lunes, 1 de julio de 2013

Barriendo de Navacerrada a la Morcuera


El Gran Trail de Peñalara (GTP) es una de las pruebas más duras de montaña que se disputan en la Península... es decir, es una de la pruebas más duras del mundo, porque aquí somos bastante brutitos en esto del trail running. Si, las hay peores, sobre todo cada vez hay más, pero acabar un GTP es un desafío para cualquiera.

Cuando hablo de "dureza", me refiero a la dificultad deportiva. No requiere más "carácter", ni tiene ningún merito más allá el completar la prueba que lo que supone un entrenamiento adecuado y tiempo para hacerlo, ni más sacrificio que el que esta actividad te guste y te apasione... es decir, ningún mérito. Otra cosa es que nos obligasen a correrlo a la fuerza o lo hiciésemos para salvar la vida a alguien. Nadie nos obliga. Todo el mundo pasamos a veces por "pruebas duras" y es ahí donde demostramos de qué pasta moral estamos hechos. En estas otras cosas cosas, yo opino que no.


Pero como hemos comentado otras veces, la carrera es una metáfora de la vida que muchas veces ejecutamos y hacemos plasmando en ello nuestro carácter. la gente tiende a correr como vive y a vivir como corre.

El GTP consiste en recorrer un gran circuito de 110 kilómetros y más de 5.000 metros de desnivel positivo acumulado por la Sierra de Guadarrama y algunos de sus puntos más emblemáticos (La Barranca, Maliciosa, la Pedriza, La Morcuera, El Reventón, Claveles, Peñalara, Fuenfría, Camino Schmidt, Puerto de Navacerrada...) un verdadero rompepiernas, muy “técnico”, es decir, que requiere de haber entrenado y desarrollado “técnica de bajada” de trail running.


En 2010 traté de completar la carrera y me retiré en el kilómetro 90 (Casa de la Pesca), con los pies y el ego en muy mal estado. Andando el tiempo me he dado cuenta de que me faltaba aprendizaje y que, de todas maneras, no estaba nada mal la hazaña. Tampoco me arrepiento, porque la carrera en si misma fue una preparación para poder completar en 2011 el GTP y entrar en meta después de 28 horas y 40 minutos, cansado y feliz.

A veces cuesta darse cuenta de que no lo habías hecho tan mal.




En ambas ocasiones los escobas estuvieron presentes. El primer año soplándonos la nuca por todo el Reventón y, después de conseguir despegarnos de ellos y llegar a La Granja en tiempo, cuando me descolgué del grupo y me cazaron, ya sin tiempo de entrar en el siguiente control. Con los pies muy hinchados y cuando cada paso era un sufrimiento infinito.

Todavía en 2011, que en aquella ocasión había pasado el control del kilómetro 80 con 3 horas de margen sobre el cierre, aflojé un poco al llegar a Boca del Asno y me senté un poco en una piedra... cerré los ojos unos segundos y... los vi llegar... ¡Joder! me he dormido...

No, lo que pasaba es que se habían ido retirando todos por detrás de mí y ellos iban a acompañarme tranquilamente y sin prisas porque marchaba el último, pero sobrado de tiempo. Al final cazamos a otros corredores en la Fuenfría y apretamos el culo hasta el puerto de Navacerrada. Incluso tuve que abandonar a unos compañeros que arrastraban los pies y llegar solo al pueblo homónimo para acabar mi suplicio un poco antes que ellos, porque no podía ir, en aquella ocasión, tan despacio siguiéndoles.

En estas ocasiones no ser consciente del sufrimiento del cuerpo parece una ventaja, pero realmente no así, ya que los dolores son síntomas y alertas de problemas subyacentes. En una carrera de este tipo hay que saber discriminar entre unas señales y otras para, ignorando la agonía que sientes, continuar adelante o por el contrario, con una pequeña molestia, tener el valor de retirarse para no complicar las cosas y acabar lesionado.

Cuando son los males de la "vida real" los que nos pasan por encima, más aún. Es la diferencia entre la tolerancia a la frustración (cosa buena) y la negación de un problema (cosa chunga). En esos casos el gran problema puede consistir precisamente en no tomar conciencia de que estás muy jodido y tienes que hacer algo para cambiar las cosas. Conviene en tales casos que a los primeros síntomas se tome completa conciencia de que no hay que refugiarse en fantasías, ya sean místicas o racionalizadoras, incluso "intelectualizadoras", cuando alguien tiene los recursos para elaborar un edificio intelectual entorno a cualquier tesis que le apetezca sostener ante si mismo. Todo un peligro.

En 2011 los escobas me ayudaron y animaron muchísimo y les perdoné los sinsabores del 2010. A dos de ellos, Rafa y Juampe, me los he ido encontrando por muchas carreras y, al final, hemos quedado para correr en varias ocasiones (Remontada Infernal, Trail Batalla de Alarcos, etc...).

Este año tocaba ir de voluntario. En principio pensaba correr una “100 millas”, la Ehunmilak, y emplear el escobeo como entrenamiento para la ocasión, pero mi punto de entrenamiento, la lesión que aún no está del todo curada y la falta de motivación me impiden finalmente correr los 168 kilómetros y 13.000 metros de desnivel positivo acumulado (más del doble que el GTP) de la carrera del País Vasco. De todas maneras no quería perder la ocasión de ir a la cola del pelotón y tratar de hacer la función de “recogida de escombros” tan necesaria, dicho con todo el cariño de uno al que le han dado caza en varias ocasiones.

En teoría y con el entrenamiento que llevaba, no debería haber tenido problema con el recorrido hasta la Morcuera (el primer “maratón”) que me había comprometido a "barrer".




Hacemos el control de material obligatorio a los corredores bajo la atenta mirada de los árbitros de la federación. Y trotamos tras las luces rojas al final de la carrera.

Pronto nos paramos. No hacemos más de dos kilómetros cuando nos ponemos a andar siguiendo a la cola del pelotón, que va a un ritmo muy muy confiado, demasiado, como el de algunos marchadores en carreras del tipo Madrid - Segovia o los 100 de Colmenar, que aunque sean “solamente” 10 kilómetros menos en distancia, se tarda casi la mitad del tiempo en completar el recorrido. En estos casos lo que marca la dureza de la prueba es el desnivel y el tipo de terreno. No es lo mismo ir por pista que por un canchal, subir 1000 metros, que 5000. Por mi parte, en el kilómetro 42 del GTP estoy en un estado de agotamiento similar al que tengo al acabar una de las otras, pero aún me quedan 70 kilómetros de lo peorcito por delante.

Una corredora se cae al cruzar un riachuelo en la Barranca y nos juntamos con un pequeño grupo de rezagados que va con bastante dificultad, no solamente en el primer kilómetro vertical (más de mil metros de desnivel) que nos hacemos en los primeros kilómetros horizontales (ver perfil de la carrera más arriba), sino, sobre todo, en la bajada a Canto Conchino (kilómetro 18) que empieza con una descenso bastante complicado y técnico que, la noche, hace mucho más complicada. Llegamos casi media hora después del cierre del control que los amigos del Club la Pedriza de Manzanares se encargan de cuidar. Perdemos también bastante tiempo hasta que arrancamos de nuevo, eso si, a todo trapo, en dirección al Collado de la Dehesilla. Nos sorprende no cazar a nadie en la subida, pero en la bajada a la Hoya de San Blas nos encontramos a otro corredor levemente mareado y a dos corredoras que se retiran y que la policía municipal se encarga de evacuar. La bajada de noche es complicada, nada cómoda entre maleza y forzando para llegar dentro de los mejores márgenes al puerto de la Morcuera.

La subida a la Morcuera se hace pesada. El corredor que nos acompaña se ha repuesto y tira con el grupo a muy buen ritmo (si no le hubiese dado una “pájara” hubiese podido acabar en tiempo, pero con buen criterio dice, y no hace falta quitárle de la cabeza lo contrario, que se retirará en el próximo control. Cazamos otros tres corredores en la subida. Mientras 4 de los escobas que van más frescos se han marchado corriendo por delante para tratar de llegar al cierre de control de Rascafría.

Vamos desbalizado, desbarrando y arrastrándonos cuesta arriba por la pista de la Morcuera, A la que llegamos Quizá a las 8:45. Los últimos han pasado poco después del corte y fuera de carrera, un par de minutos después de las 8:00. Nos hemos metido casi 12 horas de monte. No hemos corrido todo lo que hubiésemos querido y nuestros pies se resienten de ello. Ninguno de los escobas continúa más allá de lo comprometido, porque la cola del pelotón está muy lejos y estamos bastante machacados de la noche.


Me bajan hasta Rascafría dos voluntarias y recojo mi “bolsa de vida” que había enviado a ese punto, porque me quedo por la Sierra el fin de semana. Antes de que me pase a recoger mi amigo Miguel, que me ha invitado a una parrillada en Canencia (loco, no sabe lo que hace), me arrimo a tomar un tercer desayuno en una cafetería con los pomponeros del Tierra Trágame, que han pasado la noche de puesto en puesto dándolo todo y que siguen animando a los últimos corredores que intentan entrar en tiempo en control de “Rasca”, kilómetro 60, al que se debe llegar antes de las 11:00. Descubro con pesar que Pilar, a quien venía a animar este grupo, es una de las retiradas por tiempo (dos miserables minutos) en el control de Morcuera. Me siento culpable de lucir la camiseta de escoba.

El sentimiento de culpa es libre. Que no os pille fuera del ámbito deportivo.

Que no os pillen los escobas, pero, si lo hacen, disfrutad de su compañía.