martes, 11 de junio de 2013

La insociable sociabilidad

Ir solo o ir acompañado, esa es la cuestión.

Por supuesto no hablamos de correr cinco kilómetros o de hacer un entrenamiento trotón, sino de esa metáfora de la vida que es la carrera de ultrarresistencia en la que te embarcas durante horas y más horas y que requiere trabajar la parte mental tanto o más que la física. Las metáforas de la vida, por cierto, son importantes, hasta los buenos terapeutas las emplean.



A menudo nos encontramos con el dilema. Ir a nuestro ritmo, concentrados en el camino, pasando etapas... Nos ponemos a andar, nos sentamos cinco minutos en una piedra a comer e hidratarnos. No tenemos prisa ni nadie que nos la meta (con perdón), podemos acelerar cuando vamos mejor y subir el ritmo cuando nos lo pide el cuerpo. Seguimos nuestros propios ritmos y eso es muy cómodo, sobre todo en carreras donde hay muchas subidas y bajadas, porque casi nadie tiene la misma técnica de carrera. La soledad permite reflexionar, "salirse de la carrera", permitir que la mente vagabundee por ahí y los kilómetros se vayan disolviendo sin que nos enteremos, metidos en nuestras fantasías y ensoñaciones. En las partes difíciles nos permite "meternos en carrera", concentrarnos en cada pisada y olvidarnos de todo menos del siguiente apoyo que tenemos que hacer. 

De vez en cuando nos encontramos a alguien y compartimos unos metros. Lo usamos de liebre, para marcarnos el ritmo, o para recibir algo de conversación. Ir solo no significa renunciar a esto. Es verdad que usamos a esas personas con las que nos cruzamos pero como ellas a nosotros. Son contactos fugaces, nada que ver con hacer carrera en grupo. Ir solo es cómodo, es una opción más, no tiene nada de malo.

Pero ir con otra persona te obliga a menudo a forzar el ritmo, a posponer una parada, a adaptarte a las manías, defectos y achaques de otra persona. Si estás acostumbrado a ir en soledad, agruparte es difícil al principio. Parece la peor opción si llevas un tiempo yendo en solitario. También ir solo parece muy difícil cuando tienes el hábito de correr al ritmo de tu grupo de entrenamiento que te acompaña siempre a todos los desafíos. Cuando te has hecho dependiente de la compañía.

Desde luego va por temperamentos. Hay gente que no aguanta estar sola en un ultra y al revés, quien no soporta la compañía. Cada opción tiene sus ventajas e inconvenientes y elijamos lo que elijamos, en definitiva, renunciamos a algo. Hay gente que va bien sola o acompañada y, seguramente la mayoría, siempre añoramos lo contrario de lo que tenemos.

Kant hablaba de la Insociable sociabilidad como la necesidad del ser humano de pertenecer a una sociedad, pero también a rechazarla, destruirla y apartarse de ella. La necesidad de socializarse, convivir, pero la resistencia someterse a los otros y a vivir bajo sus reglas.

Tenemos los dos impulsos, las dos necesidades. necesitamos compañía y soledad. Si encontramos quien sepa darnos ese espacio, adelantarse y esperarnos un poco más adelante, sabiendo que luego haremos lo mismo por esa persona. Que camine a nuestro lado cuando le necesitemos, que esté ahí en los momentos duros y, también, en las risas y la diversión que hacen que los kilómetros pasen con alegría... entonces habremos encontrado un tesoro. Es difícil. Hay momentos en que el cansancio, el deseo de disfrutar la soledad hace que no nos demos cuenta de lo que nuestra compañía necesita, que nos olvidemos de dar además de recibir. Si nos marcan un ritmo muy lento o muy rápido, hay que darse cuenta que la otra persona también tiene su ritmo y hay que respetarlo hasta cierto punto, sin olvidar eso de la asertividad tan de moda, de decir que nosotros queremos ir más rápido o más despacio. Ajustarse si es posible.



Pero hacer una ultradistancia con la compañía adecuada es una de las cosas más satisfactorias que hay. Ya hablamos de las malas compañías, de las que hay que huir como de la peste. No nos referimos a esas. 

El truco está en dar espacio a la compañía, en "dejarse caer" del grupo un poco para alcanzarlo después, en adelantarse cuando vemos que estamos forzando el ritmo y esperar unos kilómetros más adelante. En callar cuando vemos que la conversación produce irritación (todo el mundo tenemos nuestros momentos, nuestra "pedrá") o en dar palique cuando es el momento.

Y es que las personas somos muy complicadas. A veces queremos que nos den espacio, a veces que nos propongan planes, en ocasiones que nos hagan caso y otras que nos permitan hacer caso a la otra persona. A veces contar lo que llevamos dentro, a veces escuchar.

Y una de las cosas más maravillosas que hay es recordar aquellos momentos en que compartimos unos kilómetros con alguien. Cuando volvemos la vista atrás y recordamos un lugar y no podemos separarlo de esa persona en nuestro recuerdo. Cuando es un recuerdo lleno de alegría y se ha forjado una amistad en pocas o muchas horas.

Y, como siempre, me he extendido en el preámbulo, así que ya hablamos de lo de correr, como siempre, otro día.




lunes, 13 de mayo de 2013

Maratón y media y de las malas compañías


Santuario de Sant Joan de Penyagolosa
Parece que fue hace nada cuando con Raul, compañero del Mástil Metal Running y de otros "fregados",  completábamos nuestro primer "ultra".. bueno, ahora que me fijo, no hace tanto, solamente tres años... una compañía que he echado en falta este fin de semana por el Parque natural de Penyagolosa.

Fue la Marató i Mitja (maratón y media) Castelló - Penyagolosa, que como su nombre indica, recorre las montañas que separan la ciudad de Castellón, junto al Mar Mediterraneo, del castillo de Panyagolosa, en el límite con la provincia de Teruel, 65 kilómetros al interior, en un "marco incomparable" (que es donde solemos hacer estas cosas los ultratrailers).

Aquella ocasión fue un éxito absoluto para nosotros. Invertimos menos de 12 horas en el trayecto, andando las subidas y animándonos (literalmente, en plan "¡ea, vamos a darle!"), a trotar las bajadas, porque nunca habíamos hecho nada parecido y nos costaba mucho arrancar a correr con las piernas acartonadas. Era un "ultratrail" porque se corría una distancia superior a la del maratón... un poco mayor, medio maratón más, pero con un desnivel aceptable para nosotros que ya nos las habíamos visto con Maratón Alpino Madrileño.

A nueve días de la Marató i Mitja, y justo después del Maratón de Madrid (crónica aquí), salí a correr cincuenta minutos comprobando que estaba aún bastante tocado del esguince. No tenía demasiadas molestias, pero aún no tenía la articulación lo suficientemente fuerte para propulsarme corriendo en pendiente hacia arriba durante mucho tiempo. ¿Me adaptaría en una semana? Probablemente no. Aunque uno quisiera no es, en orden de capacidad regeneradora creciente, ni la Masa, ni Lobezno, ni David Cortes "Botón".


Preparando la distancia de 100 millas del Uhunmilak, 65 kilómetros deberían ser un corto paseo de menos de 10 horas, pero las circunstancias convertían lo que debiera haber sido un trámite de entrenamiento en un nuevo desafío... ¡Bien!

Tiene uno la esperanza de que todo se recoloque y con un chasquido ¡clap! vuelva a su sitio... y acaba ocurriendo. Pero volviendo a lo del tobillo..., parecía que la rehabilitación marchaba bien y dos días antes de la carrera ya podía correr por la Casa Campo, subiendo las cuestas con normalidad y sin molestias y notando apenas (a penas) que tenía menos fuerza que antes en el tobillo izquierdo. Un leve alfilerazo que se clavaba a veces en la cara interior... lo que viene a ser en el ligamento inserto en el maleolo interno... da igual, "en el pie". Suficiente.

Los amigos y miembros (con perdón) de CxC estarían allí también. Otra ocasión para el encuentro. No, si al final tendremos que organizar alguna pronto. Quizá Spanjaard quiera pronto atender el clamor popular (muchos estamos deseando) y organice otra edición del Peor Maratón del Mundo. Tengo algunas sugerencias al respecto, en concreto por zona chabolista de la Cañada Real + Vertedero de Valdemingómez + rivera del Manzanares a la altura de Perales + depuradoras hasta Villaverde. Este año los organizadores del Mapoma han intentado quitarle el honor a Spanjaard de organizar el peor maratón del mundo, si no con el recorrido, que requeriría currárselo, tirando por lo fácil con una logística deplorable desorganizando a los (insuficientes) voluntarios que dieron, sin embargo, lo mejor de sí.

El viernes salgo desde el trabajo sin pasar por casa, directo a Castellón... pero la prudencia me obliga a parar en un área de servicio y descabezar 20 minutos de siesta cuando empiezo a notar el cansancio acumulado... la cuestión es que he dormido bien, incluso con un sueño premonitorio de por medio... por supuesto no llego al briefing de la MiM, y tan solo quedan camisetas XXL en la zona de entrega de dorsales... tanto esfuerzo por quedarme como un figurín para nada, maldita sea. Lo de la charla técnica, como ya he corrido la prueba no tiene importancia y, en cualquier caso, todo lo que se debe saber sobre ellas está recogido en la sabiduría destilada del blog de CxC, aquí: http://corriendoporelcampo.blogspot.com.es/2013/05/teoria-y-praxis-del-briefing.html

Localizo a Jorge y Luis acabándose la consumición. El control de dorsales es a las 5 de la mañana, así que el encuentro es breve y nos recogemos sin más. Quizá mañana me pueda tomar una con ellos.

Llegada al albergue, comer la ensalada de pasta (ración triple), unos dulces y a la cama.


La excelente organización logística me permite llegar media hora antes de la salida, aparcar y dejar la bolsa en el ropero (en 30 segundos, es decir, 29 minutos y 30 segundos menos de lo que hubiese tardado a esa hora en el Maratón de Madrid) y reunirme con el resto de los corricolaris del "cajón" de 9 a 12 horas. Detrás de mi, con 74 años, Don Francisco Contreras Padilla, "Superpaco", un legendario con un palmarés impresionante, que va a hacer la prueba de 118 kilómetros. Yo este año me he apuntado a la otra, la infantil, la de 63 kilómetros y pico. Dejamos la grande para los hombres (y mujeres).


Bueno, 63 kilómetros p'rriba, con 3.000 metros de desnivel positivo, ya entretiene.

Sobre todo si hace 13 días has corrido un maratón que te ha dejado como si te hubiese pasado una apisonadora por encima.

Y si no tienes fuerza en el tobillo izquierdo y correr cuesta abajo es un suplicio. Menos mal que "solamente" son 1.800 metros de desnivel negativo acumulado. ¿Solamente? La vieja duda que me asalta en todas las carreras: "¿Qué c... hago yo aquí en vez de estar calentito en la cama?"

Jorge y Luis van a acompañar a unos amigos que irán andando, así que me quedo solo según salgo del estadio del la Universidad Jaume I.

Estar solo... ¿es estar en buena compañía? Bueno, pues depende. Hay momentos en los que eres la peor compañía del mundo, y otras está muy bien. Hay unos momentos para la soledad y otros para la compañía.

"...un tiempo para esparcir piedras,
y un tiempo para recogerlas;
un tiempo para abrazarse,
y un tiempo para despedirse..."
Eclesiastés 3-5

Ahora mismo, en soledad me siento bien acompañado.

En los ultras puedes pasar mucho tiempo con alguien o ir en soledad. Reflexionaré sobre lo difícil que es ir al ritmo de otra persona con Jorge, de Castellón, que conoceré en la última subida después de que hayamos ido toda la carrera adelantándonos el uno al otro, haciendo la goma. Hace todos los años el maratón de Castellón y la Marató i Mitja, pero acabará corriendo distancias mayores. Él no lo sabe, claro, pero se pasará a los tres dígitos antes de un año. Se le adivina al hablar con él.

Tomamos la salida corriendo a buen ritmo, porque en el kilómetro 5 empiezan los senderos y, si no has pasado a todos los marchadores, se forman "embudos" antes de la subida a la Pedra de Borriol. Subimos en un plis y sin problemas. La gente va de buen humor y bromeando. Es el grupo que entrará en una 9 horas y media y yo debería con los de 10 con la lesión y las secuelas del maratón que arrastro... en el grupo de 9 si no me hubiese lesionado.

Voy con cuidado todo el rato, concentrado en la pisada, pero ¡ay!, latigazo, me doblo el pie... espera, me lo he doblado en la dirección correcta, lo que pasa es que aún no tengo tanto recorrido articular y lo he excedido varios grados al pisar una piedra. Osteópata gratis. Sigo corriendo todas las cuestas arriba, todos los llaneos y las bajadas, que aún no son muy técnicas. Lo técnico del terreno viene determinado por 1: la destreza de cada cual, 2: el cansancio y 3: el terreno.

Llega una bajada difícil y sé que no puedo correrla, solamente trotar y dar saltitos a buen ritmo, apartándome a un lado cada vez que baja alguien... normalmente dejas pasar a dos o tres y luego les pillas cuando se atascan con alguien de delante... vamos, que tardo lo mismo que si les estorbase, pero quedo bien y no le aguanto las prisas a nadie.

De todas maneras el protocolo en montaña es dejar pasar si vas despacio, avisar y pedir paso cuando vas más deprisa, pero cuando hay atasco, hay que adaptarse a él y aprovechar para beber, relajarse y bromear con la gente. Bueno, menos las malas compañías. Esas personas que van amargadas y te roban la energía y el buen rollo. Tengo delante a uno (y en el curro ni os cuento), rezongando de la gente que toma la salida "fuera de su lugar" y luego estorban a otros como él. Dice que si todo el mundo saliese en su orden, no habría atascos... mentira. Si metes a 2500 personas por el monte, al llegar a senderos por los que hay que pasar de uno en uno, se forman embotellamientos. Puedes ir más rápido, pero tienes que pensar que quien tienes delante, el de delante del de delante y el que tienes atrás, también pueden ir más rápido. No sufras, deja de lloriquear y de crear mal ambiente. La solución es sencilla: aguantas los 200 metros de bajada que quedan y después te lanzas a 4 minutos por kilómetro los 50 kilómetros que faltan hasta la meta... no será así, me lo iré cruzando todo el rato hasta que definitivamente le deje atrás unos 10 Km. antes de la llegada. Malas vibraciones, una persona a evitar. Son "asfalteros", gente que le preocupa, con 7 horas de carrera por delante, como mínimo, perder 5 minutos en un momento dado. Son los que luego buscan excusas para justificar no haber hecho la marca buscada. Pero en las carreras y en la vida, a los agonías es mejor dejarles pasar primero y cuando revientan, pasarles, darles ánimo (por joder) y dejarles atrás, far, far away...

Mejor solo que mal acompañado, volvemos al tópico.

Por ahora voy al mismo ritmo que en 2010. Llego, sin embargo, al kilómetro 35, Les Useres, 15 minutos antes. Han cambiado el recorrido y ahora el avituallamiento está en mitad del pueblo. Uy, qué bajón, esperaba sentarme un poco, comer un bocata y sin embargo tengo que tirar para delante. Arramplo con unos pastelitos (qué ricos), que ya iré comiendo en cada avituallamiento hasta el final de la carrera. Uno para mi, otro por Raul, que le espero en 2014. Esperando, pero sin detenerse, como con otra gente que sé que me encontraré de nuevo en el futuro aunque por ahora no me acompañen.

Me paro sin embargo a la salida del pueblo cinco minutos a apretarme los cordones y aprovecho para contemplar el paisaje. 15º de temperatura perfecta, cielo plomizo y el viento nos abraza con una brisa suave y agradable. Me acuerdo de una amiga con la que he compartido piedras, bocadillos en el campo y reflexiones. Uno a veces se da cuenta de lo buena que es una compañía cuando recuerda y repasa los mejores momentos de soledad acompañada. Esas escenas que se quedan grabadas en la mente aunque en su momento pasan desapercibidas y que otro paisaje, un olor, una música, traen a la conciencia por un momento.



Dos horas a San Miguel de Torrecelles. Punto de no retorno. Llegando allí esto ya se acaba aunque sea reptando. Sigo con el grupo que entrará aproximadamente en 10 horas. Se me ha intentado acoplar un walking dead que tiene el psoas a la vinagreta y quería enganchar con alguien para ir andando lo que queda... tiro para delante y conozco una pareja. Él lleva 14 ediciones consecutivas de la MiM, todas menos la primera, resulta que este verano hemos coincidido en el épico Ultra Trail del Mont Blanc. Me dice que tiene dorsal para la Ronda del Cims, 170 kilómetros con 13.000 metros positivos, le digo que tengo dorsal para la Ehunmilak, 168 con el mismo desnivel, me dice que tiene los meniscos cascados, le digo que he tenido un esguince grado 2 hace un mes... un alma gemela. La rubia simpática (y guapa por añadidura) que va con él resulta que no es su pareja. Hoy no es su día, se nota flojilla. Bromeamos con la idea de tomar el desvío que surge ante nosotros a la derecha para ir por el recorrido de la CSP, la carrera larga de 118 kilómetros. Lástima, no va a mi ritmo y la tengo que dejar atrás. Era sin duda una buena compañía.

"...un tiempo para abrazarse,
y un tiempo para despedirse..."


En San Miguel avituallamiento XXL, como la camiseta. De lujo. Me siento a comer pizza, fuet, dulces y beber isotónico 10 minutos con dos desconocidos. Repaso a los pies. Van bien. Lo que queda es casi todo de andar, faltan subir 1500 metros en 20 kilómetros. Una media maratón vertical para la que hay que pillar fuerzas. Hay que arrancar, así que me despido de los dos compañeros.




Un trocito para abajo y subidón para arriba, así que aprovecho a trotar un poco para soltar las piernas. El protocolo del ultrero. Otras sensaciones con las que estoy familiarizado. Me visita el Yeti... conocido en asfalto como "el muro" o "el tío del mazo" y en ciclismo como "la pájara". Esa sensación de que te abandonan las fuerzas y no avanzas. No pasa nada. En las carreras ultra, a partir del kilómetro 50 me visita de vez en cuando. Ando, me hidrato, una barrita energética, música en el mp3,... empiezo a adelantar a gente en la subida a Xodos, quinto control, kilómetro 55. Corro un poco para arriba. El Yeti se ha ido.

Empieza a llover y pronto se convierte en un pequeño aguacero. Nada del otro mundo. No hace frío. Aquí ya empiezas a pensar en meta, pero con prudencia, porque quedan dos horas andando, hora y cuarto corriendo... al final echaré más de hora y media, porque las bajadas ya las llevo fatal. Mi tobillo no da para más y tengo que ir renqueando los últimos 3 kilómetros. Dejo a Vicenta bajando como un gamo. Nos hemos ido cruzando toda la carrera. Ella sube mal, como yo bajo, e intercambiamos destrezas cuando ella baja y yo subo. 63 años y está hecha una máquina de correr por el monte. Buena compañía.

Renqueando, renqueando, encaramos la recta final. Hora de hacer una pose para la posteridad y otra muesca en el revolver. Van... no sé. Si llevas la cuenta de cuantos ultras has hecho, es que llevas pocos o te has propuesto el reto de alcanzar una cifra determinada en un plazo.


Casi media hora esperando a que se complete el autobús que nos llevará de vuelta. Me encuentro con Jorge. Ha dejado a los caminantes en Les Useres y ha roto a correr la segunda mitad con la energía de un medio hombre plancha (half Ironman). Ha llegado dos minutos después que yo. Se le va a quedar corto el Gran Trail de Peñalara. Allí nos veremos.

Hora y media de viaje a Castellón con el voceras que más grita del mundo detrás. Absolutamente desagradable el tono y el volumen de voz. Está en un estado maníaco, pero además es el típico bocachancla que cae mal a la primera. ¿Qué hacer?. Tengo unos auriculares de esos con clip y ajuste de silicona. Lo uso en el trabajo con una finalidad similar, el de ignorar el bochanclismo y el hijoputismo ambiental. Malas compañías hay en muchos sitios y algunas no las puedes escoger. Me los calzo y pongo a los Kalmah a todo volumen. Lo mejorcito del Death Metal estilo Goteburgo.




EPÍLOGO:

Llego al albergue Argentina en Benicasim. Muy recomendable. Por 15 € habitación doble con baño para uso individual y desayuno “bufé” adecuado a ultratraileros. Bien, sin tele (tengo smartphone, calidad “full HD”), sin toallas ni jaboncitos. Como la toalla es el objeto más útil del Universo, según la Guía del autoestopista galáctico, nunca viajo sin una (tengo otra en un cajón en el trabajo y una más en el maletero del coche). Los jaboncitos... para algo los voy juntando en otros sitios a los que voy. Tengo para llegar hasta 2050. De todas maneras con eso que sale del grifo y que llaman agua no se puede hacer espuma (ni un café decente).

Estoy molido, pero luego pondré un mensaje a los amigos manchegos por si encarta tomarse una cervecita en Castellón (y un jabalí, que estoy desmayado). Pico algo... me lío y me pongo hasta las trancas. Ducha, pies para arriba y somnolencia... ay, ay, ay... les pongo un whattsapp y empalmo 11 horas durmiendo como un angelito (ellos tampoco salieron al final). Duermo libre de malos pensamientos y culpas, pero sospecho que con buenas compañías, y es que el ejercicio extremo alimenta la líbido aunque limite la movilidad esquelética. Un problema que uno no tiene (por lo del uso individual de la doble), y menos, especialmente, en los sueños.

Me levanto maravillosamente. Un poco de agujetas en cuadriceps, psoas y abdominales, lo normal con tanta cuesta y, sorprendentemente, con el tobillo sin ningún tipo de molestia. Tengo la impresión de que podría salir a correr. Es increible esta carrera que bien me sienta siempre.

Paseo por la playa, mojarse los pies y de vuelta a casa.

No hay mayor placer que el de sentir el alivio que llega con la curación.












martes, 30 de abril de 2013

La lesión y el sentimiento de culpa

Faltaban 15 días para correr el Maratón de Madrid. Aquel en el que en 2006 corrí por primera vez la distancia de 42 kilómetros y 195 metros. La distancia "mítica" hay que añadir casi siempre como epíteto, porque viene a ser el ritual de paso de todo corricolari, su bautismo de fuego con una distancia que, aunque la entrenes, puede derribarte. La distancia que se corre más con la cabeza y el corazón que con las piernas, sobre todo cuando te estrellas contra "el muro" entorno a 10.000 metros antes de llegar a meta.

Pues faltaban 15 días y me hice un desaguisado en forma de esguince de tobillo en el Trail Batalla de Alarcos. De inmediato di por supuesto que no era probable que llegase para correr el Maratón este año.



No es que el Mapoma (Maratón Popular de Madrid) sea mi carrera favorita, más bien tengo una relación de frustración con ella, y nunca consigo salir satisfecho del resultado conseguido después de aquella primera vez. Después lo he intentado en otras cinco ocasiones en las que, si bien he conseguido llegar siempre, he hecho un tiempo muy por debajo del que debiera, según los entrenamientos que llevaba acumulados de los meses anteriores.

Esta vez tampoco.

Había entrenado salvajemente los últimos meses. Había usado el running como válvula de escape para todos los elementos de estrés que me rodeaban con buen resultado para lo de las tensiones espirituales, pero sobre todo para mi nivel como deportista. Se suponía que corriendo el maratón entorno a tres horas cuarenta minutos tendría la "chispa" necesaria para empezar con los entrenamientos para el objetivo (deportivo) de este año. Una carrera de 168 Km. y 13.000 metros de desnivel positivo por los montes de Euskadi: la Ehunmilak. El resultado de los esfuerzos eran 5 kilos menos en la cintura y 15 minutos menos en la media maratón de Latina. Una auténtica burrada, un resultado extraordinario que me invitaba a "saldar cuentas pendientes" con la carrera que me había vencido en las últimas cinco ocasiones que la había enfrentado.

Vas por ahí sin mirar mucho donde pisas,... en todos los sentidos... asumiendo el riego porque crees que estás fuerte de sobra y de pronto, sin darte cuenta, cuando menos te lo esperas, te haces daño. He andado últimamente muy "lesionado" y no del tobillo y parecía que ahora el cuerpo venía a llenar ese espacio de daño y dolor que había ido desapareciendo del alma. Algo mucho más soportable, eso si.

El origen de unas conductas que mucha gente no dudaría en calificar de autolesivas estaría, según creo, en un exceso de sentimiento de culpa. A ver, la culpa no es algo malo. la gente que no es capaz de sentir culpa por sus errores, por el daño que puede hacer a otras personas, es una psicópata. La ausencia de culpa lleva a lesionar y dañar a la gente sin deseo de reparar el dolo que se ha provocado, mientras que cuando hay un exceso, cuando nos cargamos con más peso de culpa del que merecemos, el objeto del daño solemos ser nosotros mismos. Pero la gente que no siente ninguna culpa, sobre todo, en el fondo, se hace daño a si misma también, porque se trata como la escoria moral como la que se comporta y se convierte en ella. Es mejor, creo, el exceso que el defecto.

Destrozarse a correr seis días por semana, más 100 Km. semanales era una forma de "hacerse daño" muy controlada y, en el fondo, traía beneficios indirectos. Mejor maltratar el cuerpo que la mente. Mejor un "maltrato" que en el fondo me hacía más fuerte, más rápido y más resistente. Un maltrato deportivo en vez de recurrir a tóxicos en forma de tabaco, alcoholes en gran cantidad o cualquier otra cosa que sepa que me sienta mal y a la que no ando acostumbrado.

El tiempo no siempre actúa de la misma manera en las lesiones.

Hay una fase aguda, en la que el tiempo pasa muy despacio y parece que la cosa no termina de mejorar. Es cuando todo el mundo te dice "dale tiempo", "no tengas prisa", "el tiempo lo cura todo"... en el caso del tobillo, el proceso pasaba por crioterapia (baños de contraste, hielo...), compresión (vendaje, medias de compresión...), elevación del miembro (je, je, je...), anti-inflamatorios (orales y tópicos) y descanso. 

Un asco. El tiempo no termina de pasar. Parece que nunca más estarás bien. El tiempo no cura, el tiempo duele. El tiempo es malo. No quieres más tiempo así. El tiempo no es la solución, es el problema.

No hablo del tobillo.

Después fisioterapia, ejercicios de potenciación, movilizaciones pasivas y activas, estiramientos, otra de fisioterapia... poco a poco se notaba la recuperación. El miércoles correr cinco series de cinco minutos a ritmo de una amiga que corría por primera vez (es decir, muy, muy despacio), con intervalos de cinco minutos andando. El viernes 30 minutillos ya casi sin molestias a ritmo de maratón. El día anterior un poco de monte. Caminar por piedra suelta y piornal para seguir fortaleciendo la zona, eso si, a costa del supuestamente indispensable descanso previo al maratón que todo asfaltero respeta... solo que yo no soy un corredor de asfalto, sino un corremontañas de ritmos diesel. Mis reglas son otras.

Y tras 15 días parado, sin entrenar, ahí estaba yo. Con una bolsa de plástico para no congelarme, en la salida del maratón de Madrid, sabiendo que tardaría unas cuatro horas en recorrer el la distancia de 42.195 metros y sin dar un duro por la posibilidad de acabarlo. 

Pero el tiempo ya era un curador. El tiempo era un aliado y cuanto más pasaba, más me separaba del dolor. Bendito tiempo. Lástima que no hubiese pasado otra semana más. Ahora si, el tiempo lo cura todo.



Porque si la lesión llega por sorpresa, la recuperación, misteriosamente y a pesar de desearla y anticiparla, también te pilla desprevenido.

Tome la salida, aterido, al ritmo que me permitía el pié, que era mucho mayor, es decir, más lento, que el que había entrenado hasta dos semanas antes. Paso los primeros kilómetros a seis minutos por kilómetro, con molestias en la articulación y compensando forzando la pierna contraria. Todo auguraba que no iría mucho más allá de 10 kilómetros en este plan.

Sigo calentando y ganando recorrido articular en el tobillo. Muy bien. Quizá llegue al medio Maratón. En la salida he encontrado a Spanjaard y ahora cazo a Ademir, del Mástil Metal Running, mi equipo. Está corriendo la media maratón y compartimos kilómetros que se hacen amenos y llevaderos en compañía. Cuando le dejo entro en la zona más entretenida y animada y, después llega enseguida la media maratón. La paso en más de dos horas. Si fuese fresco, no estaría mal. podría hacer la segunda mitad más rápida y entrar en cuatro horas, sufriendo lo justo. Pero tengo la musculatura machacada desde el 18, y noto el tono al borde del calambre. no creo que llegue sin que se me agarrote algo y tenga que parar a estirar y caminar, el punto de no retorno que convierte lo que queda en un suplicio inacabable por el que vas renqueando como un walking dead.



Por la Casa Campo mantengo el ritmo, empiezo a adelantar gente. El tobillo ni lo noto, aunque tengo el cuadriceps contrario cargadísimo. Me encuentro a Rafa, compañero que me acompañó el día del esguince. Nos saludamos con el universal gesto de la mano cornuda heavymetalera. Me encuentro también otro amigo, Miguel, que me acompaña unos metros y me da ánimos. No sé si los encuentros, los geles que me tomo, la música épica que acabo de poner en el mp3 o empezar a "comer cadáveres" de los corredores que han salido a un ritmo por encima de sus posibilidades (siempre anima esta dieta) pero me vengo arriba. No encuentro a Rául, que me acompañaría los últimos diez kilómetros en el lugar convenido. Yo llego unos 10' tarde, por tanto deduzco que no habrá podido venir. Como ayer perdí el teléfono no me ha podido avisar. Cambio el mp3 y me pongo los 70 minutos elegidos para acompañarme desde "el Muro" (kilómetro 32 aprox.) por la agonía hasta la meta.

Agonía, del griego αγωνία: "competición". Sufrimiento extremo que da purificación (katarsis) a través de la superación de uno mismo en el enfrentamiento deportivo.

Nunca había corrido un maratón estando tan machacado. Miro el reloj. No he bajado el ritmo. De hecho acabaré corriendo la segunda mitad de la carrera un minuto más rápido que la primera mitad, a pesar de que es "p'arriba". Ahora corro de "cabeza", y la tengo más dura (con perdón) que el tobillo. Los últimos 20 kilómetros adelanto mil corredores, mil, al borde del calambre muscular que me llega cuando se para en mitad de la subida final del kilómetro 40 un "muerto viviente" que me hace tropezar. Aprieto los dientes. Sigo. parece que aguanto...

Veo a Hernando. Ayer estuve con él en la Cruzapedriza, en el Boalo. Choca mi mano, kilómetro 41... solamente uno a meta. Toca sonreír, soltar piernas, disfrutar. No me lo creo. He llegado.

Cruzo la meta y atravieso el lamentable caos organizativo eufórico. Ahora lo pienso. El tiempo, aún estando muy por encima de lo que tenía previsto hace un mes, es bastante aceptable. Mejor marca personal en el Mapoma, que me queda pendiente de hacer en menos de cuatro horas.

Y al final, las lesiones, las culpas, los daños, los dolores... se curan. Mañana me va a doler todo, pero hay muchos tipos de dolores. También, como decía una mi amiga Pilar hace poco en la amistad caben muchas amistades, en el amor muchos amores. En el amor, amoramigos y en la amistad amistoamores.

Aún tengo que llegar al coche, no sin antes llevarme la habitual alegría de encontrarme a Joshua, como cada año, animando (este año no corre) y repartiendo energía positiva y sonrisas a su alrededor.

Caminar con las piernas como dos tablones hasta el coche, supuestamente cerca, apenas un par de kilómetros...

Me duele todo menos el tobillo. ¿Estaré curado? Bueno. El martes me repasa mi fisioterapeuta y ella ya me dirá sobre el tobillo. Del resto... seguiremos haciendo ejercicios de rehabilitación.

lunes, 15 de abril de 2013

Trail Batalla de Alarcos




¡Quién lo diría! Relacionado con el hecho de que la profesión periodística sea una de la más afectadas por la crisis, noticiones del tipo "borrasca en el cantábrico en invierno", "lluvias en primavera" o, dentro de pocas semanas, "hace calor en Sevilla al mediodía", inundan los telediarios, blogs y conversaciones de ascensor.


Pero, inexorablemente, se acercaba el buen tiempo. Por fin ya ha llegado. No han podido impedirlo.



Los últimos fríos y lluvias de esta primavera ya no consiguen frenar nuestro ansia de salir a entrenar, de lanzarnos al bosque, a la trailera y al cortafuegos. Estábamos ya ansiosos por recorrer viejos y nuevos caminos. Igual que en el poema de Kavafis, esperamos ahora fervientemente que el camino a Ítaca sea muy largo y muchos puertos nos den la bienvenida... pero dejando de lado el hablar siempre de lo mismo y volviendo a lo de correr...

El primer puerto soleado al que hemos arribado ha sido el Trail Batalla de Alarcos, que conmemora un episodio que no ha tenido la trascendencia de otros porque, en aquella ocasión, a nuestros antepasados cristianos les dieron un repaso... nuestros antepasados musulmanes, poco antes de que sucediera lo contrario en la más celebrada batalla de Navas de Tolosa. Todos ellos a estas alturas convertidos en polvo sus huesos y recombinados sus genes en nuestro ADN, afortunadamente para nosotros muy mestizo.





5:15 a.m. Wake up Manu,... The Matrix has you... rumbo a Valdemordor a recoger a Joaquín y Rafa, unos ultreros que están más fuertes que el vinagre. Tengo que echar gasolina antes, que he estado apurando los últimos días y llego tarde, con la hora muy pegada para ser puntuales en el II Trail Batalla de Alarcos. Joaquín no viene, así que nos vamos Rafa y yo con heavy metal de fondo y muy metido en nuestras venas hace muchos años.

Rafa, hermano del metal, me empujó algunos kilómetros a escobazos y hasta que me retiré en el kilómetro 90 del Gran Trail de Peñalara en 2010 y aún no me alcanzó en el de 2011, que se retiró antes por lesión cuando vi un grupo de "escoberos" de amarillo por detrás de mi, pero porque iban cerrando controles con dos horas de adelanto sobre tiempo oficial (ese año acabamos). Desde entonces nos hemos ido cruzando en muchas carreras, así como con otros nacidos "under the sign of the hammer" que nos saludamos haciendo el gesto de la mano cornuta.

Dos horas apretando hasta la salida y llegamos justo a tiempo de ver marcharse el pelotón y para salir a su caza detrás de él con los saludos de Ivan Palero, artífice y organizador de este evento al que dedica su tiempo y dinero con toda la ilusión de compartir una zona de La Mancha bastante desconocida o, por lo menos, alejada del cliché quijotesco de la llanura cerealista.

Nos encontramos también a Quique, Jorge, Luis y a Ramón, a los que conocemos de otras historias similares y de los que espero con ansia viva su crónica en el blog de su grupo Corriendo por el Campo.

Un grupo de unos 25 corredores y corredoras van a buen ritmo (joder, qué nivel, los últimos van escopetados. Aquí no se ha colado nadie por despiste) y charlando de lugares lejanos y carreras hechas y por venir. Oigo entre las conversaciones referencias a Transvulcania, Transalpine run, Maratón Alpino Madrileño, Zegama, Gran Trail de Peñalara...



El Guadiana va cargado de agua como si fuese el Ebro, los campos verdes se convierten en tapices amarillos de las flores recién brotadas al sol después de la abundancia de lluvias de las últimas seis semanas y bajo el sol radiante que ha decidido que, ahora si, ya es primavera. Pronto estarán rojos los campos por las amapolas antes de que el calor las arrugue como viejas pollas en pocos días. Toda esta belleza es efímera y será sustituida por el secarral que hay esperando a convertir estos paisajes dignos de una pradera inglesa en suelos ocres y sembrados de cardos. También tiene su encanto ese otro panorama duro y polvoriento, pero hoy toca mojarse los pies cada poco, como si estuviésemos en un arrozal.


Donde había un hilo de agua aparece un río, donde había un charco una laguna y nos empapamos los calcetines sin miedo a que no se nos sequen los pies.

La crecida del río Guadiana hace inviable la ruta original prevista, que implicaba vadear el cauce en un lugar estratégico (ya sabemos como es de inconstante el Guadiana. Las comparaciones serían odiosas, porque cada río hace lo que buenamente puede). Hay personas que son Guadianas y no hay que enfadarse con ellas ni guardarles rencor, simplemente aceptar que su cauce oscila y, a pesar de ello,  quererlas entrañablemente como aceptamos los pulsos en otros fenómenos naturales.


Mi compañero Rafael, que no se me olvide inmortalizar el momento, decide comprobar si las últimas lluvias han dejado el terreno mullido y posa en la siguiente foto como si se estuviese cayendo. Que no, que lo ha hecho a posta, que conste.

Rafa besando el suelo en agradecimiento ritual por la Primavera al llegar a un reagrupamiento
Nos acercamos a los restos de antiguos volcanes. De ellos no queda más que fragmentos reconocibles por los profesionales de la geología tras eones de erosión y sedimentación, pero tiene su encanto saber que fuerzas tan poderosas andaron sueltas por la meseta sur de lo que hoy es Castilla, la otra, la manchega.

A la derecha, arriba, los restos del volcán.
Corriendo mi modesta persona, para quien no me conozca.
Fotografía por cortesía de Rafa.
Por aquí fue la batalla. Nos comentará luego un profesional de la arqueología, que como todo el mundo en pantalón corto y sudado es difícil de reconocer como tal a primera vista, que se han encontrado entre los restos de la batalla camellos de los que nuestros antepasados almorávides llevaban al combate. Estos suelos rojos por los óxidos de hierro estuvieron en su momento empapados por la hemoglobina de quienes por un mismo supuesto dios, el mismo pronunciado en dos idiomas distintos, creían adecuado cortarse las gargantas en su nombre o, lo que es peor, por los derechos feudales de señores propietarios de la gleba y sus siervos de ella.




Hemos ido "picando" hacia arriba, lo que anuncia, en primer lugar, buenos paisajes y vistas y, en segundo lugar, la esperanza de una bajada técnica por la que lanzarse a correr como poseídos por los dioses del metal.
Ahora de frente.
El otro día el blog ha tenido más de cien visitas en un día,
así que me obligo a dar la cara y presentarme a l@s desconocidos


Y llega la cuesta abajo, divertida, momento de hacer poesía con las piernas y bailar una bajada... Nos empezamos a dejar caer y a divertirnos. Salto por aquí, finta por allá...¡¡¡¡¡ aaaayyyyyyyy!!!!

El dolor y la reacción al dolor llegan un instante antes que la conciencia de que me he torcido un tobillo. Esguince. Muy doloroso. No es una broma. Estoy en un lío.

Mi compañero se para y me presta auxilio. Intento seguir y no pararme para reducir el daño en lo posible, pero no puedo correr, solamente caminar... uf. Tengo el maratón en dos semanas. Me he lesionado y de momento me pierdo acabar el recorrido de 50 kilómetros previsto para hoy. Se me amontonan los malos presagios: los objetivos de la temporada, la forma física general que tanto ha costado conseguir, correr como válvula de escape a todas las tensiones a las que he estado sometido últimamente y cuya marea se estaba retirando... paciencia. Es pronto para saber como está la cosa. En el peor de los casos una paradita de dos semanas si no ha habido rotura grave.

Se queda conmigo Luis, miembro (con perdón) de Corriendo por el Campo y gran tipo y grata compañía. Vamos hablando de mi recién iniciada tesis doctoral y descubro en él mismo una valiosa fuente personal y varias documentales que ya le pediré por correo más adelante. Resulta que tiene interés y conocimientos por temas muy cercanos y relacionados con mi futuro campo de investigación. Qué bien. Otra cosa buena que llevarse hoy en la mochila. Caminamos hablando de nuestras cosillas hasta que Sagra, enfermera que venía hoy a hacer solamente 25 kilómetros, me viene a recoger con su furgoneta más o menos dos kilómetros antes del punto en que había dejado su coche. Más gente encantadora.



Llegamos a tiempo de ver entrar a los primeros (qué bestias). Nos invitan a empanada y cervezas (tengo que conducir, pero acepto un ibuprofeno para luego, que me acabo de tomar un diclofenaco). El tobillo está muy hinchado, con bastante edema, pero sin hematoma y puedo hacer el gesto, con dolor, de caminar. Tiene pinta de un esguince grado 1. Me doy cuenta que estoy rodeado de expertos en la materia: corredores de montaña, dos enfermeras y un socorrista como mínimo. podríamos escribir en un momento un tratado sobre esguinces y torceduras con los conocimientos reunidos de este grupillo.

Vuelta a Madrid, antiinflamatorios no esteroideos, frío en forma de bolsa de revuelto de ajetes cogelados con una toalla debajo, compresión, elevación del miembro (con perdón de nuevo) y reposo.



El martes tocará fisioterapéuta. Por anteriores experiencias supongo que me tocará una sesión de "masaje transversal profundo" o "Cyriax". Lo peor es que va sin epidural. En fin, son las reglas de juego, si uno no arriesga, no alcanza la gloria y, a veces, toca sufrir el dolor en su lugar. Otra vez hablando de lo mismo...

Hoy lunes no pinta mal, quizá por el efecto miorelajante, vasodilatador, diurético, análgésico y emborrachante en general de las cervezas del concierto de ayer por la noche y, es que uno está en la edad de salir.

¡Salud y Metal Trail!







viernes, 22 de marzo de 2013

Cuestabajo

Existe un tipo de carreras en las que cuando tomas la salida sabes que vas a llegar a meta. Lo harás más o menos bien pero te recuperarás en pocas horas y no sufrirás especialmente. Lo sabes antes de empezarlas. Entran dentro de la rutina, casi como cualquier otro entrenamiento.


Siempre puede ocurrir un accidente, una caída, un imprevisto, pero partiendo del entrenamiento y de la experiencia anterior hay un ritmo al que sabes que puedes hacerlo sin mayores problemas si no pasa nada raro (un pezón sangrante, un tropezón lesionante...). Por supuesto la distancia y el ritmo varían de una persona a otra. Para unas será trotar cinco mil metros en la cola del pelotón y para otras bajar de tres horas en la distancia mítica de los 42 kilómetros. Con el tiempo también cada persona es capaz de afrontar con comodidad lo que antes le parecía un insufrible ritual de paso digno de un adolescente masai de antaño en la caza de su primer león. Cuando haces carreras de 100  kilómetros "fáciles" para prepararte retos más duros y calculas con media hora los tiempos de paso y llegada a meta, miras hacia atrás y te sorprendes de que en aquella tu primera carrera de más de 10 Km. te asaltaran tantas dudas.

Pero hay otro tipo de días.

Son aquellos en los que te enfrentas a un entrenamiento o a una competición que están en el límite de tus fuerzas, que no sabes antes de empezar si vas a poder acabar, que son un desafío para tu cuerpo y, sobre todo, para tus pensamientos negativos y derrotistas, en los que vas a competir contigo mismo para acabarlas y que, de hecho, a veces no eres capaz de terminar. Donde sabes que tu cabeza te va a tratar de engañar en algún momento con dulces cantos de sirena de una retirada digna, una ducha caliente, una cama cómoda, una comida deliciosa, la cálida compañía de otros seres humanos.

Normalmente cuando alguien sin entrenamiento dice "no puedo más", es el momento en que puede hacer el doble de lo que ya lleva recorrido. En el caso de un ultratrailer puede hacer cuatro o cinco veces la distancia a la que le ha sobrevenido la sensación de extenuación, algo desconcertante para quien solo conoce el "muro" del kilómetro 30 del maratón, el famoso "tío del mazo" que te derriba de un golpe físico sin que te lo esperes y que convierte en una tortura para cuerpo y alma los 12.000 metros restantes.

En estas carreras puedes pasar sueño, frío, calor, dolores, desorientación, hambre y sed, cabreo, extenuación, aburrimiento, cansancio, miedo y dolor en distintos momentos y proporciones dependiendo del corredor y de la carrera. Por supuesto también tienen sus momentos geniales, por eso enganchan como una droga, como un veneno que te entra en el cuerpo y que no puedes sacar.

Cuando es una distancia o desnivel que nunca has enfrentado tienes la duda de si llegarás. En teoría esa duda debería mantenerse hasta el final de la carrera, porque hasta que no entras en meta no puedes estar seguro de que lo que te queda por delante no te va a superar. Cuando cada metro es un metro más de lo que nunca hayas corrido, cada paso podría ser el último que tu cuerpo tiene la capacidad de dar.

El truco mental es no pensar en la meta. Ir pasando controles de uno en uno, pensando solamente en el siguiente tramo que tienes por delante sin plantearte lo que te queda hasta acabar. Si en el Gran Trail de Peñalara te pusieses a pensar en lo que te queda al llegar a Canto Cochino en el kilómetro 18, allí te retirarías presa del desaliento, pero solamente piensas en el siguiente tramo, no en dónde vas a estar 80  o 90 kilómetros más adelante, al día siguiente, después de una noche "dándole duro" a tu segundo ejercicio favorito.

Es un buen truco. Sencillo. Sirve para las carreras de ultrarresistencia y para la vida en general. Cuando uno está atravesando un bache tiene que preocuparse, más que de estar bien, de avanzar en la dirección correcta, de estar simplemente mejor o mejorando. Confiar en que se tiene la fuerza necesaria. Dar otro paso adelante sin preocuparse de lo que queda para llegar. De esa manera los kilómetros se van quedando atrás y se cruza el arco de meta sin darse cuenta. Mientras vas pensando en avanzar y no en llegar se acaba el recorrido y se concluye la gesta personal, que por otro lado no tiene mayor mérito ni heroicidad.

Si por el contrario pones la mente en el final del camino, si cuentas los pasos que te quedan, cada uno de ellos será un sufrimiento. Como cuando te resistes a irte de donde debes marcharte y sientes como unas arpías te arrancan la carne a pedazos precisamente porque no te quieres ir, pero que si aceptas que no estás en el lugar adecuado y sigues camino, se convierten en mensajeros de los dioses que te guían hasta tu nuevo destino. Ojo, sobre todo en el sentido metafórico de aplicar el isomorfismo del ultratrail a la vida, no sirve sentarse a esperar que el Karma decida entregarte la llave de la felicidad y te resuelva tus problemas y culpas. El discurso "las casualidades no existen", "todo sucede por algo" es como avanzar sin mirar las marcas del camino. Te perderás, acabarás en un discurso fatalista de que todo lo que sucede tiene que suceder. Hay que moverse, hay que luchar por que quede menos y por no extraviarse, hay que analizar, razonar, decidir (con la cabeza) y actuar (con el corazón), salir de la "autoculpable minoría de edad" en la que tanta gente vive entregándose a una interpretación mágica de su vida y su entorno. Toca correr un poco, aunque duelan las piernas. Una hora más corriendo es una hora menos de sufrimiento andando y a estas alturas duele lo mismo una cosa que otra. A igual dolor, si el cuerpo puede aguantarlo, es mejor tardar menos en acabar.

Hay que buscar compañía enriquecedora, que te haga crecer. Un grupo del que entiendas por qué y para qué se reúne  Si empiezas a caminar junto a gente que te usa como un instrumento y no como un fin en ti mismo, esa gente que manipula, que compite sin deportividad, que no le importa dañar a su alrededor porque tienen la capacidad de racionalizar el daño que hagan o de restar valor a tu carrera, a lo que sientes, debes abandonar esa compañía e ir solo, pero si encuentras un grupo o a una persona en la que apoyarte y a quien apoyar, en el que ir dando el relevo y conversación, la noche pasará sin enterarte, con alegría y con la seguridad de que la recordarás por muchos años. ¿Eres capaz de reconocer la mala compañía? ¿Eres capaz de ver cual es tu equipo? El ultra puede ser un deporte de equipo, en el que salgas por el arco sin saber con quien vas a jugar "la partida"  y a lo largo del día y con el pasar de las horas lo vayas encontrando. Esos son los mejores equipos, los que surgen de una noche en blanco corriendo por un bosque en la montaña después de horas y más horas de sufrimiento diurno.

Hay un punto de no retorno en el que, sin embargo, si no media una lesión, ya estás seguro de que vas a llegar a tu destino. No piensas en lo que te queda, pero sabes que ahí esta el final. Lo anticipas, lo percibes. No importa la distancia, ni el tiempo que vas a tardar o el desnivel que falta por salvar, sabes que solamente tienes que dejarte llevar, seguir adelante. Como todo en esta vida, hay momentos en que se adivina, aunque no quieras pensar en ello, que todo va a ir bien. No es que todo esté bien, no es que estés bien (solo estás mejor), no sabes lo que te queda, pero... Hay un momento en que, subas o bajes, sientes que vas cuesta abajo, que puedes con lo que queda, que al negro invierno le está sucediendo inexorablemente la primavera.

Ya huele a meta.





lunes, 18 de marzo de 2013

Haciendo poesía con las piernas

Para definir una palabra empleamos otras palabras. Podríamos hacer gestos, ruidos, señalar a las cosas, pero no lo hacemos. Para contar qué quieren decir todas y cada una de las palabras de un lenguaje, empleamos una "explicación", es decir, un montón de sonidos puestos en fila, dichos o escritos, dichos a otra persona o para nuestros pensamientos. A veces, siempre de forma incompleta, las ordenamos, las palabras, arbitrariamente dentro de un diccionario.

Unas palabras explicadas por otras palabras, cada una de las cuales también está definida por otras. Las palabras de un lenguaje se conectan, metafóricamente hablando, formando una red, a través de su uso y fuera de los diccionarios, en ese lugar donde ocurren los hechos, donde habitan las cosas, el mundo, el mundo que percibimos a través de nuestros sentidos. El lenguaje forma una especie de tela de araña. Una red que algunas personas sienten que cae sobre ellas, que les atrapa y les limita, que les impide decir lo que sienten, y otros la viven como la red de un trapecista. Un sitio sobre el que es posible caminar e ir desde un sitio hasta otro, que permite hacer cualquier cosa. Las palabras no limitan el decir lo que se piensa. Al contrario, permite entender tu propio pensamiento al decirlo, en público o solamente hablando para uno mismo. Sin palabras que ponerle, un pensamiento no existe.

Decir algo, contarlo, es hacer un recorrido sobre esa red de palabras. No hay dos recorridos idénticos. La misma idea puede ser contada de distintas maneras. Se puede ir de un sitio a otro por muchos lugares. El impulso de trasladar lo que alguien tiene en el pensamiento hasta el pensamiento de otro ser humano, saltando de una persona a otra usando palabras como un impulso nervioso pasa de una neurona a otra cruzando el abismo entre ambas empleando un neurotransmisor químico, requiere que las palabras se ordenen como un recorrido caminando (o corriendo) sobre nuestra red de trapecista. El increíble hecho de poder hablar, de transmitir la información, de expresar los sentimientos, es un recorrido de los pensamientos desde unas personas a otras por un sendero hecho de palabras, saltando el abismo entre ambas.

Los significados en un lenguaje, por supuesto, no son definidos por los lexicógrafos, las personas que escriben diccionarios y que se limitan a recoger lo que ya está dado, sino por el uso que hace de las palabras y de los conjuntos de palabras una comunidad de hablantes, unos caminantes y corredores que comparten una red de caminos del habla.



Hay una forma peculiar de contar algo, no en linea recta, sino serpenteando y dando vueltas para ir de un sitio a otro. Saltando, fintando, dejándose caer y haciendo un recorrido sobre ese tapiz de interconexiones que son un lenguaje. Haciendo trail en vez de correr sobre la pista de atletismo. Bajando por un canchal buscando dónde apoyar un pie mientras te impulsas con el otro, mirando diez metros por delante mientras avanzas a toda velocidad, relajado, bailando, cambiando de ritmo. Los buenos corredores de montaña bajan así por lugares imposibles, como si estuviesen bailando el ritmo más fácil. Las personas hábiles con las palabras también se permiten hacer poesía, contar algo haciendo un recorrido, no en linea recta, sino zizagueando, brincando con elegancia y suavidad de una palabra en otra, rimando o no, según les pida su espíritu, según prefieran.

Correr sobre asfalto es como hacer prosa. Se emplea la mayor economía biomecánica, se va por el camino más corto entre dos puntos. La claridad, la sencillez en el gesto técnico es el mejor aliado. Repetir una vez y otra el mismo movimiento y apartar el foco del pensamiento de las piernas y fijarlo en cualquier otra cosa. Automatizar el correr hasta el punto de avanzar pendiente de todo lo demás.

Pero dejarse caer por una trailera, por una reguera, por un canchal... concentrado en cada paso, focalizando la atención en la caída sin pensar en nada más (qué bendición a veces)...  Inclinar el cuerpo hacia delante, asomarse al abismo y dejarse arrastrar por la gravedad, contrarrestándola mínimamente apoyando en esta o en aquella piedra, no en cualquiera, pero de forma intuitiva. Sin que haya tiempo de analizar cual debe ser el siguiente paso, simplemente haciéndolo. Eso es como bailar, como hacer poesía con las piernas. Es lo más divertido, en segundo lugar, después de lo más divertido. La segunda mejor cosa que se puede hacer con el cuerpo para ser feliz.

No me engaño, no soy buen corredor ni sobre asfalto ni bajando por zonas técnicas, ni bueno haciendo prosa y menos poesía, pero qué placer, que gozada cuando de vez en cuando me permito, bien o mal, escribir asfalto o correr poesía...


martes, 19 de febrero de 2013

La Napoleónica 2013

Salgo de casa con tiempo, porque es la primera vez que voy en coche a Alcobendas y tengo una facilidad tremenda para pasarme las salidas y luego desorientarme tratando de llegar al punto en que he abandonado el buen camino... ahora que lo pienso, no solamente al conducir un coche me pasa eso de pasarme la salida y luego liarme.

Sorprendentemente aterrizo en el punto de encuentro a la primera y sin sobresaltos, mientras voy escuchando a los Manowar a todo trapo. No es un grupo muy sofisticado como otros deathmetaleros que me gustan más, pero hay momentos para todo y no puedo evitar ir cantando a todo volumen por la carretera (buen lugar para gritar):

Carry we who die in battle
Over land and sea
Across the rainbow bridge
To Valhalla
Odin's waiting for me...

De lo más inapropiado. Hoy el plan es un trote cochinero y no sacrificar ni una uña del pié, aunque recorreremos caminos que se tiñeron de sangre en su momento. Ahora nos parece un entretenido episodio histórico, pero el sufrimiento de aquellas personas no es menor que el cualquier escenario de conflicto de hoy en día. Desde el filtro del disfraz histórico y el cliché cinematográfico parece que tiene algo de romántica una batalla en Somosierra en la que anda Napoleón Bonaparte, pero realmente los episodios históricos sangrientos debe ser peor vivirlos que estudiarlos.


Vamos a correr 73 kilómetros que separan las murallas del castillo de Buitrago de Lozoya del lugar donde he dejado el coche en Alcobendas, junto a la parada de autobús que sube hasta nuestro punto de salida. La excusa es histórica en este caso. 


Al parecer estaba Napoleón dando batallas por la Meseta Norte cuando recibió correo de su hermano José I desde Madrid para pedir ayuda contra los levantiscos madrileños que andaban dando problemas.

Tras darnos para el pelo en Somosierra, y mientras se perseguía a las tropas en retirada hacia Guadalix de la Sierra, Napoleón hará noche en Buitrago de Lozoya, donde mandará una carta a su hermano advirtiéndole de su inmediata llegada.

El camino de Madrid a Francia por el que debió bajar ha sido "comido" en gran medida por la N-I y por la Autovía posterior, pero seguiremos su trazado aproximado como napoleones (buscad la rima) o como el arquetipo del loco que afirma serlo.

Empezamos subiendo desde las murallas de Buitrago hasta el reborde que marca el fin del Valle del Lozoya (día de rimas, caramba). Corremos a trote suave que es lo que estas distancias requiere, al ritmo cómodo del menos rápido o, según se mire, el más lento (yo mismo). Aún así la reciente pérdida de peso ha mejorado mis capacidades bastante y no me cuesta acompañar al maestro Spanjaard por lo menos por ahora. Ya pediremos clemencia más adelante.

Dejo atrás Buitrago sin mirar atrás, que cuando antes me aleje, antes llegaré a otro lugar en el que descansar cuerpo y mente.

Por ahora la rodilla no me da molestias. Ayer me costaba hasta caminar y estaba casi seguro que hoy no podría correr y mucho menos una ultradistancia, es decir, más de 42.195 metros. Lo cierto es que los últimos dos meses he estado entrenando salvajemente hasta el punto de perder cinco kilos y poner al límite de la lesión a mis articulaciones. Mientras trotamos le cuento mis desventuras amorosas a mi compañero de camino que no tiene donde huir, y que me han conducido a la soledad sentimental transitoria y al sobreentrenamiento.

Lozoyuela llega pronto para cambiar el tema de conversación y enlazar con otra ruta que ya hicimos el año pasado empezando desde allí: la Antinorte, con los miembros (con perdón) de CxC. A partir de aquí se supone que iremos bajando escalones salvo algún pequeño repecho. Lo cierto es que el camino no será tan cómodo como se imagina uno viendo el perfil, porque tiene tramos muy rompepiernas, pero desde luego más cómodo que en la dirección contraria o, como decimos los de montaña, p'rriba.

Hablando de carreras de montaña y de filosofía política nos acercamos hacia el promontorio del Pico de la Miel que se alza sobre la Cabrera, uno de los perfiles más reconocibles de la Sierra Norte. Me viene a la memoria el concierto de un grupo tributo de los Beatles que escuché hace poco allí en buena compañía.

Construcciones horrendas de ladrillo visto mal colocado jalonan el camino. El mal gusto y la chapuza de quien ha dedicado los fines de semana de muchos años a ir moliendo sus riñones construyendo en la parcela "para que lo disfruten sus hijos", los cuales, evidentemente, han preferido salir con los amigos el fin de semana, por lo de "pillar cacho". Una estrategia vital más inteligente.

Que nos acerquemos no quiere decir que acertemos con el camino a la primera(como todo en esta vida), pero poco a poco y tras algunos intentos fallidos encontramos por fin la senda que buscamos. Viendo que está deshelando la pared y que vamos a acabar como un par de salmonetes decidimos que Napoleón no subió hasta arriba, ya que durmió en el palacete de un afrancesado por la zona de Charmartín. Rodeamos la gran mole granítica y llegamos en un momento a la Cabrera donde empiezo a mordisquear la tableta de turrón de yema tostada que he traído como barrita energética. El turrón del duro es pringoso y, como su nombre indica, duro, y el blando es grasiento y puede ensuciar la mochila. El mazapán y la yema tostada son ideales como aporte de energía rápida para los ultratrails. 

En Cabanillas reponemos agua y le añado suero para "enriquecerla" de glucosa y sales minerales que vamos poco a poco perdiendo.

Noto algunas molestias en el dedo meñique del pie izquierdo. Como en estos casos la experiencia es un grado, no espero diez kilómetros a liarme un desastre en el pie y nos detenemos junto a un potro de herrar en Cabanillas oportunamente puesto para no errar, que ya últimamente me he sentido en varios sentidos cerca de los menos nobles équidos como un asno más.

Dos calcetines del pié derecho me indican las R y R escritas en el empeine. Debe haber dos desconsolados L y L en mi casa. Contranatural que le parecería a cualquier "flojo de pantalón" de Nuevas Generaciones esta unión de iguales. Yo me limito a dar la vuelta al calcetín para que encaje bien y continúe camino. Nunca te fies de algunos que parecen de izquierdas y luego... Mientras Luis habla con su mujer y se informa sobre las novedades domésticas.

Bajamos al Cruce de Venturada por el que tanto he pasado los dos años que trabajé en el Molar en un proyecto que abarcaba toda la Sierra Norte. Gratos recuerdos de tiempos que ahora me parecen divertidos e inocentes. Está claro que recordamos lo que nos da la gana. Menos mal.

Subimos a la sin duda pija Cotos de Monterrey mientras hablamos de las bondades del otro sexo y de la estupidez de tratar de que tu pareja te acompañe a las carreras, más aún si son distancias considerables. Luis es una persona sensata y da gusto aprender de la sabiduría que destila en todo momento. Por cierto que su crónica la podéis y debéis leer en el blog que lleva en el diario 20 minutos: Runstorming.

Se acerca ya distancia del maratón y hemos superado más de la mitad del recorrido a buen ritmo y casi sin paradas cuando arribamos a El Vellón y poco después a El Molar, pueblo feo entres por donde lo entres.

En la plaza nos tomamos unas cervecitas acompañadas por una tapa de torreznos y otra de aceitunas que complementamos con una ración de croquetas de jamón deliciosas. Muy recomendable el sitio, que es donde iba a desayunar cuando trabajaba a menos de 20 metros de allí. Por si pasáis alguna vez, bajo los pórticos, el bar que está más cerca del ayuntamiento. Os lo recomiendo encarecidamente, entre otras cosas, por la simpatía y honradez de sus propietarios.

Cuesta arrancar después de la parada. Las piernas están tiesas y tardo unos minutos en volver a trotar con comodidad. Comodidad que bajando la Falla del Molar hacia San Agustín de Guadalix desaparece. Observamos el trazado y deducimos un premeditado sadismo en quien ha decidido que el camino suba y baje abruptamente por lo peor, pudiendo ir unos metros más a la derecha con una suave ondulación. Rodeamos San Agustín y continuamos camino. Ya vamos contando los kilómetros que faltan y calculamos tiempo, desgaste y horas de sol. Vamos muy bien, sospecho que mucho mejor de lo que mi compañero de trote esperaba de mi basándose en anteriores encuentros.

Cidalcampo y el Soto Viñuelas nos vuelven a llevar a territorio conocido de los 100 Km. de Colmenar. Queda poco, pero ahora las piernas empiezan a quejarse ya de verdad. Las rodillas no, curioso. Vemos marcas de un ramal del Camino de Santiago no muy creíbles (¿aquí?).  Cruzamos un puente de madera y nos adentamos en la civilización con el atardecer. Momento de encender el móvil y ver el aluvión de mensajes. Apago. Ya los veré luego. La siempre dura vuelta a la civilización atravesando San Sebastián de los Reyes hasta Alcobendas, donde dejo a Luis con más hambre que el perro de un ciego. Espero que no devore nada inapropiado camino de casa, que la tiene a 10 minutos. Espero que tampoco cuando llegue.

Y en fin, vuelta a casa después de 73'5 Km. Han sido unas 7 horas corriendo con otras 2 andando intercaladas, más al final que al principio y una más sumando todas las paradas. 10 horas de maltrato al cuerpo, conducir con las lentillas jugando malas pasadas, ducha y a salir a quemar Madrid, que somos jóvenes y había quedado. Unos dolorcillos no me pueden lo pueden impedir. Ibuprofeno es el concepto clave. Ibuprofeno, cervezas y unas sidras en el Centro Asturiano, que estamos en la edad de salir.