lunes, 24 de junio de 2013

La Gran Remontada



No sé si esto es una confesión o un intento de explicación, de dotación de sentido, del resto de las entradas de este blog.

En cualquier caso, como persona que ha sido obesa no quiero que se entienda mal mi historia. No se trata de castigar al hombre gordo que fui. No se trata de plantear que estaba mal mi aspecto y ahora, gracias a lo que sea, me ido por el buen camino.

Han sido mil cosas las que he ganado al adelgazar, incluida una imagen de mi mismo que me gusta más, pero no quisiera invitar a nadie a que le sirva de ejemplo, a que piense que hay que mejorar el aspecto para ser feliz y que el camino es la dieta y el deporte desaforado. Yo corro solamente porque me divierte. Corro porque es algo que me hace feliz y, cuando tengo problemas, me sirve de ansiolítico barato y sin efectos secundarios. Corro, como decía una amiga, porque puedo, porque quiero, nada más.

Os voy a contar, en lo deportivo y lo relativo a mi salud, mi última década:

2003, al borde de la catástrofe:

- 3 paquetes de tabaco al día.
- Consumo moderado de bebidas espirituosas.
- Consumo inmoderado de bocadillos de panceta y otras delicias similares.
- Entorno a 110 Kg. repartidos en poco más de 177 centímetros de estatura. Poco músculo, salvo el imprescindible para sostener tanto peso.
- Índice de masa corporal... 35,11. Obesidad grado II.
- Capacidad pulmonar entorno al 75%

El camino de la vida me conduce inexorablemente hacia la enfermedad coronaria, la enfermedad pulmonar oclusiva crónica y... la enfermedad en general. Quizá a todas estas enfermedades habría que añadir las alteraciones de la conducta alimentaria y los problemas psicológicos derivados de la disociación de la realidad (como soy y como creo que soy), de la alteración del autoesquema corporal y la autoimagen de uno mismo, pero nos centramos muchas veces en lo urgente (que el sobrepeso nos puede matar) y nos olvidamos de importante (la infelicidad de tratar de vivir en una sociedad que no admite a los gordos y los castiga por serlo). En definitiva, un asunto importante, de vida y muerte. De morir si no te cuidas, de vivir sin complejos ni sometiéndose a la tiranía de la mirada ajena.

He ido ganando, desde los 20 a lo 30 años, peso poco a poco y, a veces, a saltos. Pero es obvio que estoy tocando techo. Lo noto en las miradas de algunas personas. Lo noto cuando subo escaleras, cuando ando por el monte y me cuesta seguir a la gente. Cuando estoy 10 minutos sin encender un cigarro y busco la manera de poder fumar uno, ocupando en mi mente todo el espacio disponible y sin dejar sitio para nada más. Mi vida, aún no lo sé, gira y se organiza entorno a la necesidad de consumir nicotina.

Duermo mal, ando mal, me miro mal en el espejo.

Estoy embarcado como proyecto vital en ser profesor de secundaria (proyecto que fracasará con el tiempo) pero, claro, un fumador compulsivo como yo no puede encerrarse durante horas en un instituto de bachillerato sin fumar. No a explicar los misterios del pensamiento filosófico occidental a un grupo de adolescentes con el lóbulo frontal aún a medio cocer. No con la ansiedad que genera estar con síndrome de abstinencia. Toca dejar el tabaco... y engordar más aún...

2004, tocando fondo:

Dejé el tabaco. 6 meses de infierno para mi y seguramente para mi entorno. Ansiedad, nervios, comer más... me pongo al punto de la explosión.



El resultado, una cantidad indeterminada de kilos más en la cintura, en los muslos, en la inconfundible papada.

El último cigarro de mi vida lo he fumado el 9 agosto de 2004, por la noche, antes de irme a la cama. Desde aquel no ha vuelto a haber otro hasta el día de hoy, 24 de junio de 2013, San Juan. Ni una calada, pero entonces engordé hasta el punto de temer por mi vida por el síndrome de abstinencia del tabaco.

2005, San Silvestre de Getafe:

En general no bebo mucho, pero ahora tocaba, para que no entrasen ganas de fumar y no seguir engordando, dejar la cerveza radicalmente y pasarme a la Coca-cola Light. Los próximos diez años haré un consumo más bien anecdótico de alcohol (más o menos, en toda la década, lo que otros en un fin de semana, sin exagerar). Algunos años ni tan siquiera una clara de cerveza.

Hago un poco de monte de vez en cuando, pero voy asfixiado siguiendo al grupo. No por mis pulmones, que mejoran rápidamente, pero me he puesto inmenso.



Toca ponerse en manos de mi nutricionista. En este caso mi hermana (qué suerte). Repaso de hábitos nutricionales y ajuste. Reducir calorías, sustituir unos alimentos por otros, eliminar algunas cosas, pocas.

Pierdo en 6 meses unos 25 kilos y, como tengo ganas de comer un poco más, empiezo a hacer deporte. Un poquito. Decido en septiembre correr la San Silvestre de Getafe, el 31 de diciembre.

Dia 1. Corro 5 minutos en llano, me sofoco, ando otros 5, corro otros 5, ando de nuevo y otros 5 minutos camino de casa. Uf. ¡Qué horror! ¿Hay alguien que se pueda divertir haciendo esto? ¿Qué no lo haga porque está a dieta? No me lo creo. Es un ejercicio aburrido, doloroso, sucio... lo de correr no le puede gustar a nadie.

3 Meses después: ¡Siii! lo he logrado! he acabado la San Silvestre. ¿Cuándo es la próxima? ¿Nos animamos con una media maratón? Uy, no, que eso son 21 kilómetros. ¡Qué barbaridad! No creo que nunca pueda correr esa distancia...

La ropa me queda un poco grande... he pasado de una talla de pantalón 54 a una 46. Necesito un nuevo ropero, y unas zapatillas buenas para entrenar el nuevo año...


No sé como ha sido, pero me he enviciado con esto del running.

2006, Maratón Popular de Madrid:

Año nuevo, vida nueva.

El paro es malo para muchas cosas, pero para entrenar puede ir muy bien. Me lanzo a correr un par de medios maratones, me lanzo a correr... el Maratón, la distancia mítica, la que marca la diferencia, los 42.195 metros que sirven de ritual de paso.

Acabo, incrédulo, mi primer maratón en abril de 2006.


Ya soy maratoniano, estoy en la minoría de locos que corren por las calles, y en el de los que han pasado a la distancia que marca el desafío, la del mito que pone a Filípides atravesando los 42 kilómetros que separan la llanura de Maratón de Atenas para caer muerto. La carrera de la distancia que mata y que, sin duda, a partir de las tres horas necesita de algo más que de entrenamiento para acabarse. Una distancia que pone a prueba más tu mente que tus piernas, siempre que lleves a estas bien entrenadas, claro, no se puede acabar un maratón solamente a base de coraje.

2007, Maratón Alpino Madrileño:

Objetivo, acabar el maratón de Valencia en menos de 4 horas.

Es la primera carrera que no consigo acabar. Me retiro en el kilómetro 25 con un pezón sangrando como un estigma de un cuadro de El Greco. Descubro que soy de pezón débil.

Cambio de objetivo: Maratón de Madrid. Lo acabo mal, de hecho hago un tramo andando... algo que se repetirá a partir de ahora en todas las ediciones a las que asista (2008, ...09, ...10, ..11...) menos la última, 2013, dónde consigo quedar de nuevo satisfecho en esta frustrante carrera (ya llegaremos a abril de 2013, vamos remontando).

Cambio de objetivo: El año pasado estuvimos de voluntarios en el Maratón Alpino Madrileño, "el maratón más duro del mundo", una carrera de 44 kilómetros por zonas técnicas de la sierra de Madrid, con 2.500 metros de desnivel positivo acumulado. Quedamos fascinados. Algún día queríamos hacer lo mismo que esa gente... bueno, ¿por qué no?

Frío, viento casi huracanado 80 Km./h. en Bola del Mundo, hipotermias, agua, 70 l./m2  durante la carrera.



Recortan el recorrido por el evidente riesgo para los corredores en el paso de la Cresta de Claveles en Peñalara. Sensaciones que me acompañarán en muchas carreras de "¿dónde coño me he metido?" y de "esta vez has mordido más de lo que podías tragar, amigo". Pero... cuando llego a Cotos, con intención de retirarme, José Ramón está allí animando. Me hidrato, como medio plátano, y tiro por la Loma del Noruego. Acabo la carrera. ¿Ehhhh....?

Me ha entrado el veneno en el cuerpo. Quizá hubiese sido mejor que me estrenara con una carrera "menor" o que no consiguiera haber acabado el MAM, pero... ahora ya no hay vuelta atrás. Soy un corredor de montaña.

2008, Circuito Alpino:

A partir de ahora me centraré en la montaña. también correré también sobre asfalto (me gusta, ¡qué pasa!), pero es en la montaña donde pondré mi corazón.

Acabo diez minutos fuera de tiempo el Alpino, que lo han endurecido recuperando el tubo de Cabezas de Hierro. Un lugar que no se olvida nunca. Me dan como finisher de cara al Circuito Alpino... una copa de maratones de montaña.

Este año caerán cuatro maratones. Uno de asfalto y tres de montaña. Me adentro en el mundo "friki" de los corredores de montaña. Aún a distancias inconmensurables de los grandes mitos que leo en los foros de elatleta y que hablan de carreras de cientos de kilómetros como si eso fuese lo más normal.

Completo el Circuito Alpino junto a un puñado de descerebrados añadiendo el Maratón de montaña de Galicia, el Penedós do Lobo y el de Málaga, el Jarapalos. Esto empieza a ser un vicio.

El de Málaga y el de Orense son maratones más amables que el de Madrid, con tiempos de paso más cómodos para los que vamos cerrando filas en estas carreras. Se disfruta más durante y, sobre todo, al final.

2009, engordando one more time:

Resumiendo: Mapoma, Galarleiz, por el País Vasco, el maratón de montaña más antiguo de España... perdón, del Estado Español. Penedós do lobo y Jarapalos.

Un año "tranquilo", similar al anterior. He ido subiendo de peso hasta llegar a los 95 kilos, muchos de ellos de músculo, porque ando en la talla 48... apretada. Es hora de volver a perder peso poco a poco.




2010, la ultradistancia:

En 2010 empiezo a perder peso, muy poco a poco, a aumentar los entrenamientos y a bajar marcas.

El Mástil Metal Running surge poco a poco como un proyecto para agrupar a los amigos y encontrar siempre a alguien con quien entrenar y apuntarse a una carrera... proyecto aún inconcluso, pero no del todo fracasado. Una cosa... así, como siempre a medias.



Raúl y yo nos embarcamos en una carrera de 65 kilómetros y 3000 metros de desnivel positivo. La Marató i Mitja de Castelló.

Para nuestra sorpresa, la cabamos en mejores condiciones que muchos maratones y, después de salir a cenar, al día siguiente unos estiramientos y como rosas. Increible.

También intentamos el Gran Trail de Peñalara, pero mordemos más de lo que podemos tragar. No es una carrera de "un punto" como la MiM, sino de "tres puntos" (son los puntos clalificatorios para correr el Ultra Trail del Mont Blanc, la carrera de montaña más prestigiosa del mundillo del Ultra Trail).

Nos retiramos vencidos por la distancia y con una espinita y, al cabo de pocas semanas, al menos yo, con más dedos que uñas.



2011, Gran Trail Peñalara:

Un año después volvemos a la carga, esta vez para conseguir, tras 28 horas y 40 minutos, acabar el GTP. Este año ha sido dura, el calor ha hecho estragos y ha provocado muchos abandonos, pero lo he conseguido. Como aquel sobresaliente en Lógica en primero de carrera, con el hueso de la faculdad, ya nunca más pensaré que no puedo. A lo mejor no estoy preparado, no me apetece, no sé... pero puedo.



2012, corriendo por el campo y UTMB:

Es el año que descubro un grupo de correcamperos y blogers que corren por correr, por el llano o la montaña, organizando sus propias rutas y tirando más de jamón serrano que de barritas energéticas.



Y en agosto... corro (y acabo) el North Face (c) Ultra Trail du Mont-Blanc. La Gran Carrera que quieren todos hacer alguna vez.

Escalofríos por la espalda cuando la gente grita tu nombre por las calles de Chamonix, cuando te animan, "Courage", por los senderos de los Alpes... no cuento más. Alguna vez escribiré sobre esta carrera tan especial para mi.


2013, Más fuerte que el vinagre:

Y aquí enlazo con las primeras entradas de mi blog, para completar la crónica de estos años en los que he pasado de una imagen a otra, no por alarde. Cuidado con quien crea que pienso que hay que regañar, culpabilizar y hacer sentir mal a aquel señor de la foto que tenía obesidad. Ese señor nunca pensó que se iba a encontrar tan bien como hoy, pero decirle que tenía mal aspecto, seguramente no le hubiese arrancado a correr, sino a comer un bocadillo de chorifrito. Ese señor sigo siendo yo, un poco más delgado.




miércoles, 19 de junio de 2013

Superviviente


Ayer me pasó por encima la XVII edición del Maratón Alpino Madrileño, "posiblemente el maratón más duro del mundo". Sin duda uno muy mal medido. El secreto de su distancia exacta y el por qué hay que hacer un secreto de ello son dos incógnitas hace bastante tiempo entre los corricolaris de las estepas centrales.

Seguramente hace 17 años no había tantos maratones salvajes en tantos lugares del mundo. En aquel momento una carrera como el MAM era una locura que conocían un puñado de inconscientes y que se reunían para correrla en el puerto de Navacerrada. Seguramente era el maratón más duro del mundo.

Con el tiempo han ido apareciendo pruebas cada vez más brutas, con más desnivel, a más altura, en climas más inhóspitos. Además la moda "ultra" ha hecho que correr "solamente" un maratón parezca poca cosa. Todo lo que no esté entre 80 y 350 kilómetros y entre 5.000 y 20.000 metros de desnivel positivo acumulado se considera una carrera para flojos que no merece más que un tratamiento de "entrenamiento para pillar un poco de chispa".



Pero el MAM ha ido aumentando su dificultad con el paso de los años. No será la carrera más dura para la mayoría... todo es relativo. Para un friolero la peor será el Nort Pole Marathon, para otros puede ser el desértico maratón del Mar Muerto en Jordania. Cada uno tiene sus puntos fuertes y débiles y lo que para mi es una carrera muy difícil por las bajadas técnicas (subiendo soy un poco mejor, soy tipo "tractor diesel"), a otra persona le puede parecer relativamente cómodo dejándose caer con alegría por donde yo voy soltando "suputamadres", verdadero patrón de medida de este tipo de carreras más que la distancia y el desnivel, que dan una información incompleta.

En su día era una carrera tan épica y única que a los "finishers" se les daba una camiseta y un diploma de "supervivientes" por el mero hecho de acabar el recorrido en los tiempos de paso límite. Una camiseta (de algodón) que se sigue dando cada nueva edición y de las que yo colecciono 5. Cinco carreras muy distintas unas de otras que no da tiempo de repasar hoy. En unas aguanieve, ventisca, hipotermias... en otras insolaciones y retiradas masivas estrujados todos los jugos corporales por el sol inclemente.

El nuevo lema no oficial de la carrera es "la dureza se la pones tú". A lo mejor no es el maratón más "alguna cosa" en nada. las hay más largas, más técnicas, con más desnivel, con más frío, con más calor... pero si eres un superviviente, puedes ir a darlo todo, ponerle tú la dureza para convertirlo en el maratón más duro... que un MAM ya entretiene, como le escuché decir hace poco a Aurelio Olivar, que algo sabrá de ello alguien que ha hecho podio tres veces en esta carrera y tiene un palmarés tan impresionante.

Dispuesto a ponerle dureza, porque uno es un inconsciente (arrepentido, eso si) salí la noche antes a tomar cuatro o cinco cervecillas (no recuerdo cuantas exactamente). Teniendo en cuenta la "sangre de horchata" que tengo, eso equivale en mi metabolismo a lo que en otra persona serían cuatro o cinco pelotazos de ron, frontera que afortunadamente no crucé.

Foto de la noche anterior...
Y es que era el fin del curso de la Escuela Mástil, y concierto de los "Aprobado General", y primavera y una noche de sábado muy de estar tomando algo... Aún así dormí cuatro horas y salí disparado, tras consumir una bebida energética, en dirección a Cercedilla a recoger mi dorsal y, al menos, intentar llegar a meta.

Llegar, llegué.

No llegué bien. Todo hay que decirlo. Acusé el exceso de la noche anterior y me arrepentí mil veces de no haber dormido una hora más y tomado tres cervezas menos. Al menos es un error que no volveré a repetir, por lo menos en pruebas de este calibre (calibre XXL).


Salimos como si nos persiguiese una jauría de lobos. Yo estaba en la parte de atrás y el ritmo en las primeras rampas de subida era más rápido de 6' el kilómetro. En un maratón de asfalto hubiese habido un significativo porcentaje de gente que hubiese salido más despacio en llano, que quedaba aún muuuucho por delante, sobre todo para los estábamos atrás. La gente cada vez es más brutita y está mejor preparada. Recuerdo que en las primeras ediciones en las que participé, con andar las subidas y trotar las bajadas ya ibas adelantando a algún despistado que se había metido allí por error.

Subí corriendo casi hasta el puerto de Navacerrada, donde empiezan las rampas fuertes. Estamos hablando, no de una "rampa fuerte" de ciclista, del 8%, sino una "rampa fuerte" de corredor de montaña, un 90-110%. La próxima vez que paséis por allí, fijaos en el telesilla que sube al Alto de Guarramillas (Bola del Mundo), pues la carrera va directamente por debajo en linea recta.

La foto de la "subidita", que luego habrá que bajar con las piernas maceradas en docenas de kilómetros y miles de metros de desnivel positivo.

En las subidas me suelo ver bien. Si bajase con soltura me cantaría otro gallo. Seguramente ganaría otra hora más. Soy la escoria del trail running. Los corredores de montaña presumen de lo bien que bajan, no de su técnica de subida. Sin embargo también es importante. He visto a mucha gente progresar hacia arriba perdiendo tiempo y gastando un exceso de energías, que es lo que yo hago, exactamente, cuesta abajo.


La bajada a Cotos, por la Loma del Noruego, ya sabía yo que sería lenta y que me adelantaría todo el mundo. También vi gente "apretando" para ganar unos segundos cada kilómetro que seguramente luego le pasarían factura. En esta carrera (me refiero a la gente que no llega "sobrada", que alguno hay), una de las claves es en bajar hasta Cotos al ritmo más cómodo para cada cual, que en cada caso será más o menos rápido, pero no gastar energías en ganar cinco minutos que después perderás multiplicados.

En la subida a Peñalara, supuesta mitad del recorrido, adelanto a tantos como me pasaron bajando. La mayoría me los iré encontrando hasta que finalmente se "marchen" y lleguen a meta antes que yo.

En la subida quemo los últimos restos de alcohol en sangre que pueda tener, y poco después el calor y los excesos nocturnos se unen para proporcionarme el primer calambre muscular en una bajada en la que voy dando pasitos cortos y rápidos. A partir de aquí sufrir y sufrir. Quizá la subida me permita dar un descanso a los abductores.




Segundo paso por Cotos. La verdadera mitad de la carrera, por lo menos para mi, que siempre vengo a tardar el doble de lo que marco en este control. En este caso clavo las 4 horas. Mientras, en la meta en Cercedilla está entrando el primero. Me he cruzado alguno bajando como poseído por Satanás en el momento en que yo iniciaba la subida, único contacto con la cabeza de carrera que voy a tener.

Ahora son unos tres kilómetros de carretera, luego pista, a ratos cómoda y a ratos no. Hay que aprovechar para correr siempre que se pueda. Sé que luego viene el infame Tubo de Cabezas de Hierro que cuesta una vida subir y va a apretar el sol. Los voluntarios animan el ambiente y sacan una sonrisa hasta a los más desfallecidos. Empieza la larga ascensión. 700 metros de desnivel en apenas 3 kilómetros por la ruta de pendiente máxima y acabando con una trepada por grandes bloques de granito que agradecemos para poder "ir a cuatro patas", porque con dos ya no nos es suficiente.




Llegamos arriba y empieza la bajada, técnica y con las piernas rotas muscularmente. Para mi empieza lo peor de la carrera. Renquear la larga y lenta bajada, un par de caídas, con solamente un rasponazo superficial afortunadamente.


Solo me dan descanso los últimos tres kilómetros. Me encuentro con antiguas compañeras de voluntariado en el MAM que me dan los ánimos que me faltan para rematar la carrera. Hago el último tramo trotandillo y vuelvo a entrar en meta, en 8:17, peor tiempo que el año pasado, peores sensaciones. Una lección aprendida, eso si. Nunca más.


Bien. Superviviente otra vez.


martes, 11 de junio de 2013

La insociable sociabilidad

Ir solo o ir acompañado, esa es la cuestión.

Por supuesto no hablamos de correr cinco kilómetros o de hacer un entrenamiento trotón, sino de esa metáfora de la vida que es la carrera de ultrarresistencia en la que te embarcas durante horas y más horas y que requiere trabajar la parte mental tanto o más que la física. Las metáforas de la vida, por cierto, son importantes, hasta los buenos terapeutas las emplean.



A menudo nos encontramos con el dilema. Ir a nuestro ritmo, concentrados en el camino, pasando etapas... Nos ponemos a andar, nos sentamos cinco minutos en una piedra a comer e hidratarnos. No tenemos prisa ni nadie que nos la meta (con perdón), podemos acelerar cuando vamos mejor y subir el ritmo cuando nos lo pide el cuerpo. Seguimos nuestros propios ritmos y eso es muy cómodo, sobre todo en carreras donde hay muchas subidas y bajadas, porque casi nadie tiene la misma técnica de carrera. La soledad permite reflexionar, "salirse de la carrera", permitir que la mente vagabundee por ahí y los kilómetros se vayan disolviendo sin que nos enteremos, metidos en nuestras fantasías y ensoñaciones. En las partes difíciles nos permite "meternos en carrera", concentrarnos en cada pisada y olvidarnos de todo menos del siguiente apoyo que tenemos que hacer. 

De vez en cuando nos encontramos a alguien y compartimos unos metros. Lo usamos de liebre, para marcarnos el ritmo, o para recibir algo de conversación. Ir solo no significa renunciar a esto. Es verdad que usamos a esas personas con las que nos cruzamos pero como ellas a nosotros. Son contactos fugaces, nada que ver con hacer carrera en grupo. Ir solo es cómodo, es una opción más, no tiene nada de malo.

Pero ir con otra persona te obliga a menudo a forzar el ritmo, a posponer una parada, a adaptarte a las manías, defectos y achaques de otra persona. Si estás acostumbrado a ir en soledad, agruparte es difícil al principio. Parece la peor opción si llevas un tiempo yendo en solitario. También ir solo parece muy difícil cuando tienes el hábito de correr al ritmo de tu grupo de entrenamiento que te acompaña siempre a todos los desafíos. Cuando te has hecho dependiente de la compañía.

Desde luego va por temperamentos. Hay gente que no aguanta estar sola en un ultra y al revés, quien no soporta la compañía. Cada opción tiene sus ventajas e inconvenientes y elijamos lo que elijamos, en definitiva, renunciamos a algo. Hay gente que va bien sola o acompañada y, seguramente la mayoría, siempre añoramos lo contrario de lo que tenemos.

Kant hablaba de la Insociable sociabilidad como la necesidad del ser humano de pertenecer a una sociedad, pero también a rechazarla, destruirla y apartarse de ella. La necesidad de socializarse, convivir, pero la resistencia someterse a los otros y a vivir bajo sus reglas.

Tenemos los dos impulsos, las dos necesidades. necesitamos compañía y soledad. Si encontramos quien sepa darnos ese espacio, adelantarse y esperarnos un poco más adelante, sabiendo que luego haremos lo mismo por esa persona. Que camine a nuestro lado cuando le necesitemos, que esté ahí en los momentos duros y, también, en las risas y la diversión que hacen que los kilómetros pasen con alegría... entonces habremos encontrado un tesoro. Es difícil. Hay momentos en que el cansancio, el deseo de disfrutar la soledad hace que no nos demos cuenta de lo que nuestra compañía necesita, que nos olvidemos de dar además de recibir. Si nos marcan un ritmo muy lento o muy rápido, hay que darse cuenta que la otra persona también tiene su ritmo y hay que respetarlo hasta cierto punto, sin olvidar eso de la asertividad tan de moda, de decir que nosotros queremos ir más rápido o más despacio. Ajustarse si es posible.



Pero hacer una ultradistancia con la compañía adecuada es una de las cosas más satisfactorias que hay. Ya hablamos de las malas compañías, de las que hay que huir como de la peste. No nos referimos a esas. 

El truco está en dar espacio a la compañía, en "dejarse caer" del grupo un poco para alcanzarlo después, en adelantarse cuando vemos que estamos forzando el ritmo y esperar unos kilómetros más adelante. En callar cuando vemos que la conversación produce irritación (todo el mundo tenemos nuestros momentos, nuestra "pedrá") o en dar palique cuando es el momento.

Y es que las personas somos muy complicadas. A veces queremos que nos den espacio, a veces que nos propongan planes, en ocasiones que nos hagan caso y otras que nos permitan hacer caso a la otra persona. A veces contar lo que llevamos dentro, a veces escuchar.

Y una de las cosas más maravillosas que hay es recordar aquellos momentos en que compartimos unos kilómetros con alguien. Cuando volvemos la vista atrás y recordamos un lugar y no podemos separarlo de esa persona en nuestro recuerdo. Cuando es un recuerdo lleno de alegría y se ha forjado una amistad en pocas o muchas horas.

Y, como siempre, me he extendido en el preámbulo, así que ya hablamos de lo de correr, como siempre, otro día.




lunes, 13 de mayo de 2013

Maratón y media y de las malas compañías


Santuario de Sant Joan de Penyagolosa
Parece que fue hace nada cuando con Raul, compañero del Mástil Metal Running y de otros "fregados",  completábamos nuestro primer "ultra".. bueno, ahora que me fijo, no hace tanto, solamente tres años... una compañía que he echado en falta este fin de semana por el Parque natural de Penyagolosa.

Fue la Marató i Mitja (maratón y media) Castelló - Penyagolosa, que como su nombre indica, recorre las montañas que separan la ciudad de Castellón, junto al Mar Mediterraneo, del castillo de Panyagolosa, en el límite con la provincia de Teruel, 65 kilómetros al interior, en un "marco incomparable" (que es donde solemos hacer estas cosas los ultratrailers).

Aquella ocasión fue un éxito absoluto para nosotros. Invertimos menos de 12 horas en el trayecto, andando las subidas y animándonos (literalmente, en plan "¡ea, vamos a darle!"), a trotar las bajadas, porque nunca habíamos hecho nada parecido y nos costaba mucho arrancar a correr con las piernas acartonadas. Era un "ultratrail" porque se corría una distancia superior a la del maratón... un poco mayor, medio maratón más, pero con un desnivel aceptable para nosotros que ya nos las habíamos visto con Maratón Alpino Madrileño.

A nueve días de la Marató i Mitja, y justo después del Maratón de Madrid (crónica aquí), salí a correr cincuenta minutos comprobando que estaba aún bastante tocado del esguince. No tenía demasiadas molestias, pero aún no tenía la articulación lo suficientemente fuerte para propulsarme corriendo en pendiente hacia arriba durante mucho tiempo. ¿Me adaptaría en una semana? Probablemente no. Aunque uno quisiera no es, en orden de capacidad regeneradora creciente, ni la Masa, ni Lobezno, ni David Cortes "Botón".


Preparando la distancia de 100 millas del Uhunmilak, 65 kilómetros deberían ser un corto paseo de menos de 10 horas, pero las circunstancias convertían lo que debiera haber sido un trámite de entrenamiento en un nuevo desafío... ¡Bien!

Tiene uno la esperanza de que todo se recoloque y con un chasquido ¡clap! vuelva a su sitio... y acaba ocurriendo. Pero volviendo a lo del tobillo..., parecía que la rehabilitación marchaba bien y dos días antes de la carrera ya podía correr por la Casa Campo, subiendo las cuestas con normalidad y sin molestias y notando apenas (a penas) que tenía menos fuerza que antes en el tobillo izquierdo. Un leve alfilerazo que se clavaba a veces en la cara interior... lo que viene a ser en el ligamento inserto en el maleolo interno... da igual, "en el pie". Suficiente.

Los amigos y miembros (con perdón) de CxC estarían allí también. Otra ocasión para el encuentro. No, si al final tendremos que organizar alguna pronto. Quizá Spanjaard quiera pronto atender el clamor popular (muchos estamos deseando) y organice otra edición del Peor Maratón del Mundo. Tengo algunas sugerencias al respecto, en concreto por zona chabolista de la Cañada Real + Vertedero de Valdemingómez + rivera del Manzanares a la altura de Perales + depuradoras hasta Villaverde. Este año los organizadores del Mapoma han intentado quitarle el honor a Spanjaard de organizar el peor maratón del mundo, si no con el recorrido, que requeriría currárselo, tirando por lo fácil con una logística deplorable desorganizando a los (insuficientes) voluntarios que dieron, sin embargo, lo mejor de sí.

El viernes salgo desde el trabajo sin pasar por casa, directo a Castellón... pero la prudencia me obliga a parar en un área de servicio y descabezar 20 minutos de siesta cuando empiezo a notar el cansancio acumulado... la cuestión es que he dormido bien, incluso con un sueño premonitorio de por medio... por supuesto no llego al briefing de la MiM, y tan solo quedan camisetas XXL en la zona de entrega de dorsales... tanto esfuerzo por quedarme como un figurín para nada, maldita sea. Lo de la charla técnica, como ya he corrido la prueba no tiene importancia y, en cualquier caso, todo lo que se debe saber sobre ellas está recogido en la sabiduría destilada del blog de CxC, aquí: http://corriendoporelcampo.blogspot.com.es/2013/05/teoria-y-praxis-del-briefing.html

Localizo a Jorge y Luis acabándose la consumición. El control de dorsales es a las 5 de la mañana, así que el encuentro es breve y nos recogemos sin más. Quizá mañana me pueda tomar una con ellos.

Llegada al albergue, comer la ensalada de pasta (ración triple), unos dulces y a la cama.


La excelente organización logística me permite llegar media hora antes de la salida, aparcar y dejar la bolsa en el ropero (en 30 segundos, es decir, 29 minutos y 30 segundos menos de lo que hubiese tardado a esa hora en el Maratón de Madrid) y reunirme con el resto de los corricolaris del "cajón" de 9 a 12 horas. Detrás de mi, con 74 años, Don Francisco Contreras Padilla, "Superpaco", un legendario con un palmarés impresionante, que va a hacer la prueba de 118 kilómetros. Yo este año me he apuntado a la otra, la infantil, la de 63 kilómetros y pico. Dejamos la grande para los hombres (y mujeres).


Bueno, 63 kilómetros p'rriba, con 3.000 metros de desnivel positivo, ya entretiene.

Sobre todo si hace 13 días has corrido un maratón que te ha dejado como si te hubiese pasado una apisonadora por encima.

Y si no tienes fuerza en el tobillo izquierdo y correr cuesta abajo es un suplicio. Menos mal que "solamente" son 1.800 metros de desnivel negativo acumulado. ¿Solamente? La vieja duda que me asalta en todas las carreras: "¿Qué c... hago yo aquí en vez de estar calentito en la cama?"

Jorge y Luis van a acompañar a unos amigos que irán andando, así que me quedo solo según salgo del estadio del la Universidad Jaume I.

Estar solo... ¿es estar en buena compañía? Bueno, pues depende. Hay momentos en los que eres la peor compañía del mundo, y otras está muy bien. Hay unos momentos para la soledad y otros para la compañía.

"...un tiempo para esparcir piedras,
y un tiempo para recogerlas;
un tiempo para abrazarse,
y un tiempo para despedirse..."
Eclesiastés 3-5

Ahora mismo, en soledad me siento bien acompañado.

En los ultras puedes pasar mucho tiempo con alguien o ir en soledad. Reflexionaré sobre lo difícil que es ir al ritmo de otra persona con Jorge, de Castellón, que conoceré en la última subida después de que hayamos ido toda la carrera adelantándonos el uno al otro, haciendo la goma. Hace todos los años el maratón de Castellón y la Marató i Mitja, pero acabará corriendo distancias mayores. Él no lo sabe, claro, pero se pasará a los tres dígitos antes de un año. Se le adivina al hablar con él.

Tomamos la salida corriendo a buen ritmo, porque en el kilómetro 5 empiezan los senderos y, si no has pasado a todos los marchadores, se forman "embudos" antes de la subida a la Pedra de Borriol. Subimos en un plis y sin problemas. La gente va de buen humor y bromeando. Es el grupo que entrará en una 9 horas y media y yo debería con los de 10 con la lesión y las secuelas del maratón que arrastro... en el grupo de 9 si no me hubiese lesionado.

Voy con cuidado todo el rato, concentrado en la pisada, pero ¡ay!, latigazo, me doblo el pie... espera, me lo he doblado en la dirección correcta, lo que pasa es que aún no tengo tanto recorrido articular y lo he excedido varios grados al pisar una piedra. Osteópata gratis. Sigo corriendo todas las cuestas arriba, todos los llaneos y las bajadas, que aún no son muy técnicas. Lo técnico del terreno viene determinado por 1: la destreza de cada cual, 2: el cansancio y 3: el terreno.

Llega una bajada difícil y sé que no puedo correrla, solamente trotar y dar saltitos a buen ritmo, apartándome a un lado cada vez que baja alguien... normalmente dejas pasar a dos o tres y luego les pillas cuando se atascan con alguien de delante... vamos, que tardo lo mismo que si les estorbase, pero quedo bien y no le aguanto las prisas a nadie.

De todas maneras el protocolo en montaña es dejar pasar si vas despacio, avisar y pedir paso cuando vas más deprisa, pero cuando hay atasco, hay que adaptarse a él y aprovechar para beber, relajarse y bromear con la gente. Bueno, menos las malas compañías. Esas personas que van amargadas y te roban la energía y el buen rollo. Tengo delante a uno (y en el curro ni os cuento), rezongando de la gente que toma la salida "fuera de su lugar" y luego estorban a otros como él. Dice que si todo el mundo saliese en su orden, no habría atascos... mentira. Si metes a 2500 personas por el monte, al llegar a senderos por los que hay que pasar de uno en uno, se forman embotellamientos. Puedes ir más rápido, pero tienes que pensar que quien tienes delante, el de delante del de delante y el que tienes atrás, también pueden ir más rápido. No sufras, deja de lloriquear y de crear mal ambiente. La solución es sencilla: aguantas los 200 metros de bajada que quedan y después te lanzas a 4 minutos por kilómetro los 50 kilómetros que faltan hasta la meta... no será así, me lo iré cruzando todo el rato hasta que definitivamente le deje atrás unos 10 Km. antes de la llegada. Malas vibraciones, una persona a evitar. Son "asfalteros", gente que le preocupa, con 7 horas de carrera por delante, como mínimo, perder 5 minutos en un momento dado. Son los que luego buscan excusas para justificar no haber hecho la marca buscada. Pero en las carreras y en la vida, a los agonías es mejor dejarles pasar primero y cuando revientan, pasarles, darles ánimo (por joder) y dejarles atrás, far, far away...

Mejor solo que mal acompañado, volvemos al tópico.

Por ahora voy al mismo ritmo que en 2010. Llego, sin embargo, al kilómetro 35, Les Useres, 15 minutos antes. Han cambiado el recorrido y ahora el avituallamiento está en mitad del pueblo. Uy, qué bajón, esperaba sentarme un poco, comer un bocata y sin embargo tengo que tirar para delante. Arramplo con unos pastelitos (qué ricos), que ya iré comiendo en cada avituallamiento hasta el final de la carrera. Uno para mi, otro por Raul, que le espero en 2014. Esperando, pero sin detenerse, como con otra gente que sé que me encontraré de nuevo en el futuro aunque por ahora no me acompañen.

Me paro sin embargo a la salida del pueblo cinco minutos a apretarme los cordones y aprovecho para contemplar el paisaje. 15º de temperatura perfecta, cielo plomizo y el viento nos abraza con una brisa suave y agradable. Me acuerdo de una amiga con la que he compartido piedras, bocadillos en el campo y reflexiones. Uno a veces se da cuenta de lo buena que es una compañía cuando recuerda y repasa los mejores momentos de soledad acompañada. Esas escenas que se quedan grabadas en la mente aunque en su momento pasan desapercibidas y que otro paisaje, un olor, una música, traen a la conciencia por un momento.



Dos horas a San Miguel de Torrecelles. Punto de no retorno. Llegando allí esto ya se acaba aunque sea reptando. Sigo con el grupo que entrará aproximadamente en 10 horas. Se me ha intentado acoplar un walking dead que tiene el psoas a la vinagreta y quería enganchar con alguien para ir andando lo que queda... tiro para delante y conozco una pareja. Él lleva 14 ediciones consecutivas de la MiM, todas menos la primera, resulta que este verano hemos coincidido en el épico Ultra Trail del Mont Blanc. Me dice que tiene dorsal para la Ronda del Cims, 170 kilómetros con 13.000 metros positivos, le digo que tengo dorsal para la Ehunmilak, 168 con el mismo desnivel, me dice que tiene los meniscos cascados, le digo que he tenido un esguince grado 2 hace un mes... un alma gemela. La rubia simpática (y guapa por añadidura) que va con él resulta que no es su pareja. Hoy no es su día, se nota flojilla. Bromeamos con la idea de tomar el desvío que surge ante nosotros a la derecha para ir por el recorrido de la CSP, la carrera larga de 118 kilómetros. Lástima, no va a mi ritmo y la tengo que dejar atrás. Era sin duda una buena compañía.

"...un tiempo para abrazarse,
y un tiempo para despedirse..."


En San Miguel avituallamiento XXL, como la camiseta. De lujo. Me siento a comer pizza, fuet, dulces y beber isotónico 10 minutos con dos desconocidos. Repaso a los pies. Van bien. Lo que queda es casi todo de andar, faltan subir 1500 metros en 20 kilómetros. Una media maratón vertical para la que hay que pillar fuerzas. Hay que arrancar, así que me despido de los dos compañeros.




Un trocito para abajo y subidón para arriba, así que aprovecho a trotar un poco para soltar las piernas. El protocolo del ultrero. Otras sensaciones con las que estoy familiarizado. Me visita el Yeti... conocido en asfalto como "el muro" o "el tío del mazo" y en ciclismo como "la pájara". Esa sensación de que te abandonan las fuerzas y no avanzas. No pasa nada. En las carreras ultra, a partir del kilómetro 50 me visita de vez en cuando. Ando, me hidrato, una barrita energética, música en el mp3,... empiezo a adelantar a gente en la subida a Xodos, quinto control, kilómetro 55. Corro un poco para arriba. El Yeti se ha ido.

Empieza a llover y pronto se convierte en un pequeño aguacero. Nada del otro mundo. No hace frío. Aquí ya empiezas a pensar en meta, pero con prudencia, porque quedan dos horas andando, hora y cuarto corriendo... al final echaré más de hora y media, porque las bajadas ya las llevo fatal. Mi tobillo no da para más y tengo que ir renqueando los últimos 3 kilómetros. Dejo a Vicenta bajando como un gamo. Nos hemos ido cruzando toda la carrera. Ella sube mal, como yo bajo, e intercambiamos destrezas cuando ella baja y yo subo. 63 años y está hecha una máquina de correr por el monte. Buena compañía.

Renqueando, renqueando, encaramos la recta final. Hora de hacer una pose para la posteridad y otra muesca en el revolver. Van... no sé. Si llevas la cuenta de cuantos ultras has hecho, es que llevas pocos o te has propuesto el reto de alcanzar una cifra determinada en un plazo.


Casi media hora esperando a que se complete el autobús que nos llevará de vuelta. Me encuentro con Jorge. Ha dejado a los caminantes en Les Useres y ha roto a correr la segunda mitad con la energía de un medio hombre plancha (half Ironman). Ha llegado dos minutos después que yo. Se le va a quedar corto el Gran Trail de Peñalara. Allí nos veremos.

Hora y media de viaje a Castellón con el voceras que más grita del mundo detrás. Absolutamente desagradable el tono y el volumen de voz. Está en un estado maníaco, pero además es el típico bocachancla que cae mal a la primera. ¿Qué hacer?. Tengo unos auriculares de esos con clip y ajuste de silicona. Lo uso en el trabajo con una finalidad similar, el de ignorar el bochanclismo y el hijoputismo ambiental. Malas compañías hay en muchos sitios y algunas no las puedes escoger. Me los calzo y pongo a los Kalmah a todo volumen. Lo mejorcito del Death Metal estilo Goteburgo.




EPÍLOGO:

Llego al albergue Argentina en Benicasim. Muy recomendable. Por 15 € habitación doble con baño para uso individual y desayuno “bufé” adecuado a ultratraileros. Bien, sin tele (tengo smartphone, calidad “full HD”), sin toallas ni jaboncitos. Como la toalla es el objeto más útil del Universo, según la Guía del autoestopista galáctico, nunca viajo sin una (tengo otra en un cajón en el trabajo y una más en el maletero del coche). Los jaboncitos... para algo los voy juntando en otros sitios a los que voy. Tengo para llegar hasta 2050. De todas maneras con eso que sale del grifo y que llaman agua no se puede hacer espuma (ni un café decente).

Estoy molido, pero luego pondré un mensaje a los amigos manchegos por si encarta tomarse una cervecita en Castellón (y un jabalí, que estoy desmayado). Pico algo... me lío y me pongo hasta las trancas. Ducha, pies para arriba y somnolencia... ay, ay, ay... les pongo un whattsapp y empalmo 11 horas durmiendo como un angelito (ellos tampoco salieron al final). Duermo libre de malos pensamientos y culpas, pero sospecho que con buenas compañías, y es que el ejercicio extremo alimenta la líbido aunque limite la movilidad esquelética. Un problema que uno no tiene (por lo del uso individual de la doble), y menos, especialmente, en los sueños.

Me levanto maravillosamente. Un poco de agujetas en cuadriceps, psoas y abdominales, lo normal con tanta cuesta y, sorprendentemente, con el tobillo sin ningún tipo de molestia. Tengo la impresión de que podría salir a correr. Es increible esta carrera que bien me sienta siempre.

Paseo por la playa, mojarse los pies y de vuelta a casa.

No hay mayor placer que el de sentir el alivio que llega con la curación.












martes, 30 de abril de 2013

La lesión y el sentimiento de culpa

Faltaban 15 días para correr el Maratón de Madrid. Aquel en el que en 2006 corrí por primera vez la distancia de 42 kilómetros y 195 metros. La distancia "mítica" hay que añadir casi siempre como epíteto, porque viene a ser el ritual de paso de todo corricolari, su bautismo de fuego con una distancia que, aunque la entrenes, puede derribarte. La distancia que se corre más con la cabeza y el corazón que con las piernas, sobre todo cuando te estrellas contra "el muro" entorno a 10.000 metros antes de llegar a meta.

Pues faltaban 15 días y me hice un desaguisado en forma de esguince de tobillo en el Trail Batalla de Alarcos. De inmediato di por supuesto que no era probable que llegase para correr el Maratón este año.



No es que el Mapoma (Maratón Popular de Madrid) sea mi carrera favorita, más bien tengo una relación de frustración con ella, y nunca consigo salir satisfecho del resultado conseguido después de aquella primera vez. Después lo he intentado en otras cinco ocasiones en las que, si bien he conseguido llegar siempre, he hecho un tiempo muy por debajo del que debiera, según los entrenamientos que llevaba acumulados de los meses anteriores.

Esta vez tampoco.

Había entrenado salvajemente los últimos meses. Había usado el running como válvula de escape para todos los elementos de estrés que me rodeaban con buen resultado para lo de las tensiones espirituales, pero sobre todo para mi nivel como deportista. Se suponía que corriendo el maratón entorno a tres horas cuarenta minutos tendría la "chispa" necesaria para empezar con los entrenamientos para el objetivo (deportivo) de este año. Una carrera de 168 Km. y 13.000 metros de desnivel positivo por los montes de Euskadi: la Ehunmilak. El resultado de los esfuerzos eran 5 kilos menos en la cintura y 15 minutos menos en la media maratón de Latina. Una auténtica burrada, un resultado extraordinario que me invitaba a "saldar cuentas pendientes" con la carrera que me había vencido en las últimas cinco ocasiones que la había enfrentado.

Vas por ahí sin mirar mucho donde pisas,... en todos los sentidos... asumiendo el riego porque crees que estás fuerte de sobra y de pronto, sin darte cuenta, cuando menos te lo esperas, te haces daño. He andado últimamente muy "lesionado" y no del tobillo y parecía que ahora el cuerpo venía a llenar ese espacio de daño y dolor que había ido desapareciendo del alma. Algo mucho más soportable, eso si.

El origen de unas conductas que mucha gente no dudaría en calificar de autolesivas estaría, según creo, en un exceso de sentimiento de culpa. A ver, la culpa no es algo malo. la gente que no es capaz de sentir culpa por sus errores, por el daño que puede hacer a otras personas, es una psicópata. La ausencia de culpa lleva a lesionar y dañar a la gente sin deseo de reparar el dolo que se ha provocado, mientras que cuando hay un exceso, cuando nos cargamos con más peso de culpa del que merecemos, el objeto del daño solemos ser nosotros mismos. Pero la gente que no siente ninguna culpa, sobre todo, en el fondo, se hace daño a si misma también, porque se trata como la escoria moral como la que se comporta y se convierte en ella. Es mejor, creo, el exceso que el defecto.

Destrozarse a correr seis días por semana, más 100 Km. semanales era una forma de "hacerse daño" muy controlada y, en el fondo, traía beneficios indirectos. Mejor maltratar el cuerpo que la mente. Mejor un "maltrato" que en el fondo me hacía más fuerte, más rápido y más resistente. Un maltrato deportivo en vez de recurrir a tóxicos en forma de tabaco, alcoholes en gran cantidad o cualquier otra cosa que sepa que me sienta mal y a la que no ando acostumbrado.

El tiempo no siempre actúa de la misma manera en las lesiones.

Hay una fase aguda, en la que el tiempo pasa muy despacio y parece que la cosa no termina de mejorar. Es cuando todo el mundo te dice "dale tiempo", "no tengas prisa", "el tiempo lo cura todo"... en el caso del tobillo, el proceso pasaba por crioterapia (baños de contraste, hielo...), compresión (vendaje, medias de compresión...), elevación del miembro (je, je, je...), anti-inflamatorios (orales y tópicos) y descanso. 

Un asco. El tiempo no termina de pasar. Parece que nunca más estarás bien. El tiempo no cura, el tiempo duele. El tiempo es malo. No quieres más tiempo así. El tiempo no es la solución, es el problema.

No hablo del tobillo.

Después fisioterapia, ejercicios de potenciación, movilizaciones pasivas y activas, estiramientos, otra de fisioterapia... poco a poco se notaba la recuperación. El miércoles correr cinco series de cinco minutos a ritmo de una amiga que corría por primera vez (es decir, muy, muy despacio), con intervalos de cinco minutos andando. El viernes 30 minutillos ya casi sin molestias a ritmo de maratón. El día anterior un poco de monte. Caminar por piedra suelta y piornal para seguir fortaleciendo la zona, eso si, a costa del supuestamente indispensable descanso previo al maratón que todo asfaltero respeta... solo que yo no soy un corredor de asfalto, sino un corremontañas de ritmos diesel. Mis reglas son otras.

Y tras 15 días parado, sin entrenar, ahí estaba yo. Con una bolsa de plástico para no congelarme, en la salida del maratón de Madrid, sabiendo que tardaría unas cuatro horas en recorrer el la distancia de 42.195 metros y sin dar un duro por la posibilidad de acabarlo. 

Pero el tiempo ya era un curador. El tiempo era un aliado y cuanto más pasaba, más me separaba del dolor. Bendito tiempo. Lástima que no hubiese pasado otra semana más. Ahora si, el tiempo lo cura todo.



Porque si la lesión llega por sorpresa, la recuperación, misteriosamente y a pesar de desearla y anticiparla, también te pilla desprevenido.

Tome la salida, aterido, al ritmo que me permitía el pié, que era mucho mayor, es decir, más lento, que el que había entrenado hasta dos semanas antes. Paso los primeros kilómetros a seis minutos por kilómetro, con molestias en la articulación y compensando forzando la pierna contraria. Todo auguraba que no iría mucho más allá de 10 kilómetros en este plan.

Sigo calentando y ganando recorrido articular en el tobillo. Muy bien. Quizá llegue al medio Maratón. En la salida he encontrado a Spanjaard y ahora cazo a Ademir, del Mástil Metal Running, mi equipo. Está corriendo la media maratón y compartimos kilómetros que se hacen amenos y llevaderos en compañía. Cuando le dejo entro en la zona más entretenida y animada y, después llega enseguida la media maratón. La paso en más de dos horas. Si fuese fresco, no estaría mal. podría hacer la segunda mitad más rápida y entrar en cuatro horas, sufriendo lo justo. Pero tengo la musculatura machacada desde el 18, y noto el tono al borde del calambre. no creo que llegue sin que se me agarrote algo y tenga que parar a estirar y caminar, el punto de no retorno que convierte lo que queda en un suplicio inacabable por el que vas renqueando como un walking dead.



Por la Casa Campo mantengo el ritmo, empiezo a adelantar gente. El tobillo ni lo noto, aunque tengo el cuadriceps contrario cargadísimo. Me encuentro a Rafa, compañero que me acompañó el día del esguince. Nos saludamos con el universal gesto de la mano cornuda heavymetalera. Me encuentro también otro amigo, Miguel, que me acompaña unos metros y me da ánimos. No sé si los encuentros, los geles que me tomo, la música épica que acabo de poner en el mp3 o empezar a "comer cadáveres" de los corredores que han salido a un ritmo por encima de sus posibilidades (siempre anima esta dieta) pero me vengo arriba. No encuentro a Rául, que me acompañaría los últimos diez kilómetros en el lugar convenido. Yo llego unos 10' tarde, por tanto deduzco que no habrá podido venir. Como ayer perdí el teléfono no me ha podido avisar. Cambio el mp3 y me pongo los 70 minutos elegidos para acompañarme desde "el Muro" (kilómetro 32 aprox.) por la agonía hasta la meta.

Agonía, del griego αγωνία: "competición". Sufrimiento extremo que da purificación (katarsis) a través de la superación de uno mismo en el enfrentamiento deportivo.

Nunca había corrido un maratón estando tan machacado. Miro el reloj. No he bajado el ritmo. De hecho acabaré corriendo la segunda mitad de la carrera un minuto más rápido que la primera mitad, a pesar de que es "p'arriba". Ahora corro de "cabeza", y la tengo más dura (con perdón) que el tobillo. Los últimos 20 kilómetros adelanto mil corredores, mil, al borde del calambre muscular que me llega cuando se para en mitad de la subida final del kilómetro 40 un "muerto viviente" que me hace tropezar. Aprieto los dientes. Sigo. parece que aguanto...

Veo a Hernando. Ayer estuve con él en la Cruzapedriza, en el Boalo. Choca mi mano, kilómetro 41... solamente uno a meta. Toca sonreír, soltar piernas, disfrutar. No me lo creo. He llegado.

Cruzo la meta y atravieso el lamentable caos organizativo eufórico. Ahora lo pienso. El tiempo, aún estando muy por encima de lo que tenía previsto hace un mes, es bastante aceptable. Mejor marca personal en el Mapoma, que me queda pendiente de hacer en menos de cuatro horas.

Y al final, las lesiones, las culpas, los daños, los dolores... se curan. Mañana me va a doler todo, pero hay muchos tipos de dolores. También, como decía una mi amiga Pilar hace poco en la amistad caben muchas amistades, en el amor muchos amores. En el amor, amoramigos y en la amistad amistoamores.

Aún tengo que llegar al coche, no sin antes llevarme la habitual alegría de encontrarme a Joshua, como cada año, animando (este año no corre) y repartiendo energía positiva y sonrisas a su alrededor.

Caminar con las piernas como dos tablones hasta el coche, supuestamente cerca, apenas un par de kilómetros...

Me duele todo menos el tobillo. ¿Estaré curado? Bueno. El martes me repasa mi fisioterapeuta y ella ya me dirá sobre el tobillo. Del resto... seguiremos haciendo ejercicios de rehabilitación.

lunes, 15 de abril de 2013

Trail Batalla de Alarcos




¡Quién lo diría! Relacionado con el hecho de que la profesión periodística sea una de la más afectadas por la crisis, noticiones del tipo "borrasca en el cantábrico en invierno", "lluvias en primavera" o, dentro de pocas semanas, "hace calor en Sevilla al mediodía", inundan los telediarios, blogs y conversaciones de ascensor.


Pero, inexorablemente, se acercaba el buen tiempo. Por fin ya ha llegado. No han podido impedirlo.



Los últimos fríos y lluvias de esta primavera ya no consiguen frenar nuestro ansia de salir a entrenar, de lanzarnos al bosque, a la trailera y al cortafuegos. Estábamos ya ansiosos por recorrer viejos y nuevos caminos. Igual que en el poema de Kavafis, esperamos ahora fervientemente que el camino a Ítaca sea muy largo y muchos puertos nos den la bienvenida... pero dejando de lado el hablar siempre de lo mismo y volviendo a lo de correr...

El primer puerto soleado al que hemos arribado ha sido el Trail Batalla de Alarcos, que conmemora un episodio que no ha tenido la trascendencia de otros porque, en aquella ocasión, a nuestros antepasados cristianos les dieron un repaso... nuestros antepasados musulmanes, poco antes de que sucediera lo contrario en la más celebrada batalla de Navas de Tolosa. Todos ellos a estas alturas convertidos en polvo sus huesos y recombinados sus genes en nuestro ADN, afortunadamente para nosotros muy mestizo.





5:15 a.m. Wake up Manu,... The Matrix has you... rumbo a Valdemordor a recoger a Joaquín y Rafa, unos ultreros que están más fuertes que el vinagre. Tengo que echar gasolina antes, que he estado apurando los últimos días y llego tarde, con la hora muy pegada para ser puntuales en el II Trail Batalla de Alarcos. Joaquín no viene, así que nos vamos Rafa y yo con heavy metal de fondo y muy metido en nuestras venas hace muchos años.

Rafa, hermano del metal, me empujó algunos kilómetros a escobazos y hasta que me retiré en el kilómetro 90 del Gran Trail de Peñalara en 2010 y aún no me alcanzó en el de 2011, que se retiró antes por lesión cuando vi un grupo de "escoberos" de amarillo por detrás de mi, pero porque iban cerrando controles con dos horas de adelanto sobre tiempo oficial (ese año acabamos). Desde entonces nos hemos ido cruzando en muchas carreras, así como con otros nacidos "under the sign of the hammer" que nos saludamos haciendo el gesto de la mano cornuta.

Dos horas apretando hasta la salida y llegamos justo a tiempo de ver marcharse el pelotón y para salir a su caza detrás de él con los saludos de Ivan Palero, artífice y organizador de este evento al que dedica su tiempo y dinero con toda la ilusión de compartir una zona de La Mancha bastante desconocida o, por lo menos, alejada del cliché quijotesco de la llanura cerealista.

Nos encontramos también a Quique, Jorge, Luis y a Ramón, a los que conocemos de otras historias similares y de los que espero con ansia viva su crónica en el blog de su grupo Corriendo por el Campo.

Un grupo de unos 25 corredores y corredoras van a buen ritmo (joder, qué nivel, los últimos van escopetados. Aquí no se ha colado nadie por despiste) y charlando de lugares lejanos y carreras hechas y por venir. Oigo entre las conversaciones referencias a Transvulcania, Transalpine run, Maratón Alpino Madrileño, Zegama, Gran Trail de Peñalara...



El Guadiana va cargado de agua como si fuese el Ebro, los campos verdes se convierten en tapices amarillos de las flores recién brotadas al sol después de la abundancia de lluvias de las últimas seis semanas y bajo el sol radiante que ha decidido que, ahora si, ya es primavera. Pronto estarán rojos los campos por las amapolas antes de que el calor las arrugue como viejas pollas en pocos días. Toda esta belleza es efímera y será sustituida por el secarral que hay esperando a convertir estos paisajes dignos de una pradera inglesa en suelos ocres y sembrados de cardos. También tiene su encanto ese otro panorama duro y polvoriento, pero hoy toca mojarse los pies cada poco, como si estuviésemos en un arrozal.


Donde había un hilo de agua aparece un río, donde había un charco una laguna y nos empapamos los calcetines sin miedo a que no se nos sequen los pies.

La crecida del río Guadiana hace inviable la ruta original prevista, que implicaba vadear el cauce en un lugar estratégico (ya sabemos como es de inconstante el Guadiana. Las comparaciones serían odiosas, porque cada río hace lo que buenamente puede). Hay personas que son Guadianas y no hay que enfadarse con ellas ni guardarles rencor, simplemente aceptar que su cauce oscila y, a pesar de ello,  quererlas entrañablemente como aceptamos los pulsos en otros fenómenos naturales.


Mi compañero Rafael, que no se me olvide inmortalizar el momento, decide comprobar si las últimas lluvias han dejado el terreno mullido y posa en la siguiente foto como si se estuviese cayendo. Que no, que lo ha hecho a posta, que conste.

Rafa besando el suelo en agradecimiento ritual por la Primavera al llegar a un reagrupamiento
Nos acercamos a los restos de antiguos volcanes. De ellos no queda más que fragmentos reconocibles por los profesionales de la geología tras eones de erosión y sedimentación, pero tiene su encanto saber que fuerzas tan poderosas andaron sueltas por la meseta sur de lo que hoy es Castilla, la otra, la manchega.

A la derecha, arriba, los restos del volcán.
Corriendo mi modesta persona, para quien no me conozca.
Fotografía por cortesía de Rafa.
Por aquí fue la batalla. Nos comentará luego un profesional de la arqueología, que como todo el mundo en pantalón corto y sudado es difícil de reconocer como tal a primera vista, que se han encontrado entre los restos de la batalla camellos de los que nuestros antepasados almorávides llevaban al combate. Estos suelos rojos por los óxidos de hierro estuvieron en su momento empapados por la hemoglobina de quienes por un mismo supuesto dios, el mismo pronunciado en dos idiomas distintos, creían adecuado cortarse las gargantas en su nombre o, lo que es peor, por los derechos feudales de señores propietarios de la gleba y sus siervos de ella.




Hemos ido "picando" hacia arriba, lo que anuncia, en primer lugar, buenos paisajes y vistas y, en segundo lugar, la esperanza de una bajada técnica por la que lanzarse a correr como poseídos por los dioses del metal.
Ahora de frente.
El otro día el blog ha tenido más de cien visitas en un día,
así que me obligo a dar la cara y presentarme a l@s desconocidos


Y llega la cuesta abajo, divertida, momento de hacer poesía con las piernas y bailar una bajada... Nos empezamos a dejar caer y a divertirnos. Salto por aquí, finta por allá...¡¡¡¡¡ aaaayyyyyyyy!!!!

El dolor y la reacción al dolor llegan un instante antes que la conciencia de que me he torcido un tobillo. Esguince. Muy doloroso. No es una broma. Estoy en un lío.

Mi compañero se para y me presta auxilio. Intento seguir y no pararme para reducir el daño en lo posible, pero no puedo correr, solamente caminar... uf. Tengo el maratón en dos semanas. Me he lesionado y de momento me pierdo acabar el recorrido de 50 kilómetros previsto para hoy. Se me amontonan los malos presagios: los objetivos de la temporada, la forma física general que tanto ha costado conseguir, correr como válvula de escape a todas las tensiones a las que he estado sometido últimamente y cuya marea se estaba retirando... paciencia. Es pronto para saber como está la cosa. En el peor de los casos una paradita de dos semanas si no ha habido rotura grave.

Se queda conmigo Luis, miembro (con perdón) de Corriendo por el Campo y gran tipo y grata compañía. Vamos hablando de mi recién iniciada tesis doctoral y descubro en él mismo una valiosa fuente personal y varias documentales que ya le pediré por correo más adelante. Resulta que tiene interés y conocimientos por temas muy cercanos y relacionados con mi futuro campo de investigación. Qué bien. Otra cosa buena que llevarse hoy en la mochila. Caminamos hablando de nuestras cosillas hasta que Sagra, enfermera que venía hoy a hacer solamente 25 kilómetros, me viene a recoger con su furgoneta más o menos dos kilómetros antes del punto en que había dejado su coche. Más gente encantadora.



Llegamos a tiempo de ver entrar a los primeros (qué bestias). Nos invitan a empanada y cervezas (tengo que conducir, pero acepto un ibuprofeno para luego, que me acabo de tomar un diclofenaco). El tobillo está muy hinchado, con bastante edema, pero sin hematoma y puedo hacer el gesto, con dolor, de caminar. Tiene pinta de un esguince grado 1. Me doy cuenta que estoy rodeado de expertos en la materia: corredores de montaña, dos enfermeras y un socorrista como mínimo. podríamos escribir en un momento un tratado sobre esguinces y torceduras con los conocimientos reunidos de este grupillo.

Vuelta a Madrid, antiinflamatorios no esteroideos, frío en forma de bolsa de revuelto de ajetes cogelados con una toalla debajo, compresión, elevación del miembro (con perdón de nuevo) y reposo.



El martes tocará fisioterapéuta. Por anteriores experiencias supongo que me tocará una sesión de "masaje transversal profundo" o "Cyriax". Lo peor es que va sin epidural. En fin, son las reglas de juego, si uno no arriesga, no alcanza la gloria y, a veces, toca sufrir el dolor en su lugar. Otra vez hablando de lo mismo...

Hoy lunes no pinta mal, quizá por el efecto miorelajante, vasodilatador, diurético, análgésico y emborrachante en general de las cervezas del concierto de ayer por la noche y, es que uno está en la edad de salir.

¡Salud y Metal Trail!