miércoles, 3 de julio de 2013

Pisando en falso


Cuando alguien pasa de correr en llano, sobre asfalto o tierra (lo que viene siendo la actividad del 90% de la gente que practica el running), a hacerlo por montaña, experimenta dos grandes diferencias:

Las subidas...

...y las bajadas, obviamente.

Sol en los ojos y una noche sin dormir. 
El terreno es distinto. Hay piedras sueltas, piedras por el contrario firmemente aferradas al suelo, raíces, maleza, barro, charcos, riachuelos, boñigas, hielo, agujeros, socavones, hojas caídas con cualquiera de las anteriores cosas debajo de ellas... 

Son obstáculos que, cuesta arriba o cuesta abajo, obligan a que haya que cambiar la biomecánica, el estilo y la técnica de carrera. Ya no se trata de realizar un movimiento pendular de una pierna a otra, repitiendo incansablemente el mismo gesto kilómetro tras kilómetro (me decía Maese Spanjaard hace poco que lo que hacemos los populares no es correr, sino dejarnos caer sucesivamente de una pierna en otra), sino de ir aprendiendo a bajar y a subir con distinto grado de pendiente y en distintas superficies, y a hacerlo rápida y eficazmente, sin que suponga un gasto de energía mayor de lo necesario. 

Hay que aprender a correr sin “retener” en las bajadas, cuando obligamos a forzar el cuadriceps “en excéntrico”, es decir, aflojándolo despacio cada vez que se contrae contra la resistencia de los músculos que “en concéntrico” se aprietan al otro lado del muslo, los isquiotibiales. Aprender a subir “tirando” de abdominales internos y psoas, evitando que la rodilla se desalinee y acabe maltrecha al hacer palanca contra el peso del todo el cuerpo sobre ella como punto de apoyo mientras se contrae el cuádriceps y unos aún subdesarrollados abductores y adductores tratan de que no se tronche la articulación hacia la derecha o la izquierda. Hay que desarrollar y fortalecer músculos que para correr en llano no hacían demasiada falta.

Eso si, unas piernacas de corredor o corredora de montaña nada tienen que ver con los “palillos” que cuelgan de la cintura de un flaquito/a del asfalto. Cuando digo piernas, quiero decir piernas y lo que está encima de ellas.

Cada corredor desarrolla una técnica distinta. Si nos fijamos en los mejores “bajadores” vemos que cada uno “es de su madre”. Menos si son hermanos/as, claro. Algunos hay, pero no tienen por qué correr igual.

Siempre hay un desnivel y terreno en que vas cómodo y otro en el que te supera la dificultad técnica de la bajada. Todo el mundo tiene esos umbrales de comodidad por abajo e inseguridad por arriba, pero no son los mismos para el que os está escribiendo que para Kilian Jornet. No son los mismos, pero da igual, porque existen igual para los dos. Siempre hay una pendiente imposible en alguna parte, para todo el mundo. Siempre hay un acontecimiento, un obstáculo en la vida para el que las fuerzas te flaquean y sientes que ya no puedes atravesarlo con paso firme. Que caminas sobre un canchal de piedra suelta con las piernas acalambradas de agotamiento, pero que tienes que seguir adelante para salir de él.


Ir pisando en falso, con inseguridad, es agotador y propicia lesiones y caídas en la montaña y en la vida. Es hasta cierto punto inevitable cuando vas corriendo (o viviendo) por terreno inestable e inseguro, nuevo, desconocido o cuando las fuerzas no te llegan por el agotamiento que acumulas... cuanto más cansado, más energía gastas en mantenerte corriendo inseguro y más aceleras el proceso de agotamiento. Por eso es tan importante el entrenamiento, el descanso, la alimentación y la correcta hidratación antes de la carrera, para “retrasar” la fatiga. Por eso es tan importante que cuando te caen hostias por todas partes y la cosa no parece acabar nunca, busques como afrontar los problemas, actuar de alguna manera, aunque sea escapando, quizá a veces devolviéndolas.

Porque, al final, se trata de estrés y resiliencia.

Conceptos tomados de la industria, de la física, como medida de la duración frente al desgaste por presión y la capacidad de recuperación de los materiales sometidos a estrés. 

Cuando corremos hacemos una presión constante que nos va desgastando. Las articulaciones, las energías, la concentración,... la presión constante y mantenida, son como el conjunto de pequeñas calamidades que en el ámbito psicológico llevan a la ansiedad y la depresión.

El estrés es una respuesta normal a un entorno difícil. El estrés es bueno, sin estrés no podríamos competir ni vivir, pero el estrés mantenido más allá de nuestra capacidad de recuperación frente al desgaste es lo que nos daña.

En la vida de un mamífero, como nosotros, tenemos varios “programas” para afrontar el desgaste y la agresión: huir, atacar, quedarse inmóvil (camuflado a ver si no va con nosotros), quedarse inmóvil (aterrorizado, indefenso), someterse, rendirse... 

Casi nadie tiene la capacidad de poner en marcha el programa adecuado en cada momento, aparte de que la heteronormatividad patriarcal hace que huir, quedarse inmóvil o someterse esté mal visto entre el género masculino. En realidad tiramos de nuestro “estilo”, de lo que se nos da mejor, de lo que prevemos que mejor vamos a gestionar, de las consecuencias que creemos que podemos asumir.

Si el agotamiento nos alcanza en carrera, a veces continuamos cuando, además de tener dos dedos de frente, somos conscientes de que ello no nos va a conducir a una lesión sino a un cansancio del que nos recuperaremos en poco tiempo. A veces nos retiramos, con desánimo o con la cabeza muy alta. Hay quien hace trampas, atrochando, montándose en un coche, tomando sustancias no permitidas. Hay quien sigue hasta reventar y lesionarse.

Este pasado fin de semana se corrió el Gran Trail de Peñalara. 450 dorsales de los que casi una tercera parte tuvieron el valor o el sentido común de retirarse y dos tercios el entrenamiento y la suerte de que les saliera un buen día y que consiguieron terminar echándole grandes dosis de sufrimiento. 

Mis felicitaciones a todos y todas.

Descansad, descansad, descansad cuerpo y mente, ya llegan las vacaciones.