martes, 25 de noviembre de 2014

Comenzando a correr. Enfoque filosófico.


Espero que durante este curso entiendan ustedes perfectamente la primera frase que después de esta inicial voy a pronunciar.

La frase es ésta: vamos a estudiar Metafísica y eso que vamos a hacer es, por lo pronto, una falsedad. La cosa es, a primera vista, estupefaciente, pero el estupor que produzca no quita a la frase la dosis que tenga de verdad. En esa frase – nótenlo ustedes – no se dice que la Metafísica sea una falsedad: ésta se atribuye no a la Metafísica, sino a que nos pongamos a estudiarla. No se trata, pues, de la falsedad de uno o muchos pensamientos nuestros, sino de la falsedad de un nuestro hacer, de lo que ahora vamos a hacer: estudiar una disciplina. Porque lo afirmado por mí vale no sólo para la Metafísica si bien vale eminentemente para ella. Según esto, en general, estudiar seria una falsedad.
Ortega y Gaset, Unas lecciones del metafísica.
En muchos sitios podréis encontrar consejos prácticos para empezar a correr. El maestro Spanjaard, mismamente, tiene estupendos planes que se resumen en una linea: empezar poco a poco, intercalando andar y correr. Tan pasito a pasito como necesites y hasta donde quieras progresar. Al cabo de un tiempo estarás veinte minutos trotandillo por el parque o te crujirás un Spartatlon de un cuarto de millar de kilómetros a cara de perro. No hay límite por debajo y por arriba solo unos pocos alcanzan por velocidad, distancia o dureza los límites de lo humanamente posible. Puedes empezar corriendo un minuto y recuperarte andando el tiempo necesario y, a medida que el cuerpo se habitúe al ejercicio, ir aumentando la carga hasta donde te sea divertido, aceptable o tolerable.

Cuando contamos cómo empezamos a correr ya somos corredores y corredoras. El proceso de aprendizaje y "enganche" en realidad, cuando le narramos, ya está reinterpretado por nuestra mente, dulcificado, encajado en nuestra visión del mundo y del lugar que creemos que ocupamos en él. Es como funciona nuestra memoria, reprocesando los recuerdos constantemente como algunos sistemas operativos (cutres) reescriben constantemente el disco duro. Borrando y añadiendo detalles, quitando lo más feo y sacando brillo al resto hasta que queda el recuerdo que queremos tener de algo. Es fácil que nuestros primeros pasos en esto del running se acaben convirtiendo en una narración de superación personal, llena de épica. Que se olviden algunos de los más indignos episodios en los que has renegado de todo mientras te arrastrabas como un tan a la moda muerto viviente (muerto viviente lento, de los de "la noche de los muertos vivientes", no un zombi rápido, de los de "28 días"). Cuando nos preguntan ¿por qué corremos? podemos recurrir a esta historia para ejemplificar, para hacer ostensivo, lo que es difícil de racionalizar, porque no corremos por razones, sino por emociones. Al final se trata de que otra persona, a través de la narración de nuestras emociones, de nuestras sensaciones, empatizando a través de las suyas, se haga una idea de qué es eso de correr. Es lo que en marketing se conoce como storytelling y, de toda la vida, cuentismo.

Un grupo de novatos después de trotar diez minutos por el parque del Retiro
Podemos creer que salimos a correr porque nos lo dice nuestra entrenadora, porque lo tenemos en el plan de preparación, porque un día, en un arranque de osadía y coraje épico/espartano/extremo/ultra/loqueestédemoda nos lanzamos a ello y así nos lo propusimos. Para huir de algo quizá, les gusta pensar autocomplacientemente a los que no corren para justificar no caer en la moda. Pero no. Salimos a correr porque nos gusta y buscamos razones y excusas para hacerlo. La emoción está por encima de la razón. Queremos correr y buscamos las razones que nos permitan hacerlo. Es una necesidad y el proceso en el que se convierte en eso, en una necesidad vital, es raro y en gran medida opaco a nuestro entendimiento. Por ejemplo no entendemos bien en qué momento nos enganchamos ni el por qué, pero rápidamente creamos una mitología personal que lo explique. Si puede ser remontándonos a un pasado lejano, como en toda buena mitología.

Podemos explicar que correr genera endorfinas, que nuestro cuerpo se vuelve adicto a ello como si de una droga se tratase, pero realmente hay alternativas en el universo de los estupefacientes, más que suficientes, como para poder justificar la inutilidad desde el punto de vista de la solución de equilibrio de la ecuación esfuerzo/recompensa el salir a una fría mañana lluviosa antes de ir a trabajar o volver en pleno verano bajo el sol de justicia del mediodía por un camino del extrarradio de la ciudad. Verbi gratia, el autoerotismo mismamente también genera endorfinas y supone menos esfuerzo y un innegable premio en forma de orgasmo al final del "trabajo" realizado. Es un ejemplo de mínimo coste y máximo beneficio en la producción de placer frente a, por ejemplo, correr cuarenta y dos kilómetros hasta que el cuerpo empieza a pedir auxilio y a generar opiaceos que le alivien un poco de la putada en la que el inconsciente de su dueño le ha metido. Correr es, en ese aspecto, absolutamente antieconómico como "vicio" frente a otras alternativas y posibilidades.

Digo el "inconciente de su dueño" y no sé si se me ha entendido. No digo que correr cuarenta y dos kilómetros sea una negligencia hacia uno mismo, al contrario, sino que las pulsiones que no forman parte de nuestra consciencia son lo que hace que un día resbalemos sobre un teclado de un PC y, accidentalmente, nos inscribamos en la maratón popular de nuestra ciudad.

Maratonianiano suplementándose con ayudas ergogénicas.
Corremos porque tenemos una necesidad vital extrema de correr y buscamos razones y argumentos para resolver esa necesidad. Igual que el alumno de la asignatura de Metafísica en la Universidad Central de Madrid (antigua y futura Universidad Complutense) que escucha anonadado al maestro Ortega y Gasset en 1932 decir que estudiar Metafísica es una gran mentira, porque estudiar filosofía (problemas filosóficos) es lo que hicieron Aristóteles y Descartes, no quienes toman apuntes sobre una materia que repasa las obras de los grandes pensadores de la historia como ellos con la vulgar finalidad de aprobar un examen. De la misma manera que en algún momento leyendo a Ortega o a Wittgenstein aparece de pronto esa misma necesidad que guió a a los gigantes del pasado en el estudiante de la metafísica académica, igualmente en algún momento las "razones" que te han llevado a empezar a correr, quizá trotar para perder unos kilos, o para demostrar a alguien que puedes acabar la San Silvestre, para socializarte en esa nueva ciudad a la que has llegado,... esas razones y otras muchas se convierten en la excusas para hacer lo que necesitas urgentemente, para cumplir con tu entrenamiento de hoy, porque llevas dos días sin salir y estás que explotas.

Ortega y Gasset (los dos).
La mentira que es estudiar metafísica se puede convertir en una verdad si "pica el gusanillo", si aparece en el estudiante la urgencia por resolver un problema filosófico. Igualmente importa poco si se ha empezado a correr por postureo, por salud, por seguir la moda o por llevar la contraria. Cuando te quieres dar cuenta no importan ya las razones y comprendes que éstas nunca han tenido más importancia de la que pueda tener un título de licenciado colgado de una pared frente a los grandes enigmas del Universo. No más relevancia que la que puede tener para alguien que le gusta escribir presentarse a un concurso literario u otro o ser más o menos leído.

Entonces las escusas para no correr te parecen ridículas. Si no corres porque hace frío ahora, no correrás luego porque hace calor, o porque estás cansado, o porque llueve o porque duele (porque duele).

Un consejo, no busques más razones de las mínimamente necesarias para no discutir con quien no lo entiende.

Y sal a correr. ¡Ahora, vamos...!