lunes, 23 de septiembre de 2013

100 kilómetros Madrid - Segovia por el camino de Santiago

No se aprende tanto de las victorias como de las derrotas.

Cuando todo sale bien, siempre te queda la duda. Resultó que "era tu día", pero no sabes qué has hecho diferente esta vez.

Has cometido errores, seguro que si, pero no sabes cuales. La próxima vez tienes que tratar de hacer exactamente los mismo para que todo vuelva a salir bien.

Es por eso que hay tantos rituales supersticiosos entre los corredores antes de una carrera. Nos cargamos de manías. Tratamos de hacer todo lo que hacemos siempre porque, si nos equivocamos en algo, estaremos muy incómodos, como una persona con un trastorno obsesivo compulsivo cuando tiene un pensamiento intrusivo que les obliga a lavarse las manos. Ver el calentamiento del maratón de Madrid es un espectáculo lamentable, con gente realizando sus rituales de calentamiento y dando rienda suelta a sus manías.

Un runner con mirada de concentración antes del Maratón de Madrid
Hacerse mayor es cargarse de manías. Convertirse en un viejo o una vieja cascarrabias es cuestión de tiempo si no se ponen bajo control los "yo-es-que-soy-así", si no, se acaba sin saber estar con otras personas sin sufrir incomodidad y provocarla. Ni que decir tiene que se puede ser una persona cascarrabias a los 30 años.

Pero en las derrotas descubres habitualmente qué es exactamente lo que has hecho mal y lo aprendes a fuego. Material inadecuado, muchos o pocos entrenamientos, no te has parado cuando has notado esa molestia para resolverla y seguir, te has entretenido mucho, ibas con quien no debías, muy rápido o muy lento, errores de nutrición, de hidratación, de lubrificación... cuando la has liado, normalmente, está claro que es lo que ha pasado. Ha ocurrido una de muchísimas cosas posibles, pero cuando triunfas, en tu fuero interno, sabes que ha sido un poco de suerte, que algo has hecho mal y no te han pasado la factura, pero que otro día podría no ser así.

El destino final
Bueno, a veces no sabes qué has hecho mal. Eso es lo peor. Le puedes acabar dando vueltas consumiéndote por dentro. Ese severo juez interno que algunos tenemos y que nos está jugando siempre malas pasadas ("judgando" malas pasadas). Es el peor de todos, el que no te pasa ni te perdona ni una.

Si no llegas, algo has hecho mal, aunque nunca llegues a saber el qué.

[...]

El sábado tuve mi segunda participación en esta carrera bonita y bien organizada, la Madrid Segovia, como decíamos en el previo, hecha con mucho cariño.

La verdad es que después de una temporada un poco rara, con lesiones físicas y de las otras, me apetecía muchísimo darlo todo en esta prueba y los días anteriores me encontraba en una forma muy buena de cara a hacer un buen papel. Quizá con la sensación de que me han faltado más tiradas de dos horas, pero ya sabemos que a una carrera de este tipo siempre es mejor llegar un poco desentrenado que un poco lesionado. De todas maneras, un neuroma de Morton, las secuelas del esguince de abril y otras cosas que no nombro aquí donde me puedan leer, podrían traicionarme.

Entrando en la meta de la Madrid Segovia en 2011
Cierto es que ciertos males pueden jugar a favor en estos casos. Todavía recuerdo que este invierno, en el estado de ánimo adecuado rebajé 16 minutazos mi marca en la Media Maratón de Latina, una auténtica barbaridad. El desánimo moral puede frenar la carrera, invitar a la retirada, a dejar de sufrir, pero también puede ser una catarsis (purificación) que te invite a apretar los dientes y a sacar fuerzas de ese pozo infinito de energía que tenemos en algún lado.

Buena forma física, el mejor peso de los últimos años, entrenamientos suficientes, pero no pasado de vueltas y mucha energía que quemar. Parecían los ingredientes perfectos para no solamente acabar la carrera, sino para hacer un registro muy inferior a las 16 horas y media que hice en 2011. Lesiones arrastradas de lejos, falta de entrenamientos largos y desánimos varios inclinaban la balanza en la dirección contraria.

Así que después de un desayuno abundante pero no salvaje, estaba listo para tomar la salida bajo las torres de Plaza de Castilla. Listo para seguir el mapa, las flechas, al que va delante, las balizas... Con 1.000 corredores y habiendo hecho el camino varias veces no debería haber pérdida... ¿dónde habré dicho yo eso antes?

Mono - Follow The Map

La salida


Plaza de Castilla.

Me encuentro con Joaquín y con Juanpe, de Valdemoro, compañeros de la Remontada Infernal (estamos buscando fecha para la segunda edición), con Cristina, que está de voluntaria una vez más, atareada y dándolo todo. Veo a Anna Giustolisi, pero está muy liada con la organización, así que prefiero no molestarla. El viernes cuando recogí el dorsal me pidió el teléfono para pasárselo a los de la Cadena Ser, para que me llamasen durante la carrera para una entrevista en directo. ¡Qué emoción! A lo mejor salgo en la radio.



Veo a María y a otros corredores que he conocido en los entrenamientos previos. A Rita y a Pilar, que van a ir andando, a Miguel Blanco en bici, que viene a dar apoyo. Y a mucha más gente. Es curioso la de personas majas que se acaban conociendo en este mundillo. No quiero caer en lo que algunos sociólogos llaman "el mito del ideal de pureza", pero ciertamente la montaña atrae a gente que vale la pena conocer. No es seamos mejor que los demás, en todos lados hay personas decentes, simpáticas, ... pero la montaña es un buen filtro.

Salgo trotando con Juan Pedro, al "trán-trán", sin prisa, que hay cien kilómetros por delante para quien quiera darle a la zapatilla.

Hasta Colmenar





Se va cómodo, sin apreturas. Por el camino nos vamos cruzando a María, la triatleta, que está haciendo el seguimiento a su chico. Nosotros vamos charlando sobre la vida y los primeros kilómetros, hasta la Tapia de El Pardo se hacen entretenidos. Un poco antes me deja Juan Pedro, que prefiere caminar un poco. Yo voy a aprovechar que está medio nublado, con una temperatura perfecta, para seguir trotandillo, caminando las subidas más pronunciadas que aparecen a la altura de El Goloso para reservar los cuádriceps.

Noto el cansancio acumulado de la semana, y en especial haber dormido tan poco el jueves y el viernes. Apenas ocho horas entre los dos días. Supongo que esto me va a pasar factura a nivel muscular más adelante. Pero uno es que está, como ya hemos dicho otras veces, en la edad de salir.

Llego a Colmenar muy fresco y no me entretengo mucho en el avituallamiento. Km. 26.8, una cuarta parte de la distancia y quizá una octava del esfuerzo a realizar, porque los kilómetros del final pesan más que los del principio y los puertos más que los llanos, y al sol del mediodía también más que bajo las nubes que nos están perdonando el último día del verano. Falta una jornada para el otoño, pero nos ha regalado ya una mañana perfecta para correr.

Hasta Navacerrada


De Colmenar a Manzanares se pasa muy rápido. Sigue el cielo nublado, el camino es conocido y el ritmo suave. Noto el tono muscular muy alto. Normal, Nos vamos acercando a la distancia de maratón y lo voy a pasar en menos de 5 horas. Hace unos años lo hubiese firmado para un Maratón de Madrid.

No noto molestias en el tobillo del esguince, ni en el neuroma de Morton del otro pie. Tampoco en el espíritu, que divaga entorno a "ideas peregrinas" y que es lo que tiene correr por el Camino de Santiago. He acertado con el calzado, unas Brooks Beast supercurtidas de 400 gr. y drop de 12 mm. También me encuentro gente que corre con "mínimal". Bien. Cada uno lo suyo.

La bajada a Manzanares, una gozada, soltando piernas y manteniendo el ritmo. La vista de la Pedriza me anima mucho. Es un lugar especial y desde allí ya estamos en la sierra de Guadarrama, en definitiva, en casa.

La "Pedri", nuestra amiga, al fondo
Me encuentro de nuevo a Cristina en el avituallamiento. Andan muy liados porque han fallado algunos voluntarios. Es una putada. Está todo muy bien organizado, pero si te falta gente te quedas vendido. Supongo que va a tener un día duro y el trabajo, por culpa de los "malquedas" no lucirá igual. 

Plato de macarrones (pequeño) e hidratación a fondo en una fuente tres kilómetros después. Si ponen un grifo de cerveza no tiene tanto éxito... o si, que en este mundillo hay mucha afición a la cebada. Echo suero y tang en los bidones. Ahora ya ha salido el sol y nos va a pillar en el tramo más árido, hasta llegar a la Barranca.

Hasta Mataelpino voy como un tiro (qué bien voy) Kilómetro 50 y solamente llevo 6 horas en carrera. Apago el móvil (los de la Ser ya no van a llamar, habrán contactado con otro corredor). Disfruto de la fuente fresca en la plaza, hago unos estiramientos y como membrillo (me encanta en las carreras). Empieza a sonar gaita por los altavoces... uf, qué emoción, me va a asomar una lagrimilla. Me vengo arriba y salgo pitando para Navacerrada, con heavy metal en el mp3 tan pronto como dejo de escuchar la muñeira. Por casualidad empieza a sonar nada más ponérmelo uno de los himnos que más "energía" me dan y con el que me identifico en estos días, I'm alive, versión de Luca Turilli del clásico de Helloween.



Quemo los kilómetros al ritmo de "¡estoy vivo, estoy vivo!" y con el mensaje de la canción en la cabeza: hay muchas cosas estupendas que están esperando a suceder. 

Cuidado con los subidones en carrera. Pueden durar un kilómetro y que después te atice el tío del mazo, también conocido como "el muro" o "el Yeti". Como con la glucosa, después del pico, viene el valle.

La subida a la Barranca, como siempre, pesada y aburrida. Me encuentro a Anaime, con su bici, que está ayudando a un corredor al que le ha pasado factura este tramo áspero y difícil. La verdad es que ahora aprieta el sol. Es la peor hora y la zona más dura.

Y, por fin, Navacerrada. Veo a Cata, de las Woman Wind Xtrem, con las cuales tengo el infinito honor de compartir algún entrenamiento, y que también nos está siguiendo y cuidando. Después a Joaquín, que hace lo mismo desde su bici. Todo para delante y llego al kilómetro 64,3, Cercedilla, en un tiempo muy bueno y viendo la posibilidad de subir la Fuenfría con luz.

A punto de repostar agua en Colmenar.
(Imagen por María Herrera)

Cae la tarde por la Calzada Romana


Me concedo un máximo de treinta minutos en el avituallamiento de Cercedila. Me como un plato de arroz, estiro, visito el servicio, saludo a los conocidos y en apenas veinte salgo de nuevo, caminando, hacia arriba, pero en seguida me pongo a trotar hasta llegar a las primeras rampas de la Carretera de la República.

En la subida conozco a Esther, una corredora segoviana, segunda en el GTP, una auténtica máquina. Subimos la pista charlando, haciendo "la goma", andando y corriendo. Por el camino, otro encuentro, Toñi, que se ha lesionado, pero en otra carrera (había una de 50 Km. por la zona). ¡Cachis!. Parece que es un esguince suave, así que pronto coincidiremos en alguna carrera.

Aún con mucha luz llegando al puerto de la Fuenfría
Sigo disfrutando muchísimo de las sensaciones de esta carrera. Voy entre los doscientos primeros y calculo dos horas de subida, pero al final corro bastantes tramos de falso llano y a las ocho y de día llego al simpático puesto de control del puerto. Hay magdalenas. Me zampo dos porque me da corte comerme cuatro. Supersimpáticos. Me hacen unas fotos estirando. Todo el mundo me dice que tengo muy buena cara. Qué raro. No siento que tenga buena cara, pero ya me lo han comentado en otros sitios por el camino. O la gente es muy amable o tengo buena cara, una de dos.

Hago mis cuentas. Una media maratón a meta. Dos horas corriendo, cuatro andando. Sobre las once puedo estar en el acueducto, coger el autobús de vuelta y el metro a casa para estar en mi apartamento a una hora temprana. Estaría genial llegar a Madrid cuando aún haya metro.


Comienza a torcerse la cosa


Empiezo a bajar hacia la Cruz de la Gallega. Voy como el ciento setenta "y pico" de la clasificación general (de 1.000, no está nada mal) y en mi zona aún hay ganas de seguir corriendo hasta el final.


Pero la zona de "pro" está más adelante. Aquí cuando alguien te pasa, te anima ¡aupa!, y le animas, ¡vamos!, y al revés cuando les pasas tú. Cada cual va a su ritmo sin preocuparse de pasar o de que te pasen. Sabemos que aún queda mucho y que picarse no supone cambiar nada de cara al puesto final. El ultratrail amansa a las fieras.

Ahora recuerdo que el frontal tenía pocas pilas, que había que cambiárselas. El segundo frontal de repuesto, con pilas intactas, se ha quedado en la bolsa de Cercedilla.

Ay, ay, ay... empiezo a aflojar el ritmo. Cuando se va la luz pongo el frontal al mínimo, para que dure hasta Segovia, aunque tengo la esperanza de que luego me ayude la Luna casi llena. La luz mortecina, el cansancio de los últimos días y los 85 kilómetros que me he metido al mejor ritmo que he llevado nunca en un ultra me pasan factura. Me duelen los pies. Ya me dolían, pero cuando te da el bajón, todo te duele más. Trato de animarme. Si voy corriendo en media hora veré a Claudio y Katia, en el último avituallamiento y desde allí a Segovia es hora y media. 

Les veo en el control. Pobres, tienen mucha, mucha noche por delante. Están de muy buen humor, dándolo todo. El último control tiene eso. Desde que pasa el primer corredor a echar un trago de agua y seguir disparado hasta el último caminante por el kilómetro 91 (11 a meta), demorándose y que no se va ni con agua caliente, son más horas que en ningún otro puesto. Mi más sincero agradecimiento a todos los voluntarios y voluntarias, pero más cabe a los que están toda la noche cuidándonos.

Salgo de allí dispuesto a sufrir lo menos posible, es decir, que toca correr. Cada minuto que corres te ahorras un minuto de andar grosso modo, así que muchos ultreros corremos por pura pereza, para acabar antes porque ya estamos muy cansados.

Hay muy pocas marcas, pero había muy pocas desde la Fuenfría hasta la Cruz de la Gallega, dónde he dejado el último puesto de control de paso, así que sigo corriendo hasta que... llego al final de la carretera y no hay ninguna marca. No ha girado la carretera a la izquierda  en ningún momento como debería... ¡Shit!

"Cagontodo". Enciendo el GPS y descubro que he hecho 5 kilómetro en dirección Este, en vez de Norte y ahora volver me supone andar hacia arriba y no sé dónde recuperar el camino... o atrochar por la carretera, pero no lo veo claro en el mapa. En fin. Me retiro, no es la primera vez ni será la última.

Hay que saber retirarse con dignidad.

Me acerco andando a Valsaín, que lo tengo al lado y le pregunto a un tipo simpático, aunque algo alcoholizado hacia dónde pilla Segovia.

El cabalero me indica con pinta de estar dando instrucciones de como "llevarles ante su líder" a unos extraterrestres del espacio exterior, que toda la carretera hasta pasar el chiringuito y salir a la nacional. No le doy muchas explicaciones de mi aspecto y situación, total, no me iba a creer. Me alejo algo colocado por los efluvios alcohólicos de su aliento, pero agradecido por la atención y ayuda que me ha prestado.

Paso por una marquesina y veo a dos señoras que esperan el autobús,

- ¿Es este el autobús que va a Segovia?
- Si, si, pero acaba de pasar en dirección contraria y no sabemos si vuelve.

Pues si, pero, no, los sábados ya no pasan más autobuses en dirección Segovia. Estaban esperando, pero después de consultar una hojita ven que hace una hora que circuló el último. En realidad lo veo yo, porque la letra es muy pequeñita y no les da la hipermetropía para alardes. Al final las señoras, hermanas, se ofrecen a acercarme en coche hasta La Granja, que desde allí seguramente habrá quien me pueda llevar a Segovia. Una de ellas es de Valsaín y estaba esperando a ver si aún había transporte público para su hermana antes de animarse a coger el coche y llevarla si era necesario.

Me deshago en agradecimientos (a ver si, por casualidad, se estiran y pierden diez minutos más en arrimarme a Segovia. Pero no, no cuela) y me pongo a hacer autoestop en la rotonda, junto a un paso de cebra, donde empieza la carretera que va de la Granja a Segovia. En principio buen sitio para que alguien se pare y me recoja. 

Mallas ajustadas que, como dice mi amiga Violeta, como los borrachos y los niños, nunca mienten. Camiseta de compresión de la que marca el michelín y hasta los pelillos del ombligo, y es que, no lo he comentado, en Cercedilla iba con rozaduras y me tuve que poner la equipación antierótica y antiglamourosa que llevo. Apretado como una morcilla de burgos (una morcilla con michelines), una mochila con dos bidones de agua a la altura de los pechos y un dorsal colgado de la cintura completan el panorama.

No me para ni Dios.

Han pasado como cincuenta coches y ninguno se digna a detenerse. Me está entrando frío. Voy a ponerme el cortavientos, que así mejoraré la temperatura y el aspecto... y en ese momento se detiene el todo terreno de Miguel Ángel, que va a buscar a su mujer a la meta del acueducto y se ha imaginado parte de la historia. Él también corre maratones (bendito sea) y me anima, e incluso me propone dejarme en un punto del recorrido en el que complete los 102 kilómetros para que entre en meta y no tenga la sensación de haber hecho trampas. Mejor no. He hecho unos noventa y seis, ochenta y cinco de ellos los mejores que nunca hubiese esperado y tengo la seguridad de que hubiese hecho catorce horas y media y hubiese entrado entre los doscientos primeros. ¿Qué más quiero? Estoy fuerte, he quemado 9.000 Kcal y tengo la musculatura en bastante buen estado. Los pies razonablemente intactos aunque doloridos, pero aquí doy por terminado el día como corredor. No aguanto las trampas y menos en una carrera que corres solamente contra ti mismo. Esa carrera la he ganado.

Me acerco a meta para que apunten mi dorsal y no ocurra que me anden buscando por el monte. Allí me encuentro a mucha gente que iba en carrera conmigo. Por azar todo esta aventura desde la Cruz de la Gallega hasta la meta ha ocupado un tiempo similar al que hubiese ocupado ir de forma más ortodoxa hasta el acueducto. ¿No buscamos la experiencia, las sensaciones? Pues ya está, entretenido ha sido. Una aventura. Algo que contar. Hay muchas formas de estar perdido y esta no es de las peores.

Al fin y al cabo solo es una carrera, y se me ha dado muy bien. No consigo los dos puntos para el UTMB, pero echando cuentas yo creo que no me hacen falta. No tengo la foto de entrada en meta, pero otra ocasión habrá.

Medalla si tengo. Me encuentro de nuevo a Anna Giustolisi, a la que le cuento mi zarrapastrosa entrada y me da una medalla que me cuelga ella misma al cuello. No puedo rechazarla, más aún, esta la voy a poner en un sitio muy destacado.

No me lo explico, pero estoy muy contento. Veo mensajes de ánimo en el Whatsapp, en Facebook y por mensaje privado. Esos son los mejores. Hay mucha gente que se alegra de verme contento, haciendo lo que me gusta. Hay mucha, mucha gente maja por el mundo.

Epílogo: la larga vuelta a casa


Renqueando hasta el polideportivo como un walking dead, me encuentro a Marisa y Sonia, de las "winis", a las que aún no conocía en persona, pero con las que compartiré entrenamientos pronto y la Cuerda Larga el día de la carrera homónima.

Duchita, tumbarme un rato, subir al autobús. Dormirme en posición incómoda. no me dan calambres, con eso me conformo.

Tarda un "cojón" en salir y llegamos a Madrid a las 2:30, ya sin metro, así que nos juntamos 4 que vamos para Atocha, un vecino y dos menorquines que se alojan por allí y pillamos un taxi. Una vez allí el tontolaba del conductor del buho a Parla no me quiere llevar a Plaza Elíptica, porque en aquella parada recoge, pero no deja gente, por ser interurbano. Que me busque uno de los "azules", de los de Madrid, en vez de los "verdes". No me estará leyendo, pero desde aquí quisiera mandar un saludo a su madre.

Al final tengo que coger un segundo taxi, solo que este no va a escote. Las gallinas que entran por las que salen. Lo que me he ahorrado desde Plaza Castilla, lo gastaré hasta Marcelo Usera. El taxi me deja en casa a las 4. Me arranco las lentillas de los ojos y me meto en la cama, contento y feliz.

Ya hay ocasiones y razones suficientes para amargarse la vida y me he negado a jugar a ello. Lo de hoy ha sido algo para recordar y estoy muy satisfecho. Además estoy en muy buena forma.

Ya encontraremos en qué usarla.