lunes, 23 de mayo de 2016

Los tontos del trail

La única prueba de superioridad que conozco es la bondad.
Ludwig van Beethoven
Es usual que la filosofía ponga su foco de atención en la Inteligencia humana, sea lo que sea eso, y en la bondad, como uno de los problemas más debatidos, ya se la sitúe a ella fuera del ser humano como la corrección de lo es o de lo que debiera ser, o dentro de él, como un gusto, deseo, preferencia o gana. Pero yo creo, estoy convencido como una superstición personal de que en el fondo, lo que mueve a los filósofos de todos los tiempos a preguntarse por la inteligencia y por el bien, es el contacto diario con la estupidez y con la maldad.

Vistas desde la Cuerda de los Porrones en el Cross de los Tres Refugios
Hay una larga tradición que trata de vincular ambos conceptos positivos, la inteligencia y el bien. El intelectualismo moral, ya desde Grecia, lo intentó. La tradición socrática dio vueltas, vueltas platónicas, aristotélicas, epicúreas, megáricas, cínicas y cirenaicas a esta vinculación, a menudo desde la idea de la "ebulia" (εὐβουλία), el "buen consejo" que se busca dentro de uno mismo o en los demás para hacer el bien si se es una persona inteligente, o quizá el esfuerzo de las buenas personas para pensar correctamente y que el error no les lleve a actuar mal, que quizá no sea lo mismo.

En cualquier caso, la fascinación por el descubrimiento de personas miserables, pequeñas, de mente sucia, de gesto odioso es común. Personas sin humildad ni grandeza ninguna, que no dejan de ser algo que no encaja del todo en ninguna teoría del bien, por lo que a menudo se ha tratado de construir una metafísca del mal que dé cuenta del comportamiento de esos seres. La inteligencia, tal y como la entendemos hoy en día, ha sido abordada sobre todo por teóricos como Alan Turing en el marco de la teoría de la computación, donde la estupidez no es más que una malfunción del sistema, pero la vinculación entre pensamiento, entendimiento y razón viene de muy antiguo, antes de que los científicos sociales (autodenóminados científicos, diría Gustavo Bueno), saltaran desde el estudio de la conducta humana a diversas teorías abstractas acerca de su naturaleza y posteriormente las ciencias cognitivas trataran de ir un paso más allá mediante la adicción de otras especialidades auxiliares como la neurología, la lingüística, la matemática o la lógica simbólica.

Construir explicaciones a posteriori desde el lenguaje propio de una teoría es sencillo.

Entender a los gilipollas no lo es.

Y es que el Cross de los Tres Refugios dio de sí, el pasado domingo, para hablar y reflexionar mucho con mi amiga Cata (cuando me alcanzaba el aliento, aunque que ella, bendita sea su energía infinita, no lo perdía nunca). Hablamos sobre la maldad humana y sobre personas malas que nos quitan la alegría y que nos intentan quitar un trozo de nuestra felicidad entre otros muchos temas. Del daño que hacen a los demás. Incluso nos cruzamos con alguna mala persona por allí. Por poner un ejemplo en concreto el tipo de persona que se dedica en las carreras que compite, que al final no gana, a desbalizar el día anterior parte del recorrido que se va a recorrer al día siguiente para que quienes vayan delante quizá se puedan perder si no encuentran las marcas. Ese tipo de gente que se creen grandes deportistas porque corren rápido... bueno, no rápido como Bekele o como Kilian, más rápido que el vecino, que es a lo que pueden aspirar.

Antes de seguir ya aviso (por si alguien se queda esperando) que de la carrera no voy a contar nada. Ni de los avituallamientos miserables sin comida (ya os vale, RSEA Peñalara), ni de los paisajes maravillosos, ni de la dureza de la prueba, por lo demás estupenda.

Foto: M.A. García Lara
Sin photochop. Qué bonito está el campo en primavera.
El tipo de imbécil al que nos referimos es gente que cuando se cruzan con un corredor lesionado en una carrera que se retira (momento difícil para cualquiera), con más de 40 años de vida deportiva detrás, cientos de kilómetros por las montañas de Guadarrama en las piernas y nada que demostrar a un fantasmón, le dicen "si es que tenéis que mirar en dónde os apuntáis" con un gesto de suficiencia.

Y estos gilipollas me calientan y me cabrean. Mucho. Corren rápido (no lo suficiente, por cierto, siempre serán segundones, lo que me alegra infinitamente). Y ya nos hemos encontrado con ellos, sobre todo en las redes sociales, donde los más cobardes se atreven a faltar al respeto desde la distancia, a abrir su bocachancla sin miedo a que se la cierren con una buena respuesta (no, no con una hostia, aunque la tentación es grande). Gente que muestra su desagrado públicamente hacia los que corren despacio, aunque muchos de los "trotones", de los "paquetes" lo hagan desde la experiencia y sean perfectamente competentes, prudentes y experimentados y tengan un palmarés que lo acredite de sobra.

Se me viene a la mente la reciente noticia de que la policía ha destapado una trama de doping entre deportistas "populares". Otro ejemplo de pobres imbéciles que necesitan correr cinco minutos más rápido el medio maratón para.. ¿para qué? Si correr una media maratón en 1:35 o en 1:45 es lo mismo. Como logro personal no, porque requiere mucho esfuerzo pasar de lo uno a lo otro, pero en términos absolutos es ser igual de manta, tan manta casi como el que entra el último en dos horas. Entiendo la tentación del tenista de élite que le ofrecen un "recuperador" alegal y enmascarado que le va a permitir ganar mucho dinero en publicidad, entiendo el profesional del ciclismo, el gregario que siente la presión para hacer lo que hace el resto del equipo y se juega el sueldo si no lo hace, pero que el vecino del quinto se hormone y se haga una mierda el hígado y se arriesgue a un tumor para sacar pecho por hacer un "sub. 3h 30' " en el maratón de su ciudad, no es de deportistas.

Es de tramposos acomplejados... y tontos, muy tontos.

Y parte del problema es que no entienden el deporte. Sean el campeón de la oficina o del bloque de vecinos, tengan título de entrenador o la camiseta de un conocido club. A una carrera se puede ir a superarse a uno mismo (corriendo más rápido que otras veces o más distancia), a superar a los demás sin hacer trampas (si, a ganar carreras, para eso es una carrera), o a disfrutar del ejercicio, de la compañía y sentar las bases de una vida sana y activa. Si se va con la idea de que correr más rápido le hace mejor a uno en algo, en cualquier cosa, en cualquier otra faceta de la vida que los demás, es que se es un "tonto del trail", un infeliz.

Y, como reflexionamos Cata y yo por el largo camino, la infelicidad es la clave a menudo. Las personas que son profundamente infelices acaban odiando y despreciando todo, porque buscan un origen a su infelicidad fuera de ellos mismos.

Nos conformaremos, aunque hoy le deseemos una patada en la ingle a algún "machaquita", con no convertirnos en eso y no tener que arrastrar el resentimiento con nosotros del mal que nos hacen las personas pequeñitas (moralmente).