jueves, 9 de enero de 2014

Virtudes y pecados

Hablo aquí de la virtud moral; porque ella es la que concierne a las pasiones y a los actos del hombre, y en nuestros actos y en nuestras pasiones es donde se dan, ya el exceso, ya el defecto, ya el justo medio.
 Aritóteles, Ética a Nicómaco. 

Subo corriendo por la cuesta hacia arriba. ¡Cómo me fallan las fuerzas!. ¡Qué descuidado estoy!. Me resbala una gota de sudor del bigote y, como hacemos todos lo que tenemos uno, y algunos sin tenerlo pero seguro que de manera mucho menos eficaz, saco la punta de la lengua y empujándola un poco por encima del labio superior cazo y recupero una pequeña cantidad de líquido de todo el que quiere escapar de mi sudoroso cuerpo a través de la transpiración. Debería saber un poco a sal.

El líquido, que no el bigote, me da la impresión de que tiene un sabor a cava y mazapán, a turrón de chocolate y langostino... ¿Serán imaginaciones mías? En fin. Ya terminó por fin la Navidad. Toca eliminar sus catabolitos recorriendo los muchos kilómetros de entrenamiento que llevan hacia el maratón de Sevilla.

Los Reyes Magos lo saben todo. Saben que niños han sido buenos y que niños hemos sido malos. Este año no me han traído ni un trocito de carbón pero, claro, es que este año he sido muy malo. Quizá podría haber hecho las cosas de otra manera. Quizá podría haberlo hecho mucho mejor, pero al final, hay que elegir un dios, Apolo o Dionisos. Como los niños eligen qué rey mago les es más simpático mientras sus padres fomentan el pensamiento mágico que abre el camino a la capacidad para digerir paradojas religiosas de mayor calado y menor consistencia. Al fin y al cabo hay un punto en que, con los datos que te dan, es más verosímil la existencia de sus Majestades de Oriente a la hipótesis de que sean tus padres los que te regalan cosas porque si. Algo del todo increíble. Y sin embargo se supone que hay que pasarse luego media vida añorando la capacidad para creer en lo mágico y que por eso hay que dar la oportunidad de mantener durante años a los niños y niñas entre un conjunto de inconsistencias lógicas.

Volviendo a lo de ser malo, si es que realmente no he seguido en el tema por ostensión siéndolo en el párrafo anterior, Nietzsche, uno de esos filósofos no sistemáticos que atraen tantas simpatías desde fuera de la filosofía y, por desgracia, desde fuera de actitudes propias de la filosofía, hace un análisis de la herencia cultural griega que ha llegado a nosotros, sobre todo en el arte, polarizando la experiencia estética entre lo apolíneo y lo dionisíaco como las tendencias hacia las que se inclina el alma humana. Una, lo apolíneo, representa lo luminoso y ordenado, lo proporcionado y recto, lo que responde a las leyes. Lo dionisíaco por el contrario es lo excesivo, lo exultante, lo caótico y carente de proporción.

Este año he sobreentrenado, me he lesionado, he seguido entrenando y compitiendo lesionado, no he estirado bien a menudo, he dormido poco, he salido mucho, he tomado alcohol, me he emborrachado, me he levantado de la cama casi al mediodía y he quedado para tomar algo a continuación, he ido a trabajar durmiendo tres horas y menos. Gula, lujuria (oh yeah!), soberbia, pereza... pero no ira, envidia y codicia que no son mi estilo. He corrido en camiseta de tirantes y pantalón cortito por la nieve, he ido a tope al mediodía en julio a 40 grados... he sido perezoso y me he saltado entrenamientos, he sido bruto y he doblado entrenamientos. También he seguido el ritmo corriendo de otros que estaban más fuertes que yo o no he querido apretar el mío cuando podía por vagancia pura. Estas fiestas, como colofón y traca final he comido grasuza de todo tipo, y he engordado. He comido hidratos simples en gran cantidad, harinas refinadas y panes blancos como la nieve, bollería industrial y grasas animales, también hidratos empapados en grasa en forma de patatas fritas y hasta rebozados. Me he pasado por esa parte del cuerpo que está ennegrecida del humo del mil batallas todos los principios nutricionales posibles desde la macrobiótica hasta la paleodieta, pasado por la ortodoxia.

Para cualquiera que haya experimentado el exceso de manera más radical le parecerá poca cosa. Nada de putas y cocaína, ni de acabar en los calabozos de la policía. Nada de alterar la química cerebral con psicotrópicos, ni meterse en peleas con armas blancas. Conducir a 200 Km./h. o vomitar para seguir comiendo. Sin visitas al hospital, a la cárcel o a las cloacas. Hay vidas mucho más agitadas, desordenadas y complicadas que la mía, lo sé. Pero la cuestión es cual es el punto de partida y cual el de llegada.

Como corredor este año me he movido más encomendándome a Dionisos que a Apolo, pero quizá, en lo personal, tocaba compensar los "excesos" de ascetismo y rigor a los que me había encadenado. Porque el ascetismo no deja de ser otra forma de exceso y lo realmente difícil de todo esto es mantenerse en un término medio.

Que lo importante no es correr, os recuerdo.

[...] y ninguno de estos sentimientos opuestos son buenos. Pero saber ponerlos a prueba como conviene, según las circunstancias, según las cosas, según las personas, según la causa, y saber conservar en ellas la verdadera medida, este es el medio, esta es la perfección que sólo se encuentra en la virtud.
Ibid.