miércoles, 8 de junio de 2016

La vida es una tómbola

Vitam regit fortuna, non sapientia 1
Cicerón
Gladiator in arena consilium capit 2
Séneca
¿Jugaría usted en una lotería donde el premio máximo es ganar 50 € pero, si no le toca, tiene una pequeña pero cierta posibilidad de que su papeleta implique la muerte, que un funcionario de Loterías del Estado se desplace a su domicilio y le descerraje un tiro a quemarropa?

No responda todavía a esta pregunta.

A ver que sale en la próxima tirada: 50 € o muerte prematura
La vida es, decía Ortega, un conjunto de colisiones con el futuro. Constantemente vivimos tratando de anticipar los acontecimientos, trazando planes, realizando apuestas. Porque una cosa es segura. El futuro es incognoscible (tenía un catoliquísimo profesor de teodicea que afirmaba que incluso para la mente del Dios Creador del Universo, el futuro era un misterio imposible de conocer), al menos seguro para los seres humanos y, desde mis supuestos ontológicos y ateos, imposible per se, ya que lo que aún no ha ocurrido, aún no está determinado y puede ser alterado y decidido por actos de libertad y/o incertidumbre cuántica.

Pero como desconocemos el resultado que tendrá cada una de nuestras decisiones, estas funcionan como una máquina tragaperras mental en la que vamos metiendo monedas a la espera de que nos salga "la especial" en algún momento. Quizá de una forma menos azarosa, claro, con cierto nivel de control sobre lo que hacemos dependiendo el resultado que busquemos. O al menos eso creemos o así funcionamos para no volvernos locos.

La alegoría medieval de la rueda de la fortuna que ha pervivido hasta nuestros días a través de las cartas del tarot, primero, y de los concursos de la televisión hasta hoy. La rueda del carro de la diosa Fortuna gira y nos eleva o nos hace caer. Unas veces estamos arriba y otras ocasiones nos sitúa abajo.
A veces se encuentran alusiones a esta alegoría en el rosetón de las catedrales. Fíjense bien la próxima vez que vean una.
Me preguntaba recientemente mi querido amigo Enrique García Herrera, al que está dedicada esta entrada, si había alguna teoría filosófica que dijese que la vida es una tómbola.

La respuesta es que siempre hay una teoría filosófica. En 2.800 años ha dado tiempo a pensar muchas posibilidades. Se nos han ocurrido todas las teorías posibles y algunas imposibilidades también. Decían algunos con sorna que no hay tontería que no haya sido escrito alguna vez por algún filósofo, y añadían los adversarios intelectuales de uno en concreto que el bueno de Bertrand Russell, además, las había sostenido todas ellas en algún momento de su carrera.

Que la vida sea un juego de azar, que no sepamos cuál va a ser la consecuencia de un acto nuestro, es lo que lleva a Kant a desterrar la ética teleológica, la de las buenas intenciones y quedarse con la deontológica, la que se basa en hacer siempre lo que se debe desatendiendo las posibles consecuencias. El fin no justificará jamás los medios, porque los medios los controlas, pero los fines son el resultado posible de la apuesta que son tus actos.

Y por supuesto, casi toda la ética anglosajona utilitarista contemporánea bebe de los principios de microeconomía que guían los juegos de azar. Todo es reducido a una matriz de pagos, donde una elección racional tiene unos posibles resultados en los que evaluamos pros y contras. Por ejemplo. Si vemos un billete de 50 € tirado a nuestros pies, nos agachamos y lo recogemos. Si lo vemos en el interior de una jaula de tigres hambrientos, seguramente no intentamos entrar en ella. Claro, que entre una situación y otra, respondiendo al dilema que se os planteaba al principio, si la vemos en una calzada yendo nosotros por la acera y pasan pocos coches... apostamos a que, mirando para que no nos atropellen, podemos cruzar entre los vehículos y recoger el inesperado regalo... incluso puede que la avaricia nos haga asumir un pequeño riesgo ¿cuánto?


Pues si se tratase de una lotería, tal cual, no jugaríamos a ello. No querríamos apostar por una cantidad tan pequeña a sufrir un atropellamiento y el (pequeño quizá) riesgo de un traumatismo mortal. Pero en el mundo real si asumimos riesgos, en el calor de la toma de decisiones que es la vida, y es fácil imaginarse a mucha gente jugándose un accidente de tráfico por 50 €. Quizá por 20 a finales de mes.

En la vida no sabemos las consecuencias nunca de nuestros actos. Cada vez que bajamos una cuesta en una carrera de montaña y apoyamos todo el peso de nuestro cuerpo en una piedra estamos apostando a que no se va a mover o a que, si lo hace, nuestros reflejos serán suficientes para saltar a tiempo en otra dirección. Evaluamos la probabilidad de caernos cuando vemos una bajada, evaluamos el daño que nos haríamos si nos caemos. Igual tenemos la casi seguridad de que en algún momento nos caeremos pero que no nos haremos mucho daño y apostamos por ello, pensando que caeremos y nos levantaremos cuando ocurra. Quizá tenemos la idea de que si nos caemos nos desgraciaremos severamente, pero tenemos bastante confianza en que no ocurrirá, y nos lanzamos por una zona ciertamente peligrosa en caso de caída, pero relativamente sencilla a la hora de mantener la verticalidad.

Apostamos.

Y no hay otra alternativa. Realizar apuestas prudentes e inteligentes, pero seguir el juego, porque no se puede no vivir, no estar sometidos a esta naturaleza humana de ir anticipando el futuro en base a lo que conocemos del pasado, a que el presente sea un efímero punto geométrico sin extensión, casi sin existencia desde el que saltamos constantemente al futuro tratando de no pisar un terreno demasiado resbaladizo que nos lesione.

Damas y caballeros, hagan sus apuestas.

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(1) La vida la gobierna la suerte, no la sabiduría
(2) El gladiador traza sus planes ya sobre la arena