lunes, 7 de marzo de 2016

Hombres de acero (Steel men)


"Flectere si nequeo superos, Acheronta movebo."
(Si no puedo persuadir a los dioses del cielo, moveré a los de los infiernos)
Virgilio. Eneida, VII, 312.
Poco sabemos, si somos sinceros, sobre nuestros antepasados antes de que se inventase la escritura, en ese periodo de tiempo sin historia que llamamos Prehistoria y que va desde nuestros remotos parientes no humanos, en un borroso inicio imposible de establecer si es verdad que natura non facit saltum (1), hasta que a algunos de nuestros ancestros les dio por arañar muescas en piedra o barro para codificar las palabras que empleaban para comunicarse y que quedasen fijadas de maneras que después pudiesen volver a ser leídas a partir de ese código. Es decir, hasta que aparece la escritura y se inaugura la Historia Antigua. La Prehistoria abarca tanto tiempo y tan distinto, en tantos lugares y de manera asincrónica, que cualquier imagen que tengamos de ella como una unidad debe ser borrada, desaprendida de nuestro entendimiento si queremos imaginar como pudo ser cada una de sus muchísimas etapas.

El registro fósil, por ejemplo, nos dice que casi todos los Homo neanderthalensis que hemos encontrado llevaron existencias duras. Vemos costillas rotas, fracturas soldadas, heridas cicatrizadas y articulaciones desgastadas por el uso. Mucho más no podemos decir. Podemos imaginar, eso si, pero sabiendo que estamos empleando la imaginación, no la ciencia, para establecer plausibilidades. No caigamos en el error de trasladar después nuestras elucubraciones a una filosofía paleo, por muy atractiva que sea.

Imaginamos que la presión ambiental era tremenda, por lo menos en algunos periodos de tiempo. Escasez de alimentos, tecnología muy limitada, enfermedades, inviernos largos, manadas de predadores hambrientos, escaramuzas militares con otros grupos de saqueadores que luchaban por los mismos recursos para su supervivencia,... imaginamos que solamente era viable la existencia llegando al máximo desarrollo de las posibilidades físicas del cuerpo humano. Vivir debía ser estar en un centro de alto rendimiento cada día. Bueno, pero con muchos días sin comedor, o con un puñado de cucarachas, liquen o algo de carroña para hacer que las tripas dejasen de rugir. Lo de cazar mamuts y comérselos como en las fiestas de la aldea gala de Asterix queda guay en el cine, pero no debía ser el día a día.

Partida de caza en busca de diplodocus y otros dinosaurios en el imaginario colectivo.
Raquel Welch en 1966 protagonizaba "Hace un millón de años"
La fuerza era (en muchas de estas distintas épocas) un valor absoluto. Ser fuerte en muchos de estos periodos ahistóricos, más fuerte que el resto, debía ser como tener dos carreras, cuatro idiomas, un MBA en el MIT y papis ricos. O directamente como la Fuerza en el universo de Star Wars.

Ser listo también debía ser útil, imagino. Salvo que te reventase la cabeza con una piedra el fuerte. Aunque de todas maneras siempre ha habido quien, no pudiendo ser una u otra cosa se ha conformado con llegar a "listillo". Es decir, aprovecharse de la fuerza y la inteligencia ajena y de la buena voluntad de muchos para vivir mejor. Sin duda tan pronto como alguno pudo se apoderó de la fuerza de trabajo del vecino o trató de elaborar algún fraude que le permitiese existir sin tantos esfuerzos. Debió ser así a no ser que la naturaleza humana haya cambiado radicalmente y hagamos bueno el mito del noble sauvage de Rousseau (y de algunos idealizadores de "lo Natural" contemporaneos, sea lo que pueda ser eso, dicho sea de paso).

Algunos hechos históricos nos hacen pensar que en tiempos más recientes también había hombres de acero, como el elitista cuerpo de hemeródromos, encargados de hacer de mensajeros en las guerras griegas, compuesto de los más duros campeones de las "carreras de hoplitas" donde los soldados competían en carreras de larga distancia cargados con toda la equipación militar (casco, coraza, escudo, lanza y espada). Hombres de acero en la edad de bronce. La leyenda de Filípides en Maratón seguramente se basa en una hazaña aún mayor en la que un hemeródromo recorrió unos 220 kilómetros por terreno escabroso en dos días. Algo que hoy se homenajea en una de las carreras más peculiares del mundo, el Spartathlon, donde el extraordinario Yanis Kouros en el siglo XX llegó a correr sus 245 kilómetros en veinte horas y veinticinco minutos. Porque, hoy en día, también hay hombres de acero.

Un inciso. Si hubo en esos tiempos mujeres de acero las estructuras sociales patriarcales han eliminado todo rastro de su memoria. No me cabe duda de que el potencial, entonces como ahora, estaba presente y que las leyendas como la de las amazonas se referían a sociedades donde la mujer tenía un papel muy diferente, pero nada podemos decir de lo que no sabemos porque ha sido borrado. Como con la prehistoria, el peligro de pasar de lo verosímil a lo dogmático esta presente.

Aquí unos payos griegos en gesto inconfundible
Tenemos documentados hombres de acero contemporáneos. Personas que han sometido a escrutinio público sus hazañas probadas de forma fehaciente. Por supuesto también hay casos de engaño, gente que pretende hacer negocio simplemente afirmando que ha hecho lo que no demuestra, pero no merece la pena perder el tiempo demostrando que no han hecho lo que dicen que han hecho. Quien quiera probar que ha hecho algo, que presente pruebas, y si no, que se lo cuente a sus amigos y asuma para el resto el escepticismo, la sospecha de un fraude, que se trata de un simple teatrillo para obtener dinero. Mucho más interesante es centrarse en las verdaderas hazañas, en aquellas personas que han llegado hasta el límite de lo humano.

El cuerpo humano es increíble. En caso de necesidad, o con la preparación física suficiente, es capaz de hacer cosas que desde nuestra vida sedentaria nos parecen imposibles. Eso no quiere decir que todo sea posible, claro. No se puede correr 100 metros en dos segundos, ni 80 kilómetros diarios durante un mes con una mochila de 50 Kg. a la espalda, por ejemplo, ni volar agitando los brazos. No confundamos lo increíble con lo imposible. Nuestra incredulidad no afecta a la posibilidad de que se pueda subir y bajar del Monte Cervino en menos de dos horas, ir de Atenas a Esparta corriendo en menos de un día o nadar más de 500 kilómetros seguidos sin parar. Todo eso se ha hecho y está documentado. Es posible aunque en los límites de lo humanamente posible.

Les presento a Martin Streel. Recordman absoluto de larga distancia
a nado. Aunque parezca que sus proezas las realiza sentado a una mesa bien surtida
en 2001, con 55 años, recorrió más de 500 Km. sin parar por el río Danubio.

La ventana metabólica debió tener el tamaño de un pequeño agujero negro.
Desde aquí nuestra rendida admiración. Postrámonos de hinojos.

(1) "La naturaleza no da saltos"