras queridas montañas, donde se contempla a lo lejos a la gente muy pequeñíta, insignificante, como somos en definitiva.

Al fondo, en el horizonte, dentro de diminutas casa, diminutos humanos haciendo cosas diminutas.
Hay otra forma de purificación. Quien haya leído "El nombre de la rosa" de Umberto Eco, recordará que hay un libro perdido alrededor de la cual gira el argumento de toda la novela, por lo menos así lo creí la primera vez que lo leí sin conocimientos aún de filosofía y de historia medieval. Este libro de Aristóteles hablaría de como la risa es un elemento de purificación. Como a través de la alegría se puede limpiar el alma con una katarsis similar a la que produce la tragedia.

La risa, la alegría, el compartir el tiempo junto a quien lo enriquece tiene también ese efecto purificador. No son necesariamente procesos separados. Igual que en un ultratrail se puede sufrir y agonizar en algún momento, la alegría al llegar, el placer de las risas compartidas cuando en la meta te reúnes para celebrar la conquista, son dos elementos que purifican, que sirven de κάθαρσις y de cambio.

En la novela de Eco los monjes han escondido el libro que versa sobre la risa para que el populacho siguiese temiendo a su dios y el orden establecido administrado por su Iglesia. El gesto siempre airado de Jorge de Burgos, el antipático anciano benedictino, no es muy distinto de los fanáticos provida de hoy en día o de los asquerosos asesinos de humoristas gráficos. Lo que más odian es la alegría, la inteligencia y la risa. La risa como orgasmo de la inteligencia, como carcajada, que no tiene nada que ver con el enseñar de dientes con que muestran su desprecio y su soberbia hacia quienes consideran menos que ellas las ratas de dos patas.
En este rostro devastado por el odio hacia la filosofía he visto por primera vez el retrato del Anticristo
Humberto Eco.
El nombre de la rosa